lunes, 13 de octubre de 2008

Françoise Davoine - Madre loca Parte 1

MADRE LOCA
Relato

Madre Loca surgió de tres años de seminario, “Locura y lazo social”, que dicto con Jean-Max Gaudillière en la Escuela de altos estudios en ciencias sociales (Centro de estudios de los movimientos sociales. Centro Historias, temporalidades, turbulencias)
El lector encontrará al final del volumen, capítulo por capítulo, las referencias que permitieron esta investigación. Que los interlocutores del seminario, del hospital psiquiátrico y mis pacientes, reciban aquí el testimonio de mi reconocimiento.
F.D.


INDICE




Primera parte: Sotties, un teatro político

I.LA ENTRADA..................................................................................
II.LA CORTE DE HONOR...................................................................
III.ESPEJO DE LA LOCURA................................................................
IV.LA GRAN SALA................................................................................
V.JUICIO..............................................................................................
VI.TEATRO DE LA CRUELDAD...........................................................
VII.LA EXPLANADA...............................................................................
VIII.DISPENSARIO..................................................................................


Segunda parte: El retorno del sujeto

I.MACADAN.......................................................................................
II.COLEGIO.........................................................................................
III.EL LLAMADO DE SCHRÖDRINGER..............................................
IV.LA CAJA DE TRANSFERENCIA......................................................
V.EL SUJETO DE LA COINCIDENCIA.................................................


Tercera parte: La grande y la pequeña historia

I.¿A QUÉ CIENCIA CONSAGRARSE?.......................................
II.EL CONTRA UNO, UNO PARA TODOS, TODOS PODRIDOS...
III.ERLKÖNIG..................................................................................
IV.GAETANO BENEDETTI..............................................................
V.MORGENSTRITCH.....................................................................



Apéndice: Una vasta jaula de locos, de Raúl Vidal.........................

Referencias .....................................................................................

Primera parte


SOTTIES1, UN TEATRO POLÍTICO

La guerra nace, como el crimen, de pequeñísimas irregularidades que los hombres dejan pasar cada día.

Musil R., El hombre sin cualidades.


I

LA ENTRADA


Apicultura

Mañana es la fiesta de Todos los Santos.
Como todos los lunes desde hace veinte años, voy a reculones al hospital psiquiátrico de donde siempre salgo con el deseo de volver el lunes siguiente. ¡Extraño pase! Hoy sin embargo, mientras mi auto espera que la reja se abra, tengo menos ganas que nunca de seguirlo adentro. Acabo de enterarme de la muerte de uno de mis pacientes.
¿Soy un monstruo? Justo antes de salir, estuve a punto de aplastar maquinalmente un insecto torpe, sin la menor emoción y con el único pretexto de que él no tenía nada que hacer en mi casa. Cuando miré más de cerca ví una abeja, que volvió a pararse sobre sus patas después de haber rodado sobre sí misma al fallar su aterrizaje. Incapaz de volar, no alcanzó la tarteleta apuntada y se dejó observar. En sus ojos facetados creí leer: “¿Para qué?”
¿Para qué esas idas y venidas exigidas por su reina, esas innumerables horas de vuelo, esas transferencias incesantes, sobre todo en el período de floración, cuando la vida de una obrera no dura más de seis semanas? Y en ese día de otoño, ¿para qué esa salida matinal completamente fuera de estación?
No supe qué responder, y retruqué en el mismo tono:
- ¿Para qué mi trabajo de analista en el hospital psiquiátrico y en el dispensario? ¿Con qué necesidad, sometida a qué tirano? Hacía casi veinte años que me había metido voluntariamente en camisa de once varas en ese avispero, sin que nada me obligara a hacerlo. ¿Sabía ella por qué? Los otros tenían razón con sus shocks y calmantes, a ella podía decírselo. El psicoanálisis estaba fuera de estación. Tomaba demasiado tiempo, se abría a demasiadas dudas, demasiados atolladeros, demasiadas transferencias agotadoras sin obtener nada, sin el menor néctar para alimentar a nuestra reina.
De hecho, ¿era la locura nuestra reina y nosotros sus obreras, sus caballeros errantes, analistas y pacientes? Ella, la locura de Erasmo, que habla como mujer: ¿quien puede darme a conocer mejor que yo?, palabra de soberana, pero ¿quién conocía qué?
El insecto me miraba de reojo. ¿Para qué conocerse a sí mismo, debía pensar, cuando hay tantos problemas urgentes en la colectividad? ¡El psicoanálisis no es más que un individualismo exacerbado! Cuestioné ese prejuicio:
- ¡Chismes infundados! La locura busca anudar un lazo social para salir de la hibernación de la estación muerta. Ahora bien, el coloquio singular basta para revelar un concentrado hormigueante de sociedad. No hay ninguna necesidad, como para ustedes, de ser millares. Nuestro trabajo sobrepasa a tal punto los límites del yo que desnuda las fisuras sociales: lo aprendí a costa mía, en el curso de sesiones donde se transfiere el destino que vuelve loco. El analista se encuentra a menudo en el lugar del monstruo, del tirano, de la causa de males que se remontan a mucho antes de su nacimiento, a la guerra de 1914, de 1939, de los Cien Años.
¿Eso te sorprende? Apuesto a que, como muchos otros, ignoras que la locura detecta de este modo áreas sociales catastróficas. De ayer, de hoy o de mañana, para ella es lo mismo. Porque su tiempo se altera y se detiene, a veces incluso se invierte... Pero, ¿qué sabes tú de su tiempo o del nuestro? No eres más que una abeja, murmuré...
Quería, para concluir, bajarle los humos. Como había fracasado en su aterrizaje, mi sermón recomenzó con más ímpetu:
- Te jactas de ser un insecto social, de acuerdo. Pero sobre ese punto sociológico, la locura también tiene un recorrido. Para sobrevivir hace cuerpo de varios a riesgo de convertirse en cosa... en caso de peligro, por ejemplo.
Si quieres convencerte, ve a visitar a aquellos que se obstinan en hablar a los pacientes en la oscuridad de sus instituciones. Algunos permanecerán objetivos, como si personificaran la ciencia. Otros te confesarán que al volver a sus casas están agotados y ya no saben muy bien quienes son. Por haber debido pagar con su persona, construir y reconstruir el marco de las sesiones, defenderlo contra los ataques del afuera, cosechar las producciones del inconsciente, crear juegos de lenguaje cuando el inconsciente se calla y, sobre todo, encontrar un alimento de sueños para sujetos por nacer.
La abeja eleva sus ojos al cielo.
- Piensas que idealizo y tienes razón. Como la oscuridad de la colmena, el secreto del análisis no puede disimular del todo los odios rapaces, las rivalidades mortales, las masacres de colegas o los ataques suicidas contra los predadores de miel. Sin embargo, haciendo un balance entre los malos y buenos años, el fruto común de esas horas pasadas en el trabajo con la palabra termina por hacer germinar -¿debo repetírtelo?- un nuevo lazo social. Al menos en teoría... porque hoy, ya lo ves, no creo más en eso.
Hubiera querido participarle mis dudas. Como se hacía la tonta2, tuve que explicarle:
- El lazo social debe rehacerse cuando se desgarra en las áreas de muerte de la sociedad. La locura encarga a sus agentes reacomodarlo o bien dispersarse. Muchos se pierden en este esfuerzo. Vagan sin lugar ni domicilio y se hacen internar. A veces un analista camina con ellos, a medio camino entre sueño y realidad. Créeme, más de uno logra zafar por haber encontrado, en el fondo de su infierno, alguien a quien hablar.
La abeja pareció incrédula, la palabra infierno no le iba. Su sociedad, ¿no era un modelo de armonía y de democracia, con un monarca exaltado por Diógenes por su indiscutible autoridad?
- ¡Pura propaganda, murmuré, puras palabras melosas! Vuestra reina tiene un aguijón y lo utiliza. Sólo en caso de sublevación, es cierto, para masacrar ella misma a su rival. Olvida pues la historia oficial para mirar las cosas de frente. Las epidemias de Varroa, por ejemplo, casi lograron exterminar hasta la última de vosotras en toda Europa, las guerras intestinas, la ejecución sumaria de los machos pretendidamente inútiles en período de desempleo. ¿Qué hacen entonces ustedes con el nombre del padre? Y cuando por accidente, calamidad suprema, desaparece la soberana garante de vuestra sobrevivencia y del lenguaje que las vincula, la colmena huérfana, ¿no es un infierno, librada a lo arbitrario y a una muerte segura?


Ex-combatientes

Las personas que están en los asilos son las que más conocen de esas áreas catastróficas cuya extensión puede afectar no sólo a un colmenar sino a linajes humanos, a sus países, a sus oficios, a sus decires. Proyectados, por azar o por necesidad, a esas zonas donde nadie quiere ir, tratan de sobrevivir llevando una existencia negativa, ofreciendo el menor flanco posible a las fuerzas devastadoras. Sin embargo, inexplicablemente, incluso amordazados, aniquilados, no pueden dejar de mostrar lo que no se debe ver y de poner el dedo sobre lo que no se debe tocar. Son el loco de la sociedad, como en otra época el loco del rey.
¿No conoces esas áreas? Pregunta a tus colegas de Eslovenia, cuyas figuras de vuelo eran obras de arte. ¿Me dices que la guerra no las volvió locas? Te apuesto que algunas intentaron inventar un lenguaje para decirla. A menos que sus bardos hayan desaparecido... En ese caso, nadie, ni siquiera la Historia, querrá creerles.
Porque a veces el área de muerte tiene la última palabra. No supe qué decir para retener a ese paciente que acaba de morir. No era de Eslovenia sino de Lorena, donde muchos civiles desaparecieron antes y siguieron desapareciendo en las generaciones siguientes, de muerte violenta, en su propia famila. Él decía que sus abuelos, con todos sus nietos, habían sido deportados durante la guerra de 1914. Algunos no volverían jamás de ese campo de concentración. Holtzminden, parece. ¡Qué delirio! Como puedes ver, debía equivocarse de guerra. ¿Qué importa? Todo eso ya es pasado, está desaparecido, borrado, y él era un desaparecido en ese hospital, hecho un ovillo sobre lo que llamaba su nulidad.
Inmóvil, la abeja parecía atenta.
- No puedo decirte más. ¿Quién se preocupa estadísticamente -ya que el bien público se mide en estadísticas- de cualquiera de los supuestamente deportados en el 14, cantidad desdeñable en comparación con los millones caídos en las trincheras?
¿Querrías que terminara con mis historias de ex-combatientes? No revuelvas el aguijón en la herida. Todo es mi culpa, lo sé. No supe hacer bien mi papel en el teatro de nuestras sesiones. Sentada en mi silla, miré pasar la historia como si no me concerniera. ¿No es cierto que piensas que debería haber trepado al escenario para replicarle, sin preocuparme por la verdad histórica? No supe hacer el gesto que salva... ¿Qué gesto, me preguntas?

La nave de los locos

Deberías plantearle la pregunta a alguien que sepa de eso. Vuela hasta Basilea, la ciudad de Erasmo, de Paracelso, de Sebastián Brant, el autor de La nave de los locos, preferentemente el día de Carnaval... Ve a visitar al psicoanalista Gaetano Benedetti, que sabe descifrar el lenguaje hermético de la locura, un poco como Von Frisch lo hizo con vuestro baile. Ignoro cómo se vió metido en eso vuestro Premio Nobel. Benedetti tiene el método de entrar en el baile para encontrar al paciente en el área catastrófica que habita.
Se atreve a hablarle de sus ensoñaciones e incluso de sus sueños, apostando a que registren y amplifiquen a sus espaldas las huellas de una existencia negativa en la que el otro está absorbido sin poder expresarlo. Confía en los movimientos que lo arrastran tras la errancia de esta nave de los locos, cuando el inconsciente terapéutico puede, como un doble, penetrar ahí. Yo soy incapaz de eso....
Como la abeja mostraba signos de impaciencia, adiviné sus prejuicios.
- No veas allí ninguna brujería. Cuando vuelves a la colmena las otras deben descifrar tus gestos, sin lo cual tu danza parece una agitación vana, peligrosa, exasperante, que debe hacerse cesar de inmediato. Preferentemente con un golpe en la cabeza, como el que has estado a punto de recibir hace un rato si no me detengo a tiempo.
Y bien, sin otro que responda, la locura empuja hasta el extremo, hasta las jeringas psicoticidas que hacen cesar la agitación. El analista, dice Benedetti, intenta constituir ese polo de alteridad que nadie se atreve a ocupar. Resiste al pánico cuando está afectado y, sobre todo, dice su posición en medio del peligro. De este modo, así como florecen vuestras celdillas, se crea en el análisis la promesa de un nuevo lazo.
- ¡Analista! creí oir que zumbaba mi compañera enervada, efectuando ochos obstinados sobre la mesa.
Intenté interpretar:
- ¿Cinta de Moebius, atractor de Lorenz? No te excites así, para mí es chino. ¿No te gusta la palabra analista (analyste)? De acuerdo. ¿Qué dirías de analista (annaliste): especialista en hechos suprimidos de los anales, o incluso de histrión, aquel que cuenta la historia gesticulando?
La abeja continuaba su danza sin decirme ni sí ni no.
- Entonces, ¿terapeuta? De therapon, el que cuida de, el doble ritual en la lengua griega de tus ancestros, las abejitas del monte Hymette. Patroclo para Aquiles, Pílades para Orestes, el Augusto para el payaso blanco... Yo ni siquiera he sabido ser un Sancho Panza.
Girando y volviendo a girar, mi terapeuta no me escuchaba. ¿Quizás me indicaba una fuente melífera? Tenía gran necesidad de ella. Todo ese discurso me aturdía. Estaba en una situación desesperada.
- Palabras en el aire, olvídalo. Esta mañana ya no creo en nada. ¿Para qué el secreto ahora? El que acaba de morir se llamaba Ariste. ¿Lo maté yo? ¿Quién lo mató?
Por toda respuesta, la abeja retomó el camino del cielo. Quizás hacia el colmenar-escuela del jardín de Luxemburgo vecino donde, desde hace más de un siglo, sus congéneres enseñaban el arte inmemorial de la apicultura a señoras y señores velados.

Primer asilo

Un monje canoso oficiaba de intérprete, sosteniendo un ahumador a guisa de incensario. Desde la primavera, me detenía delante de sus gestos cabalísticos, retenida por el eco de un tiempo muy antiguo. Volvía a verme al lado de mi abuelo, como un espadachín, enmascarada en hilo metálico, esgrimiendo mi ahumador como arma, haciéndolo resoplar sin pausa mientras él extraía con las manos desnudas las celdillas de miel operculada. En mi recuerdo, él enfrentaba el combate a cara descubierta, contando con el humo de su pipa para controlar un eventual movimiento social.
Un buen día desapareció. ¿Tal vez se escondía detrás de esos velos, en el cercado prohibido al público? ¡Misterio! Entonces seguí mi camino reteniendo siempre el mismo rasgo: la barba florecida del monje apicultor se parecía a la del médico jefe que había acogido mis comienzos de analista en su hospital, al norte de Francia, veinte años antes. La pista se detenía allí.
“Tienes fiebre”, hubiera podido decirme cuando me arrojé sobre la barba de ese psiquiatra, analista además. ¿Qué deseo me empujaba a trabajar en su servicio? ¿La inconsciencia de la juventud, la fiebre de los comienzos? ¿Por qué había reincidido siguiéndolo cuando se trasladó a París?
Ante mí, las rejas permanecían cerradas, siniestras. ¿Qué hacía el portero? Al menos el primer hospital tenía rejas de hierro forjado. ¡Veinte años ya! ¿Qué mosca me había picado para querer entrar allí a toda costa? Ya en ese tiempo los analistas huían de los hospitales como de la peste. Tendría que haber escuchado su sensatez, que juzgaba al análisis incompatible con la contención.
Y Sissi, a quien había dejado al cambiar de servicio, ¿seguía internada? En mis orejas resonaba aún el adiós con que me había increpado: “Mierda, Davoine. Admítalo, ¿usted es estúpida, necia? ¡Está loca! ¡Socorro, una enfermera que me ayude!”
Era demasiado. ¡Se terminó! Me juré que en el futuro no volvería a franquear esas rejas detrás de las cuales Ariste acababa de morir.

Torturas

De una sobredosis, por cierto, me había dicho la tarde anterior el médico jefe. Me anunció por teléfono que lo habían encontrado en el aire frío del amanecer, cara a tierra, a pocos metros del servicio donde, desde hacía diez años, reclamaba todos los días de Dios su carnet de conductor, su tarjeta de elector y sus papeles de identidad.
Colgué sin decir nada. Un “gran” psicótico, se diría en la enfermería. El mejor de todos, retrucarían en el corredor los pacientes. Incapaz de decir no, de negar la menor ayuda a sus compañeros de infortunio, se había opuesto sin embargo con toda su energía a las diversas tentativas terapéuticas, quizás a causa de esa grandeza psíquica con la que no era fácil medirse...
Lanzada a una oración fúnebre, volví a ver su rostro cuando por primera vez me había abordado en un pasillo del hospital:
- Me torturan, haga algo, es espantoso, me matan a fuego lento.
Le había tomado la palabra. Me hablaba cada semana de masacres infinitesimales que se manifestaban en sus bruscas embestidas contra la puerta del corredor, hacia la que se arrojaba arqueándose para impedir que entraran los verdugos, los intrusos, los predadores. Le preguntaba:
- ¿Quiénes son, de dónde vienen? ¿De afuera o de adentro?
- De afuera o de adentro, de un afuera adentro, su pregunta es estúpida.
Esa mañana, demasiado tarde, podía ver que me mostraba la invasión, la violación de un territorio. Y yo me había excluído de ese espacio. Lo había creído único en su caso sin reconocer sus esfuerzos, no sólo para luchar contra los montruos que hormigueaban en su lecho de hospital -serpientes, ratas, nidos de avispas- sino para mostrarme un área de peligro que yo no quería ver. Debería haber leído en el terror de su mirada que trataba de hacer aparecer los relieves de un mundo que desaparecía, tanto para él como para mí.
El interno que lo atendía me había dicho: Una catástrofe generalizada, en la que nos arriesgábamos a ser borrados sin dejar ninguna huella, porque rápidamente la forma no se distinguiría más del fondo. No había comprendido al interno ni encontrado el más mínimo relieve del cual agarrarme. Durante ese tiempo, Ariste no dejaba de insistir:
-¿No ve que van a matarnos?
¿A quién, a nosotros? Pero no, banalizaba yo para mí misma, mi trabajo es cazar la locura, no ser su presa. Sin embargo era presa de la estupidez, no comprendía nada de sus enigmas. Él afirmaba:
- Usted es como esos totalitarios que creen que los fantasmas están a su servicio. Y canturreaba: hagamos tabla rasa (table rase) del pasado... Después me interrogaba: ¿Y lo que queda bajo la mesa (table)?
Bajo la tabla rasa pululaban serpientes, ratas, avispones y otros innombrables. ¿Delirio? ¿Gusanos de los desaparecidos en las deportaciones de su imaginación? No me atrevía a imaginar nada. A prueba de mi neutralidad las fosas del espanto se habían neutralizado tan bien que, en el colmo de mi ceguera, él había caído ahí.
Sin embargo, cada vez estaba mejor, mucho mejor. Las bestias inmundas habían dejado su lugar a un casal de pájaros cuya jaula instalada en su habitación preludiaba la apertura de la suya. Su salida estaba en el horizonte, pero siempre retrocedía como el horizonte, por falta de dinero, por falta de alojamiento, por falta de suerte, por falta de familia con la que contar...
- A mi familia le importa un bledo...
Es todo lo que la anamnesis podía extraer sobre ese tema. Sólo volvía, errático en la conversación, el eterno Holtzminden.
- Buen puerto de madres3 y sobre todo de abuelas, deportadas en el 14.
Y eso lo retomaba.
- ¿Adónde?
- Quizás del lado de Polonia... No es mañana la víspera del día en que me sacará del túnel bajo la Mancha, me había dicho un lunes, mirando bajo mi manga4. No había encontrado ni carta escamoteada, ni pato, ni conejo, ni la menor magia para continuar jugando. Amo del juego, decidió:
- Dejamos aquí. La volveré a ver más tarde en el dispensario, cuando haya salido definitivamente.
Una vez más lo había dejado hacer. Desde entonces y sólo por educación, me saludaba en los pasillos con un buen día adiós. Salvo una vez, no hace mucho. Me había reclamado un libro de francés de tercer año, año en que por última vez él había sido buen alumno. Me había procurado ese libro rápidamente pero siempre olvidaba traérselo. El lunes pasado, al volver al hospital, lo puse enseguida en mi bolso, demasiado tarde.

Tierra de manantiales

Ariste había mantenido su palabra. Anoche, apenas salido definitivamente de nuestro mundo, se me apareció en sueños a la cabeza de una cohorte de locos. Todos ellos estaban sentados alrededor de una mesa, yo en una silla baja: no estaba a su altura. Querían que hablara. ¿Para decir qué? ¿Que lo había matado? Yo protestaba ante el tribunal. ¿Por qué no acusar a la celda de aislamiento donde fue encerrado recientemente en su pis y en su mierda, después de una incursión por el whisky terapéutico del médico fomentada por los duros del servicio? ¿Debía yo ser acusada de traición? ¿De haber colaborado, harta de luchar con el estribillo habitual -diagnóstico pronóstico, demasiado tarde, demasiado pesado, demasiado loco? ¿De no haberme puesto lo suficiente de su lado?
En mi sueño él no escuchaba mis lamentos y me reclamaba su herencia. Una “tierra de manantiales” en el norte, que le correspondía luego de la muerte de su padre. ¿Adónde? Misterio. ¿Tierra mítica, como Holtzminden? Mi incredulidad no escapó a su perspicacia.
- Los locos son muy convenientes, sobre todo para las herencias. Se los pasa rápidamente por alto. Veo que no me cree. ¡Usted tampoco vale gran cosa!
¿Cómo lo sabía? Mi abuela solía decirme: ¡realmente, no vales gran cosa! Como ella, agregó:
- Estábamos orgullosos de nuestra tierra y teníamos de qué.
¡Desde hacía tanto tiempo volatilizado, aparecía ese orgullosos de nuestra tierra! Renunciando cada vez un poco más a ese “de qué”, incluso había abierto la jaula al pájaro que había sobrevivido a la muerte de su compañero, porque sin el otro ¿para qué? Yo también me había dejado llevar a no ser el otro para él. Y él había seguido la vía abierta por el pájaro, libre, decía, para volver al país de sus padres, sabiendo incluso que el frío de esa mañana de otoño llevaría su alma ligera al país de las fuentes eternas.
- Encuentre mi tierra de manantiales, insistía en sueños, es urgente.
Me desperté sobresaltada de ese sueño claro y neto. Su orden era formal: encontrar esa tierra de manantiales. Pero, ¿cómo?

Interior y exterior

Finalmente funciona el sésamo ábrete eléctrico de la reja. Mi auto avanza lentamente. Reconozco de lejos a un paciente del servicio, siempre silencioso y postrado. Su silueta patética me parece tendida hacia una libertad imposible. Me hace señas de entrar. Cuando me acerco, debo tragarme mi conmiseración. Su rostro, habitualmente pálido y serio como un papa, resopla rojo de risa. Me pregunto qué encuentra tan cómico: ¿verme volver a mis ocupaciones psicoterapéuticas? Mis referencias vacilan. Lo veo a él afuera y a mí adentro. Desde la exterioridad de su asilo, psicoanálisis y psiquiatría me parecen una jaula donde nosotros, normales, giramos detrás de nuestros barrotes.
- Afuera, la vida causa estragos, me decía Sissi hace veinte años, señalando la calle con un dedo imperial desde el umbral del primer hospital. ¿Cómo puede vivir ahí adentro?
Una avalancha de remordimientos envuelve la imagen de la olvidada. Para consolarme intento un virage teórico: ¡interior y exterior! ¡Otra vez me dejé seducir por esta imagen! exclama Wittgenstein en sus Notas sobre la experiencia privada. Como si poseyéramos un insight, una vista del interior para lo que no vemos sino desde el exterior. Otra vez me dejé seducir por esta imagen. Esta interioridad me ha metido adentro. Había imaginado a Sissi y después a Ariste habitados por verdugos internos, de los que unos y otros habríamos sido las proyecciones. Mientras tanto ellos no cesaban de decirme que había afuera en el adentro, público en lo privado de sus familias y, sobre todo, en nuestra relación.
- La guerra me volvió loca, decía Sissi sin más precisiones.
- ¿No ve que estamos en guerra? retrucaba Ariste, como si se hubieran pasado la palabra de un hospital a otro, con la sangre anegando nuestros surcos5.
Evidentemente, las diosas de la venganza aullaban a través de ellos, exigiendo sus tributos de sacrificios humanos en nombre de crímenes antiguos. Yo sólo había visto las chispas. A propósito, ¿estaba todavía en este mundo Sissi la imprecadora? Hubiera querido saberlo inmediatamente.
¡Basta! Dejar de pensar en eso, dirigirse hacia la puerta del servicio. Con paso inseguro, no podía dejar de defender mi causa ante el tribunal que los locos me habían asignado. Era un monstruo, de acuerdo, eso era un hecho. Aún así, y en mi descargo, Ariste “se balancea como un oso, ruge, se trepa a los muebles, se hace el mono, amotina a los guardias nocturnos”, consignaba regularmente el cuaderno de informes.
Cuando yo lo interrogaba sobre lo insólito de su conducta, respondía que sus monstruos eran políticos. Asunto suyo hacerse el salvaje, otra de las fórmulas de las que poseía el secreto y que me dejaban con el pico cerrado como el pájaro en su jaula.

En la sottie sólo hay locura

- Porque era un tonto auténtico, listo para jugar y para hacer de todo, tanto en lurdoys6 como en retórica, porque en sentido alegórico, hacía furor al exponer.
¿De dónde me venía ese estribillo? Debía haber visto esa frase en el libro de francés que me había reclamado. En el programa leo: el Renacimiento. En un capítulo titulado “La sottie, un teatro político” había leído que ese género literario había aparecido en la segunda mitad del siglo XV y que alcanzó su apogeo en el siglo XVI. Su extraordinario florecimiento no fué ajeno a los desquicios de la guerra de los Cien años. Los tontos se reclutaban en el medio intelectual contestatario y se organizaban en cofradías alegres del norte al centro de Francia: Enfants sans Souci7 en París, Enfanterie dijonnaise, Conards de Rouen8.... Ponían en escena y actuaban sus sotties , de cuyos autores nos llegaron algunos nombres, como el de Clément Marot o Pierre Gringoire, celebrado por Hugo. Sobre los tablados de las plazas públicas, en medio de la Basoche9 y de los colegios del Barrio Latino, sus exhibiciones terminaban con el refrán: en la sottie sólo hay locura..., cubriendo la virulencia de la sátira con la inmunidad del bonete coqueluchón.
Seguían amplios extractos que inmediatamente tuve ganas de leer, con la esperanza -¡quién sabe!- de reencontrar allí a Ariste en su tierra, en las fuentes de las tradiciones orales, en la confluencia de mi tontería.
Resistiéndome aún a entrar en el servicio, me senté en un banco del patio, los pies en el pasto, frente a los canteros de pequeños crisantemos malvas y amarillos. En el centro, una estatua de Mercurio señalaba la salida con el índice a una bella en mal estado. Nadie alrededor. Un rayo de sol otoñal bastó para aislarme. Abrí mi libro en vez de ir a trabajar.

II

LA CORTE DE HONOR



¡Más ingenio que destino!

En aquel tiempo -decía la introducción- en el que la Edad Media se estiraba hasta el Renacimiento la locura suscitaba un interés apasionado: se la consideraba más ingenio -del latín ingenium, genio, inteligencia, talento- que destino...

- ¡Hijo de puta, hereje sodomítico, lo embaucan los hipócritas, déjeme pasar, soy rey!

Los alaridos me hicieron levantar la cabeza. No lejos de allí, pasando el portal que conducía al patio de entrada, ví a un joven que amenazaba con golpear a otro de más edad. Su padre, supuse, que lo acompañaba al regresar de un permiso. Este último no se dejaba golpear:
- Quita tus manos hediondas de mi ropa, pedazo de chiflado, ya vas a ver lo que te espera.
- ¡Socorro!, gritó el joven antes que el otro lo tocara, miren cómo me pega este cochino, me abolla como a una pelota.

Me quedé cobardemente quieta, contando con la llegada de alguna chaquetilla blanca que pusiera término al altercado. En lugar de la ayuda esperada, se oyó la misma cantinela.

- También él, el dervé, fue un loco auténtico... tanto en lourdoys como en retórica... porque en un sentido alegórico, hacía furor al exponer.

Otra vez el estribillo. ¿De dónde diablos provenía y qué significaba?
Lourdoy: estilo de delirio de alta tecnicidad, respondió el índice del libro, en el que la acumulación verbal busca producir la euforia. ¿Y un dervé? Un loco en lengua picarda, el loco del “Juego del Follaje”, comedia musical arrasiana10, creada en el siglo XIII por Adam de la Halle. Inspirada en las fiestas de los locos, era el tiempo de los sin-tiempo, la fiesta de los sin-fiestas, la instauración del reino de infancia...

El misterio se acentuaba. ¿Y si el dervé era Ariste, de vuelta de una de sus fugas habituales a ese pueblo del norte de Francia, a la casa de una pretendida pariente que llamaba siempre al hospital? Dos enfermeros eran enviados a buscarlo, cada vez más desorientado. Para reencontrar la forma, él se lanzaba a un delirio de acumulaciones verbales generadoras de una euforia que trataba de hacerme compartir. Hoy, me reprochaba no haber sido capaz de transcribir el brío de sus juegos de lenguaje. No me quedaba nada de él, ni la menor huella de nuestras entrevistas, ni el menor escrito.
La cantinela recomenzó, más allá del portal señalado con el dedo por el dios de los viajeros, de los médicos y de los ladrones. Alrededor del joven aparentemente calmado se adivinaba un grupito, del que se separó una mujer de facha salvaje. Una loca, no había duda, alta, desproporcionada, desdentada, con los cabellos enredados, que irrumpió en el cercado herboso en el que yo me encontraba. Me sobresalté, ella se detuvo; luego, juzgando el terreno libre, hizo señas a los otros de que la siguieran. Todos se inmovilizaron bajo la bóveda, en el umbral del patio. Yo me sentía incómoda. Acurrucada en mi banco, aparenté estar absorta en mi libro.

- Usted, la que está ahí...
Levantando los ojos, la ví plantada delante de mí. Me arrancó el libro de las manos.
- ¡Cuando la locura habla, se escucha!
Lo juro, ella se tomaba por la locura de Erasmo, la que pretende hablar como mujer. ¡Como si nosotras, las mujeres, necesitáramos ese ingenio desbocado para hablar en nuestro lugar! Felizmente, no me exigió que hiciera su elogio, sólo quería una simple información:
- ¿Lo de los locos, es ahí?
- No se puede pensar en un lugar más de locos que ese, respondí prestamente.
Girando bruscamente los talones, pegó un grito que casi me hace caer de mi banco. Esta vez, creí verdaderamente que un ejército de enfermeros vendría en mi auxilio. ¿Alguien? ¿Nadie? ¿Elck? ¿Niemand? ¿Había que gritarlo en picardo, en alto alemán o en flamenco?, me indignaba interiormente. Mientras tanto la otra, excitada, amotinaba al grueso de la tropa:
- Vamos, mis tontos11, mis secuaces, ¡acudan! Tontos triunfantes, tontos ardientes, tontos gloriosos, tontos auténticos, tontos sobre tontos, ¡tiren todo abajo, rompan, agujereen, vengan volando!
Yo me aprestaba a desaparecer debajo de mi banco. No pasó nada. Bajando los brazos, ella fue a sentarse en el banco de enfrente con la cabeza entre las manos. Esta actitud pareció conmoverlos. Algunos franquearon la línea tabú que los separaba de nosotras. Uno de ellos hasta se atrevió a sentarse a mi lado. Sus ropas estaban muy usadas, su aspecto fatigado. Le pregunté si venía a hacerse hospitalizar. Me miró sin comprender, hojeó el libro que ella había dejado en el suelo, sacudió la cabeza y lo cerró:
- ¡Otro libro! Para atiborrar el seso de los niños con puras extravagancias y para que sus locas madres y sus padres idiotas corran tras sus rendimientos. ¿Eso le apasiona? Apuesto a que se muere por escribir uno.
- No se imagina cuánta razón tiene.
- Usted está loca.
- No, en fin, aquí no, yo no. Normalmente, aquí yo trabajo...
- Trabajo o no, apuesto a que está dispuesta a todos los sacrificios para que la publiquen. Agrega, cambia, suprime, abandona, refuerza, pide opiniones, guarda nueve años su manuscrito y nunca escatima lo suficiente su sueño, su juventud, sus ojos, su salud, la privación de todo placer en aras de la aprobación de algún cargoso a quien eso le importará un bledo y, en el mejor de los casos, no suscitará más que envidia. Locura de escritores en estado avanzado, ese es mi diagnóstico. Palabra de Erasmo, puede verificarla.
- ¿Y quién es Usted para hablarme en ese tono? le retruqué impresionada.
Sus rasgos tenían cierto aire de familia con el retrato del príncipe de los humanistas hecho por Holbein. Eso me hizo bajar el tono.
- ¡Tonto número 1, aún más loco que usted! Vengan todos para que los presente.
Los otros avanzaron un paso. Él los contó con los dedos: Tonto número 2, número 3, número 4, et cœtera.
- ¿No tienen nombre?
- ¡Para qué! Somos el loco, no tenemos necesidad de identidad. Así como en el carnaval de Binche en Bélgica todos los hombres son Gilles. Y en la noche del Mongesstricht en Basilea, todos son los Larves. Y en otros tiempos en Roma todos los cristianos se llamaban Cristo para los verdugos de los juegos de circo. Antes de que intentaran suprimirnos, en el Concilio de Basilea en 1468, éramos los niños de la Fiesta de los locos, la Fiesta de los inocentes... Pero es imposible matarnos. Vaya pues a Basilea esa noche, nos verá volver para encantar esa ciudad.
- ¡Ya veo, la clandestinidad!
- Y también el “Eclesiastés”, donde está escrito: el número de tontos es infinito.
Me dió lástima su tono desilusionado:
- Parece que la cosa no anda. No se dé cuerda, alguien va a venir. ¿Y los otros, los desamparados como usted?
Una vez más él abrió desmesuradamente los ojos. Traté de ser más explícita.
- ¿SDF12? ¿En la calle? ¿La precariedad?
- Pero no, querríamos estar en la calle, en las plazas, en los cruces de caminos... De ahí nos echaron.
- ¿Quiénes? ¿Los canas?
- Francisco Primero.
Con la boca abierta, yo trataba de parecer natural, hablando sobre las injusticias del tiempo, los abusos de los privilegiados y otras cantinelas que él no escuchaba, demasiado ocupado en convencer a sus amigos de que avanzaran.

FORSÈNERIE13

- ¿Son tímidos?
- No, desconfían. La humillación, usted comprende.
- ¿Esa insensata que los maltrata?
- ¿Madre Tonta? ¡Está soñando! Ella tampoco tiene ánimo, está a la vista. Y además, si algún día escribe esta historia, como no podrá evitar hacerlo, le ruego escribir con “s” la palabra forsènerie, nunca con “c”. Si no, ¿cómo comprender que en nuestro fuero externo hablamos del fuera de sentido?
- Gracias por la lección de ortografía. A cambio, le doy un consejo. Quizás me meto en lo que no me importa, pero ustedes no deberían languidecer aquí. Adentro es peor. Es inútil que alguien se deslome para que los internados tengan un proyecto, hagan progresos, todo el mundo se raja.
- Quizás Todo el mundo está ocupado en otra cosa como para dejarse distraer por Cada uno.
- ¿Ocupado en qué?
- En divagar sobre el fin de los tiempos. Los apocalipsis están en el aire en esta víspera del tercer milenio.
- Puede ser, pero se piensa en eso con demasiada frecuencia. Desde que despiertan, necesitan hincarle el diente a un fin del mundo. Eso no es vida, los mismos pacientes lo dicen.
- ¡Pacientes, que nombre tan extravagante! Loco era más lindo y más suave, o incluso tonto, bromista, galante, como usted quiera. Sin embargo, no piense que una vida de loco es fácil, créame, lo sé de buena fuente. Hacen falta un rigor y un desprendimiento de los que usted no tiene idea para detectar, atacar, poner al descubierto a los tiranos... que en suma son de los nuestros, salvo que no saben que nosotros lo sabemos.
- ¿No serán un poco quijotescos ustedes?
- Juglares, si no le importa.
- Si creo en lo que dice este libro, en su época la locura estaba mejor considerada.
- ¡No sea ingenua! Sobre ese tema, el discurso de los doctores estaba tan limitado como hoy por una visión estrictamente somática. El “físico” de entonces escrutaba ya en el cerebro para encontrar allí la causa. Usted puede verificarlo en un cuadro de Gerónimo Bosch en el Museo del Prado: “La operación de la piedra de la locura”. Verá ahí al médico con un embudo sobre la cabeza, ocupado en extraer la piedra del frenético, como lo haría con la del nefrítico.
- ¡Momentito! A pesar de todo nosotros hemos avanzado más. Nuestra medicina localizó el gen psicótico en el código del ADN, cien-tí-fi-ca-men-te, no es lo mismo.
- Lo dudo. La medicina medieval ya estaba a la vanguardia en la clasificación de humores de todos los colores: amarillo para los frenéticos, negro para los depresivos, rojo para los maníacos, blanco para los flemáticos. Con sus correctores: golpes en la cabeza para calmar a los furiosos, trepanación para ventilar los hemisferios, cosquillas en los pies de los melancólicos. Entonces, deje de clamar que ahora inventaron la pólvora. Nuestros investigadores también juraban en nombre del cerebro. Similla similibus curantur, tenían ya por panacea hacer perder la memoria a aquellos que no llegaban a encontrarla.
- Usted cayó en el lugar indicado. Venga al dispensario esta tarde, un joven médico ha vuelto de América y vendrá a hablarnos de clasificaciones universales que, según parece, hacen maravillas, asociadas por supuesto a las drogas apropiadas. Insisto, traiga a sus amigos, habrá de comer y de beber a cuenta de esos polvos14 mágicos.
- Desconfío de los salvajes de América.
- No quiero ofenderlo, pero usted está un poco perseguido.
- ¡Nada de un poco! Si no hubiéramos encontrado asilo en el teatro y en las novelas, allí donde a nadie se le ocurre curarnos, usted ni siquiera sabría que existimos. Seríamos como esos Hurones15 del nuevo mundo que perdieron hasta su lengua.
- ¡Ah! ¿Usted es un loco literario?
- ¡Qué manía que tienen en su época de querer etiquetarlo todo! Literaria o real, la locura es la misma. Siempre la misma historia con algunas variantes: el caballero entra en el bosque para implicarse en el espacio de la maravilla, fuera del tiempo. Desaparecido para los ojos del vulgo, pierde la noción de quien era, encuentra seres de otro mundo, adquiere poderes...
- ¡Está bromeando! Vaya poderes los de la locura. Poderes del impoder...
- Políticos sin embargo, que desbordan como la levadura. Así, tenemos por emblemas al hombre salvaje con su garrote, al queso para fermentar, a los porotos para pedorrear...
- Se está volviendo vulgar.
- Ni más ni menos que el psicoanálisis: ponemos el culo para arriba y la cabeza -sitio del pensamiento- para abajo. Lo siento, también allí los hemos precedido. En lugar de arrinconar el alma en la sesera, como quería la Facultad, la situamos en los pies, las manos, en la delantera, en el trasero... Mire esas gárgolas, esos esperpentos de letras iluminadas alrededor de los capiteles, en los portales de las iglesias, con sus cabezas en el culo, en el vientre, en la espalda, desalojando la psiquis de su noble pináculo e instalándola en los lugares más impensables. Consulte en este punto a su maestro-loco Raymond Devos, que los hace reir con las nalgas golpeándose el culo hasta que brille.... Vaya al Carnaval de Basilea, donde los hombres salvajes hacen hablar el vientre de sus tambores...


El colegio de Clermont

- ¿Hombres salvajes, dijo?
Me sobresaltó la expresión favorita de Ariste. Ese loco parecía demasiado bien informado sobre nuestra actualidad para venir del pasado. Quise tener eso claro.
- Dígame, ¿cómo llegaron aquí?
- ¡Una odisea! Cuando vimos que las calles, las plazas y los cruces no eran utilizables, buscamos los colegios de Harcourt y de Navarra, donde nacieron nuestras sotties. Desorientados en ese barrio que se empeñan en llamar latino a pesar de que ya no escuchan nada de eso, terminamos por encontrar el colegio de Clermont donde entramos en el acto. ¡Qué decepción! Desde que se llama Liceo Luis el Grande, los estudiantes ya no tienen tiempo para reir. Parece que trabajan duro para la Ciencia.
- ¿Usted está en contra?
- ¡Para nada! Casi no veo la diferencia... Pero sabíamos que Ciencia no va sin Idiotez. Juntas terminaron por conquistar el mundo. He oído decir que en estos días proliferan las locuras cometidas bajo el rótulo de ciencia. Habíamos hecho una sottie con eso: “Auto de Ciencia y Asnería”, que hoy hubiera tenido mucho éxito. Pero en lugar de llamarnos a gritos, las Madres Locas de ese colegio y sus maridos idiotas presionaron para que la autoridad nos atrapara, a nosotros, los locos autóctonos, arguyendo que el Carnaval mismo está allí prohibido. Fué inútil pedir clemencia, suplicarles, nada resultó.
Un asesor del establecimiento se puso de nuestro lado, sosteniendo que nuestra tradición estaba aún viva y nuestros maestros mordaces como siempre. Incluso defendió esta práctica terapéutica: “Ya es demasiado, decía, este año tuvimos que pagar un tributo demasiado pesado al Moloc de la ciencia”. No tuvo suerte. Ese buen hombre predicaba en el desierto. Entonces, se nos pidió que viniéramos a esta dirección a hacernos ver.
Una ganga, seguramente. Tenemos en este patio más lugar del que necesitamos... Sólo que ho habría que volver nunca a los lugares de su gloria. Mis compañeros están desmoralizados. Esos idiotas se enculan, se niegan a responder al grito por el cual Madre Tonta abre ritualmente las sotties. Resultado, vea su estado: en lugar de tronar y vituperar como de costumbre, ella sigue postrada. ¡Sus tradiciones ofrecidas al mejor postor, abandonadas! Temo que haga algo malo.

La cosa pública

- Comprendo. Ella no esperaba volver a verse entre los locos.
- ¿Qué tiene que decir de eso? ¿Usted se cree astuta, cree que lo comprende todo? No comprende nada de nada. Los que están ahí adentro son iguales a nosotros. Ya no tienen los cetros de locura ni los coqueluchones que nos hacían invulnerables, por eso se los hiere más fácilmente que a nosotros.
- ¿Porque ustedes están por encima de eso?
- Sí. Ya no contamos los edictos, las sanciones que prohibieron, siglo tras siglo, nuestra fiesta, nuestras sotties, nuestros campamentos, nuestras gesticulaciones y hasta nuestros diálogos, prohibidos en el teatro de la feria de Saint-Germain no hace mucho tiempo, antes de la Revolución. Pero la locura está hecha así: cuanto más nos echan, más volvemos. Nuestros censores son locos que ignoran que lo son. Lejos de destruirnos nos fuerzan a un renacimiento permanente.
Escuche, voy a contarle un secreto -secreto de polichinela, por supuesto: los que están ahí adentro se esconden y se protegen. Bajo el nombre de pacientes, su aspecto de pobres diablos es un camuflage para hacer caer las máscaras, desinflar los discursos soporíferos y socavar la moral de las morales humaníacas16 que los llevan de la nariz.
Hemos vuelto en su honor, sólo porque está en el aire. Porque el aire de hoy se parece extrañamente a las Insecuritas de nuestro tiempo. Recuerde la peste, las guerras de religión, los turcos a las puertas de Viena, la Inquisición. He oído decir que hoy degüellan y descuartizan a las personas en plena calle, en el subte, en las plazas públicas, que venden a los niños.
- ¡Hable por su cuenta! No sé si sabe que desde hace dos siglos vivimos en una república.
Mi indignación fue recibida con una explosión de risa colectiva. Entonaron al unísono:
- Esa Cosa Pública es una puta que los reformadores visitan y revisitan para sus correrías, de abajo para arriba y de arriba para abajo.
- Como de costumbre, apuntan debajo del cinturón. Esa canción es idiota.
- También es una tonta canción.
Número 1 se había levantado para unirse a sus compañeros que comenzaban a impacientarse. Replegándose y estirándose, continuó su perorata.
- ¿Acaso imagina que las torturas infligidas hoy en nombre de la libertad son más fraternales que las de la Inquisición? ¿Verificó etnográficamente si entre ustedes las técnicas de violación progresaron en los últimos cuatrocientos años? Sin hablar de los lobizones que asesinan aún a los niños en las puertas de sus casas. ¿Quién se preocupa verdaderamente por ellos, si no tienen peso en las elecciones?
- Espere, ¿de qué locos habla? ¿De los psicópatas o de los inocentes?
- ¿Él es bueno o es malo?, balbuceaban saltando sobre sus pies.
La impaciencia había enrojecido sus mejillas y avivado el amarillo y verde de sus vestimentas combinadas. Sacaron sus cetros de los bolsillos, se pusieron sus sombreros de cuernos e hicieron sonar sus cascabeles.
- Juguemos, farsemos, saltemos, riamos, loquiemos, bebamos hasta empinar el codo, gritaban haciendo piruetas, de paros de mano a saltos mortales.
- Parodian el oficio de los muertos, me confió Número 1.
Después de dar el tono, había vuelto a sentarse cerca de mí para hacerme seguir en mi libro las “Vigilias de Triboulet”, el muerto más famoso de ellos, que había sucumbido, como Ariste, a una sobredosis de libaciones.
- Está bien muerto, muerto y enterrado. Si es de sed, yo no lo sé.
Arrastrada por el estribillo, tarareo Como la pluma al viento haciéndome la que sabía:
- Rigoletto es Triboulet, el loco de “El rey se divierte”, alias Francisco 1º.
Al oir ese nombre, todos simularon huir gritando como descosidos. No logré el efecto que quería. Número 1 se divertía.
- ¡Qué burlona es usted!
- ¿No les gustan los reyes? ¡Revolucionarios, eh!
- Nos gusta mucho Carlos VI el rey loco “bienamado”. Reinó más de medio siglo, en el tiempo de nuestros abuelos... No, me río de su vanidad. La preocupación por parecer actualizada le hizo olvidar que un siglo más tarde, exactamente en 1516, el rey Francisco nos prohibió, nos persiguió, nos condenó.
- ¿Qué le habían hecho?
- Habíamos representado a su madre, Luisa de Savoya, con los rasgos de Madre Loca, saqueando el Estado y el gobierno a su antojo. ¡La hubiera visto regenteando el reino cuando su vástago era cautivo de los españoles! Esos dos no habían heredado el sentido del humor del rey precedente. Luis XII aprendía tanto de nuestro teatro que ordenó a Pierre Gringoire sotties pro-gubernamentales donde él tenía el papel de Príncipe de los Tontos, seguido por los grandes de su corte, el Señor de la Luna, el Abate Bolsa-Flaca, el General de Infancia... ¡Lo hubiese visto!
Hizo señas a un Ubu:
- Acérquese General, será calmado por un sonajero.
Un loco caracoleó sobre su caballo de madera:
- Uy uy nene papa teta la lete... babeó girando.
Entretanto, una troupe toda vestida de negro se acercaba.
- Al piso, gritó el general.
Se sentaron en el suelo en silencio. Advertí a mi vecino que le faltaba una oreja a su coqueluchón.
- Hágales la pregunta...
Ellos mismos se presentaron:
- Venimos de Ginebra y representamos la “Sottie de los beguinos17” en honor al suplicio de nuestros compañeros colgados por orden del Duque de Savoya. No tenemos ánimo para actuar, no nos queda más que esperar la vuelta de Buen Tiempo. El más triste se inclinó para decirme en voz baja:
- Porque esa oreja nuestra interpreta para mal lo que decimos para bien.
Le pregunté que habían hecho con la otra oreja.
- La prestaron al discurso del tirano, tronó alguien, y por eso no pueden responderle.
El aguafiestas era un hombre vestido de negro, de rostro severo. Me sentí pescada en flagrante delito por haberme reído de sus chistes en ese día de duelo. La tristeza me invadió nuevamente. Yo también había prestado una oreja culpable a los verdugos que habían condenado a Ariste sin piedad. ¿Acaso no le habría prestado yo también el flanco al tirano? Les supliqué que me respondieran:
- ¿Es posible que el consultorio del analista sea una cámara de tortura y el análisis un suplicio?
¡Ninguna respuesta! Intentaba atrapar el guión en el que yo habría ocupado alternativamente el lugar del torturador, de la víctima y del espectador horrorizado.
Sin prestar atención a mis estados de ánimo, el hombre de negro había comenzado a arengar a la pequeña troupe, arrastrando las “r” como mi abuelo. Atentos a esa elocuencia de otro tiempo, los locos habían dejado de actuar.


Servidumbre voluntaria

- ¡Pobres y miserables pueblos insensatos, naciones obstinadas en vuestro mal y ciegas para vuestro bien, que os dejáis quitar de delante lo más bello y limpio de vuestra renta y que dejáis saquear vuestros campos, robar vuestras casas y despojarlas de los muebles antiguos de vuestros padres! Vivís de tal modo que no os podeis jactar de que nada sea vuestro... y todo este estrago, esta desdicha, esta ruina, os vienen no de vuestros enemigos, pero sí ciertamente, del enemigo, de aquél a quien vosotros hacéis tan grande como es18.

En la vehemencia del tono creí reconocer a Antonin, un pensionista del servicio inclinado a esas diatribas intempestivas.
Queriendo excusarme, susurré al oído de Número 1:
- Ese es un loco auténtico. No puede resistirse a poner su grano de sal sin ser invitado.
- No se engañe, es de los nuestros. Siempre necesita darse tono con el discurso del amigo de Montaigne... quien compuso a los 18 años... ¡Lindo asunto! La Boetie, ¿lo conoce?
Sin miramientos para con nuestros cuchicheos el hombre de negro nos amonestó claramente:
- El que tanto os domina no tiene más que dos ojos, no tiene más que dos manos, no tiene más que un cuerpo... ¿De dónde ha sacado tantos ojos con que os espía, si vosotros no se los disteis? ¿Cómo tiene tantas manos para golpearos, si no las toma de vosotros? Los pies con que pisotea vuestras ciudades, ¿de dónde los saca sino de los vuestros19?
- ¿Y sus orejas? Cuida tus orejas, le grita uno de los locos de la “Sottie de los beguinos”: escucha, mira, calla todo.
- Pero, ¿de quién habla?, pregunté con inquietud.
El hombre de negro respondió impasible:
- De un hombre que no tiene del hombre sino su nombre, un hombrecillo, desnudo y deshecho que no sería nada sin el apoyo de algunos allegados. Me entre a menudo estupefacción y a veces piedad de su estupidez...20

- Tú mismo eres un tonto, tú mismo eres un tonto, señalan a coro.
Pero él continúa, imperturbable:
- Quieren servir para tener bienes, como si pudieran ganar algo que les perteneciera, cuando no pueden decir siquiera que se pertenecen a sí mismos; pues nada sujeta tanto a los hombres a la crueldad del tirano como los bienes, que no hay para él ningún crimen digno de muerte más que su “de qué”21.

La expresión me sobresaltó. Me incliné sobre mi compañero para confiarle cómo Ariste, en mi sueño, me había ordenado recuperar su “de qué” bajo la forma de una tierra de manantiales. No sabía cómo hacer. Nuestros cuchicheos recomenzaron.
- Deje de consentir el pliegue de la servidumbre, murmuró Número 1. Haga lo que sólo saben los locos creyendo que sueñan.
- ¿Qué?
Cubriendo la voz del moralista, canta con voz de falsete:

- Su causa es buena y bellísima, notoria y naturalísima, nosotros los locos nos reímos del tiempo que hace, frío o caliente, y a un gran peligro nos exponemos...

- En efecto, allí adentro conozco a los que van con los pies desnudos sin pescar ni un resfrío.

- Es porque tenemos los espíritus tan desprendidos, que la imaginación en nada nos impide ver las cosas claramente, tal como son. Después las recitamos de verdad y así cumplimos nuestro deber frente a Dios...

Su crescendo fué interrumpido por un grito estridente.

III

ESPEJO DE LA LOCURA


Secuaces22

Madre Tonta gritaba, tiesa como la estatua de la libertad.

- ¿Dónde estais, mis tontilocos enloquecidos? Salid inmediatamente y venid aquí a verme. ¿Y qué es eso? ¿No oís mi voz? Apuraos, acudid de prisa.

Entre pífanos y chirimías, un loco apareció en primer plano, arrastrando de un lado una máscara de doble faz y del otro a un retardado, con el lado trasero de la cabeza enmascarado, que lanzaba gritos inarticulados. El hombre de negro se apartó para dejarlos pasar.

- Lo llamamos Cada uno, explicó Número 1. Lleva de la mano a la Gente al doble lenguaje - sujeto dividido....
- ¿...y el tercero, con su máscara al revés?
- Es Varios. Perdió la cara23 y ya no puede hablar. Mírelo de cerca, su lengua está apresada en una red hecha con tres gruesos cordones que lo vuelven mudo. Uno se llama Mal vestido, el segundo Falta de dinero y el tercero Miedo juvenal24... Ahora, ¡circulen! ordenó. En cuanto a usted, Señora aprendiz de tonta, encontrará en este desfile la tierra de manantiales de su psicoanálisis, por poco que él se interese en la gesta de la locura.
- ¿Qué me dice? ¡Nada que ver con el psicoanálisis!
- Sea más tonta, le digo. Como esos secuaces de Madre Tonta que pasan ante sus ojos.
- ¡Secuaces de Satán! ¡Adiós! Prefiero irme.
- ¡Ignorantissima! Suppositum es la misma palabra que sujeto. Somos los sujetos de la Historia, de la que no se escribió. Sujetos mal barrados, de los que todo el mundo quiere desembarazarse. Mire, como aquel....
Un joven, Gilles o Pierrot, bailaba ingenuamente ante nosotros saltando de un pie al otro y tratando de hacer un anuncio que no salía:
- Vengo aquí a dar un mensaje, pero no sé lo que debo decir.
- ¿Qué dice?
- Y bien: nada. Lo imposible...
Una baraúnda atropellaba ya al Pierrot, que se apresuró a ennumerar:
- El Burlador, Señores de Malapaga, de Regalaviento, Plano país, Pueblo pensativo, Mucho ver y Alegre de golpe, Señor de Acá, Señor de Allá, el Uno y el Otro, que se complacen en mearse uno al otro, Vayadondequiera y Notemuevas...
El cortejo marcó el paso mientras el progresista y el inmovilista bloqueaban su avance, empujándose a derecha e izquierda para lograr el primer lugar. Un colega que lucía un inmenso babero los empujó:
- Y henos aquí, el Charlatán, retomó el Pierrot, que vomita su latín, más robusto que un diablillo, seguido por San Falsete y su hijo Placebo, o de Propter quos y ya no sé qué...
Solemne, la Facultad vestida con una túnica acababa de hacer su entrada, colectivamente absorta en un tema que me era desconocido.
- En tres partes, resopló el Pierrot, tratan acerca de lo que les pica, si es un piojo o bien una pulga: unos quieren dudar, los otros refutarlos. En verdad, cada uno piensan en loquear para satisfacer su locura.

El tiempo que corre

Sin ningún lazo con esta retórica, un personaje se les adelanta, llevando en la espalda un canasto lleno de ratas. Yo temblaba. Mi mentor anunció:
- ¡El Portador-de-ratas25!
Ese personaje repugnante agregó su parte a la polifonía de los Gritos de París:
- Yo compro el traje político que esté hecho según mi antojo, porque el hombre vale por su traje.
Dos energúmenos lo empujaron a un lado:
- Tontiloco Mercader y Loca Parranda, clama alto y claro el heraldo que recobraba el ánimo.
- Ten, dijo la mujer tendiendo una maza a su compañero. Empúñame esta maza y haz saltar la banca26 contra Todos.
La bancarrota de Todos ocupa desde entonces el primer plano del escenario. Cinco personajes caen en cascada: Mercancía, Oficio27, Poca ganancia, el Tiempo que corre y Gran gasto. Suscintamente, el Pierrot resumió la situación:
- Oficio y Mercancía agitan ese tamiz, lamentándose del Tiempo que pasa corriendo. Poca ganancia les aconseja olvidar sus miserias festejando en lugar de pasar el Tiempo. Pero ellos corren tras el Tiempo para suplicarle que se detenga. A fuerza de lamentos, Oficio y Mercancía terminan por lograr el apoyo de Gran gasto, que aumenta los impuestos. Aunque al final de los finales, Mercancía está metido en un lío, válgame la expresión, y Oficio reducido al desempleo. Ustedes lo ven partir con su alforja al hombro para mendigar en las rutas. Moraleja: no queda más que Poca ganancia. Entonces viene el Señor Nada, quien puede dedicarse a su pasión por los pronósticos.
Este último arrulló con voz mediática:
- Presten atención para saber cómo, con mi gran filosofía, hago que las cosas posibles parezcan imposibles. Cómo sé hacer y deshacer todo y fundamentalmente transmutar sí en no. ¿Conocen el medio veleidoso de transformar una ciudad en pueblo? Muy pronto la tierra llevará lo que debieran llevar las aguas, fuerza de chulos con sus chulas28.
Surgieron entonces unos jóvenes desaliñados que paseaban en ronda sus rostros desagradables. ¿Compañeros de Pierrot? Él corrió a unírseles no sin informar por última vez:
- Son los Parisinos pura pinta y nada más. En París hay un montón de estos bisoños, que se lavan la cabeza tres veces por día para tener el cabello rubio.

Movimiento social

Esa juventud ocupó el lugar al tiempo que se preparaba un pequeño sainete firmado por André de la Vigne. Número 1 tomó el relevo para el comentario.
- Retengan bien este nombre: nativo de Seurre al borde del Saona. Una de nuestras glorias junto a Pierre Gringoire.
He aquí el guión: bajo la férula del arquitecto Abuso, albañiles torpes construyen un nuevo mundo a partir de una piedra angular etiquetada Confusión, cuando aparece Tontiloca furiosa por haber sido olvidada. Todos la acosan, a cual mejor. Ella proclama entonces que dará sus favores a aquel que cante mejor la cancioncilla y que salte más alto. A ésto sigue una batalla campal que derriba todo el nuevo edificio, de modo que el viejo mundo vuelve y constata que no queda más nada. Entonces...
Una mujer robusta le cortó el relato y se presentó, imbuída de su importancia:
- La Gran Reformadora, seguida por mis dignatarios: el guarda-mantel que lleva un balde de lejía para lavar la plata sucia, el guarda-bacín para recoger mi mierda y el guarda-culo para ocuparse de cuando yo cojo y con quien. Por lo demás, yo cojo mucho en los tiempos que corren.
El Tiempo, en efecto, vuelve a pasar corriendo y gritando:
- No tengo tiempo, no tengo tiempo, debo hacer la guerra, perseguir los beneficios, vender la justicia, llamar a elecciones, rechazar todo trabajo.
Diciendo ésto, distribuía cornetas a su alrededor con la consigna:
- No respetes ni hermano ni hermana, ni tampoco a tu padre ni a tu madre. Por delante, por detrás, sean engañados, estén contentos.
Con la corneta en la mano, un eclesiástico barrigón resopló a continuación:
- Soy el abate de los Boludos. Boludos, paguen sus impuestos. ¡Sostengan al abate y a sus boludeadores, ustedes son maricas! Si no pagan ya, contra nosotros los citaré.
- Nada cambiará, aplaudió Número 1, en tanto la Gente no cambie. Porque el Tiempo es lo que hace la Gente. Ahora bien, el tiempo es oro: en Tours, en Moulins, en París, los escudos castigan los culos.

Zafarrancho

La excitación crecía. Uno de ellos vino a cantar a los gritos bajo mi nariz un estribillo sin pies ni cabeza:
- Soy mudo para bien hablar y sordo para oir claramente, confinado en cama para andar mejor, muero de hambre cuando estoy repleto y de no hacer nada estoy cansado.
Como yo seguía tan freezada como una salsa, me mostró su culo sin transición:
- Tresmondongos se hacía el distraído con el culo de su buena tía, pero le encubre un huevo por temor de que le queme el culo de una puta.
Era demasiado. El hecho de ver así mostrado en público el atolladero29 de mi situación me superaba y le grité que se callara. Número 1 quiso conducirme a mejores sentimientos.
- No son más que palabritas del populacho. Celebran con usted la alegría de su resurrección en este lugar hecho para ellos. ¡Tómelo por la vía de lo cómico, quítenos de la vista esa cara de entierro!
- Vuestra visita cae en mal momento. Hoy no tengo ganas de reír. Me gustaría más partir lejos de aquí, respirar, cambiar de aire, reponerme. ¿Adónde ir?
- Al bosque... Los laureles están cortados, la bella que está allí irá a juntarlos, entre en el baile, vea cómo se baila...
- Y bien, ¿qué esperan para bailar?
La orden había surgido, siniestra, de una sombra detrás de mí. Me volví rápidamente. Madre Tonta me medía con la mirada, implacable. El coraje me abandonó. Número 1 cantaba como si nada pasara:
- ...Y en ese bosque, adivine qué hay... una fuente donde encontrar a las hadas, faées, del latín fata, las bien llamadas palabras sagradas. ¡Pero cuidado! A manipular con precaución, no en cualquier lugar, no de cualquier modo.
- ¿Si no?
- Los fata la vuelven chiflada30.
Las risas locas estallaron. Inquieta, seguí con la mirada a Madre Tonta que recuperaba su lugar entre ellos. Número 1 bromeó:
- Mejor es escribir risas que lágrimas...
Sus gesticulaciones me daban vértigo. Les gritaba que terminaran con el zafarrancho:
- Se equivocan de dirección, este patio (cour) no es la Corte (Cour) de los Milagros. ¡Retírense, váyanse!
Retrocedieron un paso. Número 1 hizo una mueca de decepción:
- ¡Qué lástima! Anoche la habíamos juzgado una verdadera metedora de pata profesional, a condición de trabajar, por supuesto.

El psicoanálisis, una tradición oral

Tal era entonces su sentencia. Era inútil que el psicoanálisis disfrazara su herencia bajo montones de escritos, no podía renegar de sus orígenes orales y de la tradición de los cuentamusas, de los tontos, de los torpes y de otros tramposos.
- ¿Cómo dice?
- Charlatanes, si prefiere.
También reconocían para sí a ese gran loco de Lacan. Él habría dicho textualmente que el psicoanalista no debe dudar nunca en delirar. Me sublevé:
- ¿De dónde sacaron eso?
Número 1 lo tenía de primera mano; el maestro incluso habría dicho a sus discípulos:
- Si hubiera sido más psicótico, probablemente habría sido mejor analista. En cuanto a ustedes, sean más naturales en lugar de encoger el cuello, tampoco se sientan obligados a estirarlo. Incluso como bufones, están justificados a serlo. Mírenme, soy un payaso, tomen ejemplo de eso y no me imiten.

Sensible al argumento de autoridad, lo acusé del crimen de anacronismo.
- Es inútil continuar este diálogo. Si algún día lo cuento ningún historiador me tomará en serio. Por otra parte, en vuestro tiempo no existían estos hospitales, me lo dijo un especialista, dije muy segura de mí.
Número 1 suspiró cansadamente:
- Ya sabemos todo eso. Foucault también es de los nuestros, si era eso lo que le molestaba, y otros stars de su Escuela. Entre otros, ese filósofo farsante... A falta de torcerle el cuello a las contradicciones del sistema encontró el de su mujer, más fácil de apretar. En cuanto a este lugar de asilo, volveremos, no se preocupe, haciéndonos los locos en la vía pública: ¡artículo 122 bis!

En ese momento Madre Tonta proclamó que era suficiente por hoy.
- ¿Y si le ofrecemos una última farsa? intentó Número 1, la de los que levantan la perdiz.....
Sonriendo por primera vez, Madre Tonta hizo la señal de partida con el brazo. En el portal se detuvo y me lanzó una mirada de reojo:
- Si quieren saber porqué vine, mírenme, soy cornuda, corneadora, tortillera, vieja verde, conchuda, enconchada, arrogante, desordenada, a los locos agradando y disgustando, mordaz, maliciosa, cáustica, deslenguada, madre y nodriza de discordias, pasando por todos lados plena de ultrajes, ultrajante en toda casa, laboriosa contra razón, razonable en hechos detestables, detestando las cosas establecidas...
A punto de desaparecer, cambió de idea:
- ¡Cita aquí mismo!
En un momento preciso que ella no precisó, contando con mi exactitud. ¡Y con que yo cambiara mis hábitos! Ella no toleraría un instante más verme sentada en mi banco, pasiva, mirando con largavistas la locura del mundo, apta justamente para garabatear esos escritos que habían estado en el origen de su ruina.
Con esas palabras me dió la espalda, arrastrando a sus sujetos más allá del portal donde se desvanecieron tan bruscamente como habían aparecido.
Yo también estaba harta de locura. Sin darme cuenta de que ya obedecía su orden me levanté y me dirigí a la puerta del servicio para despedirme, muy segura de que no volvería a poner los pies allí.

IV

LA GRAN SALA



Mélusine

La secretaría está llena de gente, a punto de estallar. En el estupor de esta muerte imprevista cada uno dice lo suyo, hay que hablar de eso. ¿Qué decir? Una psicoterapeuta evoca el descubrimiento reciente y tardío del cuerpo de su propio analista, en un sótano, varios meses después de su suicidio. Analista número 1, número 2, número 3, como los tontos del “Eclesiastés”, su número es infinito.
El médico jefe le anuncia:
- Su paciente Mélusine, saldrá hoy.
Le dice eso para levantarle el ánimo. No tengo la valentía de presentarle mi renuncia y salgo de la pieza sin decir palabra. Al atravesar el patio del pabellón me cruzo con Mélusine que se dirige hacia la salida. Espléndida, elegante, sus ojos habitualmente llenos de lágrimas desde que perdió la custodia de sus hijos, brillan de alegría. Me anuncia que encontró casa, un trabajo y que va a poder recuperarlos. La felicito.
- ¡Hay que felicitar a mi analista! ¡Las que le hice pasar! Y usted, ¿cree en Dios? Usted es atea ¿no es cierto?
- Eh.... es decir....
- No importa. Lo importante es esa dimensión que no debe descuidar con sus pacientes. Tome, lea.
Saca de su bolso un papel doblado en cuatro.
- Un poema que escribí para mandar al infierno a todos aquellos que quieren ganar todos los partidos. Aquí invoco a mi padre, gran borracho ante el Eterno, probablemente en el Cielo. Y yo, en la tercera estrofa, saliendo del Purgatorio sin nada para dar salvo el amor de mis hijos que se ha acumulado.
Me abraza esperando no volver a verme y me desea mucha esperanza para mi trabajo y, si los tengo, para mis hijos.
- ¡Hay que creer en eso! me grita dándose vuelta desde el umbral del patio.
Con la mano aún levantada para decirle adiós, estoy a punto de seguirle los pasos. Pero mis pies se niegan y me conducen en dirección a la gran sala.

Purgatorio

Círculo mágico, paso obligado para llegar al piso donde se encuentran las habitaciones, esta gran sala funciona como un imán. Atrae a los que son pacientes y rechaza a los cuidadores que la atraviesan apresuradamente, ¿para ir adónde? No soy una excepción a ese acelere. Pero hoy dudo en el umbral, con los brazos colgando, apresada por el para-qué omnipresente.
¿Para qué salir del gran encierro? Toda tentativa de inscribir aquí el tiempo, un proyecto, un progreso, choca -es inútil decir o hacer- con el misterio del lugar que uno se apresura a recorrer con el diablo en los talones. ¿Para escapar del encantamiento del hada? La que encerró en una jaula invisible a Merlín, su amante... ¿Cómo se llamaba?
Vosotros, los que entrais aquí, abandonad toda esperanza. Esta divisa podría figurar en el dintel de la puerta donde me detuve. ¿Infierno o Purgatorio? Opto por el segundo. Si creo en mi libro matinal, la diferencia es de proporción. El Purgatorio, según un hallazgo del siglo XII, es un infierno a plazo fijo. Con un pasado que puede rozar la condena eterna, pero sobre con todo con un futuro adonde escapar después de la purga. ¿No fuí acaso juzgada esa noche? Declarada no muy buena analista, tampoco completamente mala, me corresponde purgar mi mediocridad. ¡Que diablos me importa, yo entro!
Una vez adentro, el misterio de la sala se revela, en efecto, más medieval que médico. Aprovechando la calma que hoy me hizo desacelerar el paso, un hombre sentado contra la pared me pide exorcisarlo:
- Nunca debería haber tenido mi Opinel31en el bolsillo ese día en la Plaza de la Estrella32....¡mala estrella! Libéreme de esos demonios. ¿Usted sabe sus nombres en bretón?
Intento esquivarlo, pero una mujer reitera ya el mismo pedido cantando versos rimados: llegó de su Poitou33 para consultar a su marabú y se dejó atrapar sin un cobre. Calculo rápidamente. Las tarifas que me anuncia son comparables a las de las sesiones con Lacan. Me conjura a detener la magia que tamborilea en su cabeza y que la obliga a hacer la calle para expiar un incesto que no puede decirme. Yo tampoco creo estar a la altura de luchar contra los genios de su terruño.
Me siento en una silla que diviso a lo largo de la pared, tan disponible como yo misma. ¿Estoy alucinando? ¿No es Ariste ese de allá, esa silueta a la Gaston Lagaffe? Remera informe, jean en acordeón sobre zapatillas desatadas, se aleja hacia el umbral que acabo de franquear. Esbozo un gesto para llamarlo, él vuelve la cabeza. Un nuevo en el servicio. Quizás el Dervé boxeador que percibí esta mañana a la entrada. El lunes pasado, yo me había cruzado con Ariste en este mismo pasillo. Él había protestado:
- Estoy harto del Haloperidol, eso me impide pensar.
- Dígaselo a su médico.
- Debería recursar matemáticas y francés.
- Tengo un libro para usted, se lo traeré.
Lo había visto alejarse. Mi promesa, transformada en letra muerta, no había podido retenerlo de este lado de la vida.
Las palabras de Wittgenstein me volvieron a la memoria: “Cuando la herramienta de los nombres está rota, siempre es posible inventar un signo convencional para reemplazar la palabra faltante... Sobre las cuestiones de ética, es necesario entrar en escena y decir yo, hablar de su propio fondo.”
Y yo, en la práctica, en ese momento ético en que la vida puede deslizarse hacia la muerte, no había podido encontrar el menor signo de entendimiento desde mi propio fondo. Tampoco fui capaz de decir yo... ¿qué yo, por los santos infiernos?
Miro alrededor, por miedo de haber hablado en voz alta. Nadie parece advertir mi presencia. ¿Para qué sirve jurar cuando el sujeto se volatilizó? Tengo la cabeza vacía como un colador. Este utensilio me remite a las sotties: ¡pasar el tiempo! Perdí toda noción de él con la esperanza de que vuelva Buen Tiempo. Como las personas de esa sala, me importa un carajo el presente y el futuro y me conformo por ahora con una existencia negativa, con la objetivación como solución. Miro cómo lo hacen ellos.
Helos ahí entonces, la espalda contra la pared, la Gente que perdió el rostro. Inmóviles, desafían al Tiempo que pasa. ¿Ese es el espacio de la maravilla? ¡Volverán a pasar por lo maravilloso! Pero poco a poco, como cuando en el bosque uno permanece inmóvil, el espacio se anima con una vida invisible para el paseante impaciente y ruidoso.

Viviane

Delante de mí pasa y vuelve a pasar Viviane, una joven muy linda que tiene 15 años desde hace mucho tiempo. De la mañana a la noche recorre a grandes pasos la gran sala, alerta, con la cabeza levantada en dirección a lo que considera que se encuentra en lo alto. Camina con un ritmo endiablado y balancea sus caderas con una gracia infinita, conviene decirlo, ya que su movimiento es casi perpetuo. Ella también parece dirigirse a alguna parte, pero no va a ninguna, sólo a lo largo y a lo ancho como un león enjaulado. De vez en cuando lanza unos “cuacs” vigorosos y sonoros.
Hoy, veo desplomarse su hermoso orgullo y debilitarse su cadencia. No le resulta fácil mantener la cabeza en alto. Los “cuacs” se desbocan hasta imitar el ruido de una sirena de la asistencia pública que termina por temblar en tentativa de lágrimas que perlan el borde de sus pestañas cuando pasa cerca de mí. Tiendo el brazo para detenerla. Rápidamente me enfrenta. Le digo que no hace falta tener siempre esa valentía, que se puede llorar cuando uno está mal. Lanza una serie de onomatopeyas indignadas de las que no entiendo nada. Las sirenas redoblan, las lágrimas vuelven a brillar, sale moco de su nariz que quita con el dedo y traga con presteza, mirándome sin pestañear.
Dudo en buscar un kleenex compasivo, confundida por tanta eficacia autosuficiente. Finalmente, le extiendo el trozo de papel con el que se suena como cualquiera, luego me lo devuelve. Detrás de ella, en el umbral, el Dervé ha reaparecido. Decididamente, tiene la facha de Ariste, hasta esa mirada que te inmoviliza sin verte.
Con una brusca media vuelta Viviane me dió la espalda, pero sin retomar su carrera infernal. Una idea me atraviesa. Debe haber visto algo que cambió en mi mirada y responde a ese alejamiento. Demasiados pretextos, no tengo por qué mentirle.
Aunque no sé si comprende nuestra lengua, le digo aquello de lo que todo el mundo está enterado pero que oficialmente nadie sabe todavía, que Ariste murió ayer, que yo también querría poder llorar. Se da vuelta con presteza, acerca sus ojos gris azulados a algunos centímetros de los míos, me murmura una canción sin palabras, sonríe y parte con su aire desenvuelto.
Intento seguirla ¡ni hablar!. Inútil seguirle el tren, ella hace como si yo no estuviera allí. Una vez que llega al límite de su carrera, ante la puerta cerrada donde se alojan las abuelas que han perdido la cabeza, da media vuelta y regresa con el mismo tempo. La nariz siempre en alto, planea por encima de las pesadumbres de los simples mortales. El supuesto asesino la interpela cuando pasa:
- Ve con la señora, ¿no ves que quiere ayudarte?
Ella se detiene, le tiende una mano sobre la que él deposita un beso archiducal y vuelve a partir.
- ¡Vamos! ¡Camina! decía mi abuela cuando quería pasar a otra cosa. Lanzo otra mirada circular a la gran sala.


Wittgenstein

Allí estaban, entonces, los tontos de antaño, los que me habían sido presentados en la corte de honor. ¿Cómo distinguir los buenos de los malos, los excluídos de los incluídos, los dominados de los dominantes? Todas esas dicotomías me confundían. Demasiado a menudo había visto cómo el lado bueno de la causa se convertía en la manija, colaboradora diligente de los horrores que denuncia.
¡Caray! Los alejandrinos.... Silabeaba con mis dedos. ¿De dónde me venía ese ritmo? ¿Del baile inmóvil de esas personas medio dormidas? Sin esforzarme demasiado creo reconocer a Madre Loca, al Príncipe de los Tontos, al Señor Nada, a Monseñor Bolsa-Chata, al Abate Culoroto, al General de Infancia e incluso a Número 1. ¿No es ese de allá, ese hombrecito tranquilo absorbido en un libro? Para disimular mi desconcierto extraigo de mi bolso el que estaba destinado a Ariste.
Un joven alto se acerca con movimientos rígidos y lentos. Desde hace por lo menos veinte años no ha abierto la boca, probablemente porque su lengua debe estar atada por Miedo Juvenal. Cada vez que lo veo me repito que su rostro regular y sus ojos azul intenso tienen un aire de familia con los del querido Wittgenstein.
A veces se digna a estrecharme la mano para el saludo de cortesía. Frecuentemente hojea con gestos amplios una revista, siempre patas para arriba. Quizás en busca de otro que podría detenerse al pasar. Hoy lee “Le Monde” al revés. Después de haber dado vueltas a mi alrededor dibujando curvas concéntricas, con poses de bailarín Butô, se acoda en el radiador. Siento que su mirada me escruta.
¿Qué hacer? Decido leerle el pasaje que tengo ante mis ojos:

- “Sottie de la gente nueva”. El Mundo (Le Monde), en esta historia, es presa de la tiranía de los reformadores: Primer nuevo, Segundo nuevo y Tercer nuevo. Hacen tabla rasa del pasado para poder gobernar. He aquí lo que dice Tercer nuevo: Del tiempo pasado no tenemos que ocuparnos, Nacido por obra de gente anciana, Se lo ha pintado o hecho historia, Pero en verdad, no sabemos nada de él. Nosotros vamos por otros caminos. Somos, nosotros somos gente nueva.
Mi auditorio sonríe y mira para otro lado. ¿Qué se yo lo que él oye? Retomo el estribillo:
- Hagamos a los pájaros volar sin alas, Hagamos abogados limosneros, Y que no cobren ni un denario, Así seremos gente nueva.
Quiero quedarme ahí. Los ojos azules se fijan nuevamente en mí. Continúo:
- Entonces aparece El Mundo, ya en crisis, lamentándose: estoy totalmente destruído y deshecho, porque tenía de esperanza, pero el mundo vive en equilibrio. El pueblo tranquilo y laborioso es saqueado por los cuatro costados. Llega una banda de truhanes que toman corderos y pollerío. Gente envidiosa, de guerra ansiosa, creo que me comerán.
Aquí, la cosa toma mal cariz. La gente nueva lleva al Mundo a una posada llamada Mal, donde él se lñamenta: mostrándome signos de amor, de noche, de día, vosotros me saqueais. Después de haberlo despojado totalmente, lo conducen a una posada llamada Peor. Así va de Mal en Peor.
Pienso en Ariste, llevado por mí de Mal en Peor....
- Escuchen el lamento del Mundo, suena como un requiem: ¡Ojalá que descienda pronto la muerte, Mordiente por distintas vertientes! ¡Privado me siento de todo confort, Fuerte y gran mal que soporto! ¡Dura dureza y pasión dura! Duras lágrimas me conviene esperar, sin ninguna esperanza, sin ningún pesar, Pesares piadosos y lamentados, lamentos mortales que no se pueden decir.

Que no se pueden decir... Busco la aprobación de la mirada azul. ¡Nadie! Él se deslizó al pie del radiador.

Fin del mundo

Llega Viviane tirando de la mano a una joven, también eterna, de grandes ojos negros de cierva. Dice que no con la cabeza, riéndose, y frena en seco. Con autoridad, Viviane junta nuestras manos y luego parte siguiendo su órbita. La otra, sabe Dios porqué, cambia de idea y me lleva hacia la escalera arrastrándome como a un niño. “Pipí”, “pastel”, dice alternativamente, sin que yo pueda descubrir quién de las dos es la hija o la madre.
- Es el fin del mundo, grita Marcel detrás de nosotras, siguiéndonos el paso. La luna desapareció y también las estrellas, vamos a explotar. A pesar de todo, esta mañana pude hacer salir el sol.
Me hago la que entiendo. Como la cierva en el bosque, la joven me arrastra al corredor del primer piso que lleva al salón de peinados de Raymonde. El corredor está desierto. Una enfermera me dice que los otros todavía están en reunión. Raymonde parece esperarnos. Marcel se sienta en el sillón y la joven y yo asistimos a su metamorfosis. Con los cabellos lavados y cortados y el rostro iluminado, él se limpia la nariz con el revés de la mano y nos hace comprobar que el sol acudió a la cita.
Entonces, acariciada por los pocos rayos que llegan al rincón donde está inmóvil delante del televisor, la joven levanta prestamente su falda y baja su bombacha para ofrecer su sol al astro del día. Marcel amenaza con darle un sopapo. Rápidamente, ella embombacha la furtiva caricia que acaba de darle suavemente el sol antes del apocalipsis anunciado por Marcel.

Madre Loca

Creo prudente alejarla de los rayos del censor y nuevamente nos vemos en el corredor, yo tirando y ella trotando. Busco mi llave para abrir la puerta del palier que da a la escalera. Una mujer de falda y chaleco negros nos detiene:
- Ustedes... ¿Qué hacen ahí?
Digo mi nombre y ocupación y le devuelvo la pregunta. Ella vino aquí con un cuchillo para matar a todo el mundo porque su casa fue ultrajada.
¿Qué pasa? La muerte de su marido y la sucesión. Pongo cara de circunstancias.
- No se preocupe, él está bien donde está. Me da lo mismo que esté vivo o muerto. Mis hijas se burlan de mí, se sirven sin mi autorización y me devuelven muebles de hace veinte años.
- ¿Qué pasó hace veinte años?
- No necesito psicoterapia.
- Su marido, ¿hace mucho que murió?
- Un año. Estábamos separados desde hacía veinte. ¡Qué alivio!
- ¿Eh?
- Él quería hacerme encerrar.
Marcel se nos unió. Ella le dió un cigarrillo así como también a dos jóvenes de la banda de Ariste que estaban consignados a ese piso y que llevaban pijamas y pantuflas. Aunque no la había visto fumar nunca, la joven extendió la mano.
- No.
La mujer de negro se negó secamente. Visiblemente, prefería a los jóvenes. Me pareció astuto decírselo. Ella asiente con un movimiento de cabeza. Lo tomo como un estímulo:
- Usted es como una madre para ellos.
- Para nada... No diga eso.
Me entrampo sola:
- ¿Entonces una abuela?
- No tengo la edad.
- El tiempo se ha detenido...
- Así es. Hace veinte años.
- ¿Desde su separación?
- Hace veinte años perdí a mi hijo... De una leucemia. Tenía 16 años. Yo sé que no está muerto. Adiós, señora, ha sido muy amable.
No es la primera que veo en el hospital buscando un contacto con el otro mundo. A veces, cuando un nuevo rostro me aborda en el pasillo, pregunto: “¿Busca a alguien?”
¿De dónde me viene esa certeza? Quizás de la época en que creí reencontrar a mi abuelo en ese hospital del norte de Francia, no lejos del Camino-de-Damas donde había sido camillero. Destinado, decía, como todos los músicos, a la tarea de recoger los muertos y heridos. ¿Extraña lógica... o privilegio de los músicos el de oficiar en el espacio ubicado a las puertas de la muerte?

Changelins34

No tengo tiempo de detenerme. La joven me lleva fuera de los límites del servicio, manu militari. Siempre trotando, lanza grititos de contento.
Yo no estoy ahí, estoy en la edad que ella me hace revivir, cerca de una cuna donde llora un bebé que no deja de girar la cabeza a uno y otro lado. Está enfermo. Busco a mi abuelo que desapareció de la casa. Todavía oigo las ruedas de la camita rechinar rítmicamente sobre el parquet. Encerrada afuera, en el pasillo, impulsada por ese ritmo, garabateo con lápiz enormes ochos sobre la puerta, en un bucle infinito. ¿Banda de Moebius, atractor de Lorentz? Forma surgida en el umbral de una catástrofe y que debió funcionar como un conjuro, porque el bebé salió de ese mal paso. En cuanto al abuelo, eso es otra historia.
Leí en mi libro que en la Edad Media se llamaba changelins a esos niños en suspenso, incesantemente llorosos. Una vieja ayudaba a las madres a rogar a las hadas para que se llevaran al Changelin aullante y les devolvieran a sus verdaderos hijos.
En un bosque sagrado tenía lugar un ritual, cerca de la tumba de un perro -santificado como San Lebrel, curador de niños- para permitir el intercambio entre el niño intolerable, devuelto a las hadas y a los faunos, y el niño deseado del que esos genios del terror eran los garantes. Los pañales estaban colgados de las ramas de los árboles. La madre depositaba a su hijo entre dos velas y después se alejaba fuera del alcance de sus gritos. Cuando volvía, bañaba al niño cambiado en un curso de agua cercano, nuevo bautismo que lo inscribía en su linaje.
¿Era un intercambio análogo el que la dama de negro había venido a reclamar, esperando que, a fuerza de ofrendas de tabaco, faunos y hadas le devolvieran a su hijo?
Mi guía no descansa. Henos aquí de nuevo en la corte de honor. Al volver a pensar en esa mujer que está instalada desde hace veinte años en una injusticia, irreconciliada, irreconciliable, entiendo mejor las palabras de Madre Loca, pasando por todos lados plena de ultrajes, detestando las cosas establecidas.
Los ojos negros de mi compañera muestran signos de fatiga. Se sienta sobre el banco en el que yo estaba hace unas horas. Para disculparme por no haber estado demasiado presente, le cuento la historia de los hijos changelins, tal como un historiador la ubicó alrededor de Mâcon, desde el siglo VII hasta los años treinta.
- Escucha bien la historia que cuenta Jean-Claude Schmitt. Este historiador no se limita a reencontrar las fuentes de la leyenda, busca en la región a aquellos que conocieron a la última ancianita que cumplió, antes de la guerra, con ese ritual. Con un gesto de piedad, le hace los honores de la Historia.
Él nos enseña que esta ancianita también perdió un niño, hijo póstumo, nacido después de la muerte de su padre, de donde quizás provenga su experiencia en volver a anudar los hilos de las generaciones cuando amenazan romperse después de un parto. Ella misma habría desaparecido en la fosa común si su historiador no le hubiera dado una sepultura decente en el marco de su libro, inscribiéndola en el tiempo. ¿Sabes en qué me hace pensar esta tradición? En los momentos del análisis en los que nace un sujeto inscripto en su linaje, liberado de los fantasmas devueltos a los faunos y a las hadas...
La joven sonrió y me tomó nuevamente de la mano para emprender el camino de regreso. Decididamente, yo tengo la cabeza en otra parte, vuelvo a pensar en los consejos de Wittgenstein: el hombre es un animal ceremonial. Déjese llevar por las asociaciones habituales, sobre el modelo de las asociaciones de ideas de los psicoanalistas.
Un grito taladrante de la joven hace que me acerque:
- Cuando lo pienso de nuevo... esa dama de negro que te negó un cigarrillo actuó como la mujer de “Balthus el Loreno”. ¿Quieres que te cuente?
Apurada por entrar, a mi compañera le importa un comino la novela de René Bazin. ¡Paciencia! igual continúo:
- Su hijo también murió en la guerra del 14. Como las Madres Locas que caminan alrededor de la Plaza de Mayo en Buenos Aires, ella recorre el campo y, en los cruces de caminos, cuelga panes de los árboles con breves mensajes para alimentarlo con palabras: que las hadas y los faunos le devuelvan a su hijo y se lleven los fantasmas de la guerra inmunda.
Nadie tiene el coraje de encerrarla, con el vago presentimiento de que sus manías provienen más de lo sagrado que de un desorden de la personalidad. Su gesto tiene el valor de una sepultura imposible. Los Balthus son originarios de la Mosela, que en 1870 cayó bajo la bota prusiana. Sus hijos murieron por el rey de Prusia, con el uniforme alemán. ¿Está allí la tierra de manantiales que me indicaba Ariste el Loreno desde lejos?
Henos aquí, en el umbral del servicio. La joven me soltó la mano.

El vigía

Agotada después de nuestro circuito, ella se desploma sobre la silla delante del tele. Yo me instalo a su lado para relojear un poco y de inmediato me veo atrapada por los video-clips sin pies ni cabeza. Me olvido de saludar a mi vecina del otro lado.
Ella -cabellos rizados, brillantes, despeinados, maquillada como una reina- no mira la pantalla sino un espejo de bolsillo en el que fabrica su belleza. Tan orgullosa como Dama con unicornio, consiente en devolverme el saludo con un movimiento altivo de cabeza. Ya nos hemos visto en el servicio, en el que hace cortas apariciones.
Entre estas dos jóvenes experimento la detención de todo funcionamiento. Dos internos pasan delante. “Buen día, buen día”. Quizás ellos creen que estoy trabajando, como creen que mis compañeras se cuidan. Sólo yo me sé instalada en un puerto clandestino, sin estar molesta por escapar a los proyectos, al progreso. Siguen las vibraciones videoclípicas, gritando mensajes vacíos que nadie comprende. También yo me sacudo con su música autista y me pongo a pensar en una concepción ondulatoria del psicoanálisis que aboliría los corpúsculos de identidad que creemos habitar.
Delante de mí, un hombre gira en redondo, silueta curvada, tenso al extremo como un arco hacia atrás. Vientre prominente, la nariz casi tocando el mentón, se propulsa con una ligera escanción al ritmo del baterista anglosajón, cuyos cabellos agitan la pantalla con sacudidas frenéticas. Por contraste, su postura evoca la curva de una letra estampada, donde sólo sus ojos son admitidos a vagar como radares, controladores del espacio terrestre y aéreo. ¿Da vueltas en redondo o hace su ronda? Me planteo la pregunta por primera vez. A menudo lo crucé sin saludarlo, suponiendo que su abstracción geométrica bastaba para asorberlo entero.
Pero hoy, veo que me evalúa con la mirada. Leo ahí una libertad altiva que me manda a hacerme ver. Cuando su epiciclo se aproxima tangencialmente a mí, lo saludo sin saber qué esperar. Para mi sorpresa, con el brazo pegado al cuerpo, me tiende una mano plena de circunspección. Luego, sin romper la armonía de su gesto, como un planeta solitario, se dirige hacia el sosías de Wittgenstein siempre indolentemente apostado al pie de su radiador. Lo cruza casi rozándolo. El otro no se mueve ni un milímetro y sigue con los ojos la trayectoria que conduce al primero hasta la puerta del refectorio donde se encuentra el apogeo de su curva.
Mientras tanto, Viviane no ha dejado de ir y venir, de aparecer y desaparecer, muy agitada, siempre aparentemente inspirada, apoyándose en sus cuacs al ritmo de los clips. ¿Enjaulada o piantada? Se me acerca, me mira fijamente por un instante con su mirada tendida como una pregunta. El brillo de sus ojos me parece la ventana de una prisión donde ella se amuralla contra los campeones de la civilización. Intento decirle algo para retenerla. Se va rápidamente. Esa mirada es la de los que no se compran.
Poco a poco, veo a los habitantes de la gran sala salir de sus vestimentas de camuflaje. El episodio singular de la corte de honor está próximo y lejano a la vez.
Me siento bien ahí. Pequeño personaje en esa gran sala, que podría muy bien no estar ahí, ocupo un lugar insignificante en ese cuadro de Vanidades: tan poco je, tan poco moi, aún menos psi que cualquier otra cosa.

Entre en el baile

En ese instante observo a una mujer gorda apartada en un rincón, ocupada en comerse un bollo de pan con una lata de paté. Ella también sorprende rápidamente mi mirada. “En la guerra como en la guerra”, dice mientras me hace señas de aproximarme. Me dirijo hacia ella seducida por su buen apetito.
- Soy demasiado inteligente, esa es mi desgracia. Me ahogo en mi podrido suburbio. Que voy a hacer si me gusta cuidar a las personas. Soy un poco vidente. Veo en su mirada que usted también ve ¿No es lo que usted cree?
- La verdad que...
- Ya me lo decía... Vea, concluye entre dos bocados, el problema aquí es que me toman por una chiflada.
Marcel se plantó delante del tele. Parando la oreja a pesar del ruido, nos grita sobre el hombro que él hubiera querido ser médico e incluso psi. Conoce a Freud, a Lacan y tutti quanti, pero eso no fué posible, dadas las circunstancias.
Viviane reaparece y toma a la señora de la mano.
- A ella le gusta bailar, me explica la otra poniendo en el suelo su paté. Y esboza un pas de deux en rock’n roll.
Viviane deja a su pareja de baile y se acerca a mi rostro para participarme de un cambio de repertorio. “Titi tata”, esas cuatro notas reemplazaron los cuacs. Los repite infinitamente, como una música de Phil Glass. La señora entona El tiempo de las cerezas con acompañamiento de trémolos. Busca las palabras. Yo querría ayudarla, pero las cuatro notas lancinantes me retienen. En lugar de nuestras bellas tendrán la locura en la cabeza me oigo cantar “titi, tata” en responso. ¿Qué es lo que me fuerza a entrar en esa cadencia?
Viviane me lleva hacia la puerta del patio. Con su mano sobre la mía, me hace abrir la puerta, franquea el umbral, luego entra de nuevo y espera. Tengo la impresión de haber recibido la orden de sostener la salivadera frente a Harpo, el mudo de los Hermanos Marx.
- ¿Quiere ir al patio?
El asesino embrujado, encerrado de por vida, viene una vez más a mi rescate:
- Ella le pregunta si es usted capaz de hacerla salir de aquí.
¿Soy tonta? Su problema no es salir al patio, adonde puede ir cuando quiera. Me muestra el hecho de salir, de salir de allí, y me plantea una pregunta bajo el modo de la afirmación, como hacen los niños. Una pregunta dirigida a mí que no logra hoy sacarme de allí. Imposible permanecer como espectadora pasiva de esos hechos y de esos gestos y exclamar desde lo alto de mi esfera celestial: “Su gesto quiere decir ésto”. No. “Su gesto quiere decirme ésto”. ¡Sólo un matiz! Ese silencio elocuente se dirige a mí como lo señala el colega asesino. Pero una vez más, ¿qué es de ese mí en semejante circunstancia, que se pasea solo sin mí, sin calidad para ejercer su oficio?
Sin preocuparse por mi monólogo interior, Viviane pasa a otra cosa y me lleva a mi silla. Con un gesto aún más autoritario, sumerge mi mano en el escote de su compañera de ojos negros que cloquea bajo esas cosquillas improvisadas. Me resisto enérgicamente. Viviane insiste en hacerme palpar ese seno que yo no podría ver. Burlona, la bella del espejo comenta:
- La toma por un estetoscopio, créame.
- O por la mano de mi hermana en el calzoncillo de un zuavo, comenta furiosa una voz de hombre detrás de mí.
Reconozco a Antonin, un ex-seminarista especialista en furores proféticos, a quien un interno inspirado apodó Artaud y que yo había tomado por el personaje aguafiestas, fanático de La Boetie. ¡No faltaba más que él! Heme aquí comprometida, la mano en la bolsa y en público.
Rápido, el método del asesino caritativo: preguntarse qué gesto me mostró Viviane que Artaud y su vecino hayan visto. Gesto de abuso, en el que ella me implica para que yo responda:
- No, no soy doctor y tampoco estoy aquí para jugar al doctor.
Viviane se acerca de nuevo a mi rostro, murmura palabras sin consonantes, “o, u, e” a las que necesitaría restituirles las oclusivas y las labiales para que me hablen. Recupero la confianza:
- Yo también intento hablar con ustedes.

Semántica

¡Y pensar que contaba con no volver a poner los pies en este hospital! La bella del espejo retomó su trabajo de rehacerse la fachada. Olvidé su nombre. Morgue35, el nombre del hada Morgue le calza perfectamente. Desde hace largo tiempo ella vagabundea en su suburbio, sin domicilio, echada de la casa de sus respectivos padres que se la devuelven como la efigie de su desunión. Llega al hospital para cortas estadas y vuelve a partir, siempre con cajas destempladas. Como Ariste, ella no se desarma, no cede ni un milímitro a la psiquiatría, rechaza el rol de paciente y considera el ataque como la mejor defensa.
Dejando un instante la sombra dorada de sus párpados, reflexiona en voz alta:
- ¡Hablar con nosotros, dime un poco! Aquí se te desprecia, se te toma por una imbécil... Luego, después de un silencio: A mi también me gustaría hablar de algo, pero la psiquiatría no puede comprender.
Estoy a punto de lanzarme a hacer las distinciones entre psiquiatría y psicoanálisis cuando ella dice sin pensar:
- Es una cuestión de semántica.
Dijo esa gran palabra, decorada con los estudios que hubiera querido hacer entre el ir y venir del felpudo de un padre al otro. ¡Vamos por la semántica! En ese momento, ya ni sabía lo que esa palabra quiere decir. Ella explica:
- Sucedió después de la muerte de un amigo. Salí a la ciudad. Todas las puertas se abrieron de golpe y yo lo ví. Nadie más lo vió, o quizás otros lo vieron y no se atrevieron a hablar. Normal, ¿no? ¿No le parece?
- ¿Qué vió?
- El Infierno, eso existe, las historias de brujas y de demonios como en la Edad Media. Cuestión de semántica, usted comprende. Manera de hablar. Uno, debajo de mi cama, quería hacer el amor conmigo a través del colchón. Quizás habría conservado al niño, ¿por qué no? El otro día una mano de hombre se posó sobre mi muslo, una mano tranquilizadora.
- Le hace falta un hombre que la tranquilice, es todo lo que necesita, pontifica Artaud detrás de nosotras.
- Por ejemplo un hombre como tú, Antonin, sonríe ella, encantadora. Durante un momento permanece distendida por haber podido atrapar, de rebote, la pelota de la transferencia.
Artaud le devuelve una sonrisa de ángel que nunca le había visto. Ella recupera la confianza:
- Me gustaría tanto ocuparme de los otros, volverme psicóloga: tengo el don.

El niño de cabellos blancos

Gritos estridentes rompieron la calma. Un hombre joven, deforme, mitad Pierrot lunar y mitad, como en ese momento, Quasimodo cojo y babeante, acaba de precipitarse, con los pañales bajos, sobre una anciana dama bien como Dios manda. En un abrir y cerrar de ojos el hombre giratorio se interpuso, hizo retroceder a Quasimodo con un chirlo en su trasero y retomó su ronda de vigía.
- Es que mi comercio todavía no está abierto, explica la vieja dama, confusa.
Al mirarla más de cerca, observo que no es tan vieja. Artaud se mete.
- Necesita fuego, el fuego concepcional. Yo convocaría al Diablo para ella. No al Espíritu Santo, él es anticonceptivo. Confidencialmente, él me sopla al oído que de nada sirve una llama para calentar el corazón de una mujer, y que por eso no conviene el Espíritu Santo. ¡Quiero encontrar conceptos en el terreno pagano-cristiano! clama enfilando hacia el patio.
La vieja dama se me aproximó. ¿Puedo acompañarla a su habitación? Con mi brazo debajo del suyo, la ayudo a subir la escalera. Se serena poco a poco y su tono comienza a cambiar.
- En este hospital son todos locos, se lo juro. En fin, qué se le va a hacer, es así. Me dijeron que aquí había psicoterapeutas, me gustaría ver a uno.
- Está dándole el brazo.
Ella me escruta, desconfiada.
- ¿Usted tiene un consultorio?
Al llegar a la puerta del palier del piso, saco mi ábrete-sésamo. Sus sospechas desaparecen. Me sigue al consultorio. Apenas vuelvo a poner mis llaves en el bolsillo ella se precipita a la salida. La retengo por la falda.
- Creía que quería hablar.
Se sienta frente a mí.
- Vea, mi departamento está en desorden, ya no ordeno nada. Tiré agua sobre la hornalla. ¿Es grave?
- Entonces...
Mentalmente llamo en mi ayuda al saber del plomero del hospital. Mi torpeza no le cae bien. Se dirige hacia la puerta haciendo como una locomotora de vapor que debía estar de moda en su juventud, “chucu chucu chucu”. Vuelvo a atraparla y la tranquilizo. Ella ríe, niña de cabellos blancos, y recita con voz de falsete:
- Mi padre murió cuando yo tenía 5 años. Mi marido también, pero él se fué con otra. Tuve varios abortos. Mi hija llegó muy tarde, ahora hace grandes estudios. Tengo miedo de que le pase algo.
Y de nuevo comienza, “chucu chucu chucu”, esta vez alrededor de la pieza. Me hace reir. Atrapo su locomotora en un giro, como se lo ví hacer a Buster Keaton en “El maquinista de la General”.
- Es un asalto a mano armada.
- Usted se burla de mí.
- Para nada. El reír es lo propio del hombre, ¿por qué no de la mujer?
De nuevo su rostro se ilumina, su voz se hace más grave.
- Rabelais. ¡Si lo conoceré! Yo era maestra.
- ¡Eureka! Esa agua en su hornalla: ¿”hay agua en el gas”?36
- Se podría decir. Debo confiar en usted. A los 6 años yo sabía demasiado para mi edad. No se lo diga a nadie. Mi padre no fué enterrado. Como era ateo no quiso ningún ritual, ninguna sepultura. Además, yo no estuve allí.
- Debe haber una tumba...
- ¡Cállese! ¿En Argelia? ¿Con todo lo que pasa ahí? Ellos quieren enviarme a una casa de reposo. Para que me muera, ¿no es cierto?
Intento tranquilizarla, en desventaja frente a la tarea de hacer que su padre sea quien encuentre verdaderamente el reposo y no ella en su lugar. De hecho, la perspectiva de su partida parece no aterrorizarla tanto. Le escribiré si voy allá, me dice, y usted me responderá. ¿Prometido? Prometido. Salimos de la pieza.

El Africa cuántica

Esta promesa tiene la virtud de propulsarme hacia el porvenir. ¿Había salido del tiempo? Buscando una referencia, fecho el fenómeno de la visita de la abeja y luego miro mi reloj: ¡casi mediodía! La hora de ir al dispensario para esa reunión bautizada “científica” por el médico llegado de las Américas. Mi humor cambió. Ahora quiero ir.
Con tal de que Séraphine no haya pedido cita. Ella decidió espaciar sus sesiones en el dispensario. Nos encontramos allí todas las semanas desde su salida después de diez años de internación. Retrocedo ante la perspectiva de tener que anunciarle la muerte de Ariste.
Era como un hijo para esta vieja señorita, o más bien como un sobrino, querido con ternura. A menudo me preguntaba por él. Para ella, las fidelidades son indefectibles. Veinte años de cuidados psíquicos no lograron nunca hacerle renegar del Centro Nacional de Investigaciones Científicas, que la había despedido hacía largo tiempo. ¿Cómo decirle que no había sabido conservarle con vida a Ariste?
Dudo de nuevo en salir. Por otro lado, la salida está cerrada por un hombre huraño, todo negro, con pijama azul cielo y los ojos inyectados en sangre. Dice que quiere un psicoanalista. La señora Chucu-chucu me señala con el dedo. Tintineo de llaves. Abro para que ella pase y vuelvo a cerrar la puerta de la escalera, sin que me importe tener que quedarme. Antes de llegar a la puerta del consultorio, el hombre tiene tiempo de informarme que es africano, y yo de lamentar mis lagunas en etnopsiquiatría. Él no me da tiempo para apesadumbrarme:
- Para lo que yo tengo, los medicamentos no sirven de nada.
- Hable de eso con su médico.
Mi respuesta no le va ni le viene:
- Y no me haga el cuento de la etnopsiquiatría. Querría ser Einstein o, al menos, Erwin Schrödinger. Las mujeres ya no me interesan.
- Sin embargo a Schrödinger le interesaban las mujeres.
¿Qué estoy diciendo? Hablo de las travesuras del sabio físico como del último chisme de la Viena de Wittgenstein. Evidentemente, al africano no le gustan las habladurías:
- Me dedico a la física cuántica. Mi tío ingeniero me dijo: “Si quieres ser un hombre, estudia matemáticas”. Entonces hice la previatura en matemáticas en mi país para ingresar al Politécnico. El primer día el profesor nos advirtió: “Aquí estudiamos ciencias exactas, los que dudan pueden retirarse”. No muy cartesiano el buen hombre... En fin, yo me quedé.
- Usted querrá decir muy cartesiano...
- Que yo sepa, Descartes dudaba. Tuvo su parte de sueños y de visiones, al punto de oscurecer sus escritos. Larvatus prodeo... Usted conoce la cita.
- Eh....
- En el momento de subir al escenario de este mundo del que hasta ahora he sido espectador, me adelanto bajo la máscara de los espectros o de las larvas... Y su genio maligno ¿qué cree usted que es? ¿Una abstracción filosófica?
- Y a usted, ¿qué lo trae por aquí?
- Nuestro genio maligno, el dictador de mi país. Yo formaba parte de los estudiantes de ciencia, es decir de la elite. Nuestro movimiento era clandestino. Un día no sé qué me pasó. Me quebré. Le escribí a ese tipo. Los soldados vinieron a detenerme, me encarcelaron y me apalearon.
- ¿Lo.....?
- La aporreadura. Es una suerte que todavía esté vivo. No dejé de llorar y no sólo de dolor. Mi pueblo lloraba a través de mí. No podía parar. Entonces vine a Francia para continuar mi formación.
- ¿En la facultad?
- Cerca de seres no muy bien definidos, una especie de ejército de sombras que me ordena matar al primero que me moleste. Es fastidioso. Es por eso que vengo aquí de vez en cuando. Usted no me conoce pero yo sí la conozco. Usted hablaba con Séraphine. Me dijeron que salió definitivamente.
Con ella discutíamos de física. Conocía un toco de la física de los sólidos. ¿Se enteró de que su tesis era auténtica y de que el americano con quien hablaba en su cabeza era un especialista en el tema? ¡Pobre Séraphine! Siempre en su laboratorio de los años cincuenta. Imposible sacarla de ahí. La última vez que la ví quiso que le explicara la función de onda de la mecánica cuántica. Me acordé para ella, con no poco orgullo, de las ecuaciones de Schrödinger.
Bien, ya estoy mejor que hace un rato. Me hizo bien que usted conociera al buen viejo genio de Erwin. Debería releer un poco a Descartes. Verá que no era tan cartesiano e incluso, si puedo permitírmelo, era un poco africano: capaz de concebir su “Discurso del método” a partir de sus sueños y de un peregrinaje a Nuestra Señora de Loreto para calmar sus fantasmas, como yo lo hago aquí. Ya que estamos le digo adiós: probablemente salga el lunes próximo. Si ve a Séraphine, dele saludos de Yvain.

El descenso de la banda prohibida

Esta entrevista también me dió ánimo a mí. Ahora puedo afrontar el afuera. Con Séraphine, no sería más que una mensajera de desgracia. Yvain acaba de confirmar lo que sospechaba, que sus investigaciones no eran tan delirantes. Antes de bajar, doy una mirada al saloncito situado sobre el palier para decirle adiós a la dama de negro. Ya no está ahí. Los jóvenes en pijama dormitan delante del tele del piso, que vomita sus informaciones ante la indiferencia general. Me siento un instante para reflexionar sobre la manera de informar a Séraphine.
Nuestro encuentro se remontaba a mi arribo al hospital. Se hizo bajo los peores auspicios. El médico jefe, recientemente nombrado en la dirección del servicio, tomaba conocimiento de los pacientes en presencia del equipo. Séraphine le fué presentada como un buen delirio y se presentó como una física obligada a dejar precozmente la investigación como consecuencia de sus insomnios. Luego de todo ese tiempo y a pesar de los tratamientos, ella todavía estaba agitada. ¡Pretender que los resultados de sus experiencias habían sido inventados! ¡Tendrían que haber encerrado a la directora del laboratorio! Séraphine se había enervado, y todavía lo hacía, ulcerada.
El médico le preguntó si tenía pruebas. Ella se defendió mal. Le habían robado su tesis con todos sus artículos y todos los objetos en los que se sostenía. Su cólera creció con el recuerdo de la pila de cosas que desaparecieron de su casa, violada durante su larga ausencia. Buscó con la mirada un apoyo en el círculo que la rodeaba, farfulló el nombre de un americano con quien surfeaba en un internet telepático, y se retiró cortando ella misma su presentación.
Conmovida por esa malherida pasión por la investigación, quizás testigo de un error judicial, yo había ido inmediatamente a buscarla, pensando ingenuamente que lograría lo que quería.
- ¡Vaya a hacérsela dar! Tal había sido su única reacción.
Pasó un año. Un día escuché que me llamaba desde su pieza. Pasaba la mayor parte del tiempo tirada en su cama o sentada inmóvil en la gran sala, vestal de una llama inextinguible incubando bajo la ceniza. Me preguntó abruptamente:
- ¿Qué estudios tiene?
Quise eludirla pero me sorprendí confesándole mi abandono de la vía científica en la previatura de matemáticas. La confesión me pareció curiosamente penosa después de todo ese tiempo. Mi pedigree le pareció suficiente para proponerme, si a mí me parecía bien, enseñarme un poco de física. Entonces, todos los lunes tuve mi curso bajo la forma de conversaciones agradables, un poco culpables porque sin esforzarme accedía a su delirio.
Pasaron todavía dos o tres años. Un bello lunes por la mañana ella no fué a la cita. Me enteré que, a mis espaldas, había tomado sus pertenencias para volver a su domicilio, sin considerar necesario avisarme. Su propio espacio, hasta allí prohibido por los robos repetidos -¿delirio o realidad?- de pronto no presentó más obstáculos a su retorno.
Ante esa noticia, retomé el hilo de nuestra última entrevista. Como siempre, me había hablado de diodos y del tema de su tesis sobre “El descenso de la banda prohibida”. Un tema de física que había hecho reir a más de uno y sin embargo, como acababa de informarme Yvain, un verdadero tema. Pero ese día, ella había empujado la metáfora en otra dirección. Del lado de su banda de territorio natal, periódicamente invadido y humillado, al punto de que su madrina, una religiosa, había encontrado la muerte en un maquis francés, violada y asesinada por su acento germánico.
Por miedo a exponerme de nuevo a sus dardos no había registrado ese detalle biográfico, ya que estábamos ahí para estudiar física. Además de ese “tema”37 de tesis coincidente entre ciencia e historia, yo había retenido otro detalle.
Ese día, también me había hablado del hospital como del único lugar vivible, donde ella podía abordar los “temas” caros a su corazón. Física con Yvain, un joven africano que a veces hacía una parada en el servicio, mística con Antonin, teatro con Morgue, quien ciertamente tenía el don, y Viviane, tan conmovedora, qué gracia tenía esa pequeña, Ariste por fin, a quien rodeaba con una ternura que sólo ella conocía, y quizás él también.
En el dispensario, donde venía a verme desde su salida, me pedía siempre noticias de sus queridos. Un día, sin decir agua va, me trajo un escrito. Algunos podrían llamarlo su delirio. Yo lo recibí como un regalo. Se abría un espacio en el que podían existir hechos no registrados por la historia, como recién empezaba a darme cuenta.
Vestía para la ocasión un chemisier adornado con broderie de los Vosgos. No había dormido y, para mantenerse ocupada, me había escritos recuerdos de cuando era bebé. Sus padres no eran sus padres. Había nacido de una fecundación in vitro de las obras de Pasteur y Marie Curie. Sobre todo de esta última, ya que se acordaba bien de su Polonia natal.
- ¡No me diga! exclamé, creía que ese modo de fecundación era mucho más reciente.
Me retrucó secamente que había nacido prematuramente, a los seis meses, y que esas cosas se sabían en su Mosela mucho antes que en París. Descubrimientos que se olvidaban enseguida y que su abuelo, grabador de piedras funerarias, hubiera podido confirmar: en el pueblo cerca de la frontera alemana él sabía un montón sobre secretos murmurados en los entierros. Y no era todo. Deportada a Bergen Belsen a los 6 años, ella se acordaba de eso y de su evasión como si hubieran sucedido ayer.
Imperceptiblemente, debo haber hecho una mueca porque ella agregó:
- Si no me cree pregúntele a Ariste. Él también fué deportado a Alemania. Y si no fue él, fué su padre o su abuelo, o alguno de los suyos...
¿Exabrupto? ¿Folie-à-deux? Hoy, día de la muerte de Ariste, esta declaración de deportación sonaba como el clamor de la desaparición de civiles lorenos, hijos y abuelos. Ficción o realidad que tomaba el nombre de Holtzminden, indicado por Ariste del lado de Polonia. ¿Era ese la tierra de manantiales que me ordenaba reencontrar?
Fui sacada de mi ensoñación en el saloncito del palier por imágenes televisadas de osarios que, desde hace algún tiempo y en los cuatro costados del mundo, no dejan de exhumarse.

Los honores

- ¡Qué horror! no pude dejar de gritar.
- Se lo juro por los honores.
Una voz acababa de hacerme eco. Bajo la ventana, reconocí a un pequeño personaje que la contraluz había disimulado cuando entré: una mujer rubia, habitualmente sentada en el suelo de la gran sala. Su cartera sobre las rodillas, me sorprendía siempre por su reserva y su corte de cabello a lo Gelsomina, el clown de “La Strada”.
Escuchaba su voz por primera vez. Lanzada a un monólogo inaudible, rivalizaba con el relato de la presentadora. De ese oleaje emergían algunas palabras: “¡Muy bien, sí! ¡Por los honores!”, como para escandir un discurso subliminal sonorizado por momentos. Luego, claramente:
- Mi madre murió cuando yo tenía 4 años.
Como le pregunté en qué circunstancias, se levantó para cortar el sonido a pesar de las protestas de un durmiente a quien el súbito silencio había despertado. Yo volví a encenderlo. Él me dijo que no valía la pena, que no le importaban un comino esas imágenes de muertos-vivos. Podían invadir el planeta, no era su problema. Gelsomina había cerrado los ojos. Fui a sentarme a su lado:
- ¿Y quién la crió?
- Mi madrina.
Nuevamente perdí el hilo. El monólogo había recomenzado, un tono más alto, afirmativo, perentorio, y en él yo distinguía varias voces. Entonces apareció el relieve sonoro de un teatro del que ella era el cuadro viviente. Un leitmotiv daba a su estilo el aspecto de un proceso verbal dictado a un testigo imparcial:
- ¡Se lo aseguro por mis honores! No, no hubo nadie que diese cuenta de eso. ¡A su muerte yo estaba ahí! Me separaron de mi hermana. No sé lo que pasó. Lloramos. Digo la verdad. ¡Mire!.
Buscó en su bolso y me tendió un trozo ajado de papel rosa: partida de nacimiento que afirmaba que era la hija de una madre, nacida en Amiens. El apellido de esta madre, con sus tres nombres, estaba verdaderamente inscripto en ese papel a punto de convertirse en polvo. Como si tuviera que luchar contra una tesis revisionista, encarnizada en negar que esta madre hubiera existido.
- Mi padre era carpintero. Volvió a casarse. Ella era una basura, sólo servía para humillarnos. Sí, pero ¡atención! Yo fui una mujer bien, desempeñé todos los trabajos.
Y se puso a pantomimar las sonrisas convenidas de buena comerciante. Con un asomo de acento picardo, cuenta que fue reveladora de fotos, vendedora de perfumes y de calzado chic:
- Si señora, en los buenos barrios de París, Saint-Placide, Champs-Elysées, Charles Jourdan, Chanel, sólo lugares finos. No le miento. Mi hijo se casó, mi marido me dejó, yo vivo en el hotel. No señora, no hubo nadie para testimoniar. No me acuerdo más. Estaba sola, totalmente sola siempre. En este momento ya no puedo trabajar, ya no tengo techo. ¡La muerte! Estoy condenada.
Le digo que no, ella insiste que sí, con el aire de aquellos que no piden ser disuadidos. Luego me confiesa:
- Me gustaría volver a Amiens. Mi padre vive en una casa que nos corresponde, a mi hermana y a mí, por herencia. Debo hablar con la asistente social. ¿Conoce la Catedral? Antes yo hacía visitas guiadas a la sillería del coro: un claro encantado, inextricable, imperecedero, más lleno de follage que cualquier bosque, más lleno de historias que cualquier libro -John Riskin. Perfectamente señora. Me acuerdo como si hubiera sido ayer.
Señoras y señores, observen bien al escultor en un reclinatorio, autor de esta maravilla, que se representó a sí mismo con el mazo y el cincel en la mano, y no lejos de él, en este otro reclinatorio, un loco comedor de garbanzos.
No pude evitar compartir mi reciente ciencia:
- Quizás ese loco formaba parte de una Sociedad Alegre como las que existían en Amiens y en Arras cuando esa sillería fue esculpida. Quizás se trata del dervé, el loco del “Juego de la fronda”, contemporáneo de la edificación de la catedral... Creo que incluso lo encontré esta mañana en el patio del hospital.
Sonrió con la indulgencia del que ya pasó por eso y me vuelve a la realidad rogándome que le abra la puerta de la escalera. Quería ir al refectorio para la comida que iba a comenzar.
Su hambre me gana. ¡Doce y media ya! Tregua de locura y rápido al dispensario. La reunión científica terminaría con un buffet ofrecido por algún laboratorio nutricionista. Gelsomina descendió los escalones de a cuatro, con el bolso bajo el brazo. La seguí a la carrera. En menos tiempo de lo que lleva decirlo, estuve en la puerta del servicio con la impresión de escapar finalmente al encantamiento que me retenía allí.


V

JUICIO



Rapto

Decidida a no volver a pasar por el patio38 de honor temiendo que me embarcaran nuevamente en una historia de locos, fuí subrepticiamente al encuentro de mi auto por detrás del establecimiento.
Bordeando las celdas de aislamiento donde el autor de “La cabeza contra las paredes” había sido encerrado con el diagnóstico de “loco con pretensiones literarias”, me acordé de su nombre: Hervé Bazin. ¿Sería pariente de René, el autor de “Balthus el Loreno”?
No tuve tiempo de detenerme en esas historias de familia. En el momento de franquear la puerta de atrás, dos jóvenes, que en un primer momento tomé por enfermeros, me detuvieron. Abrí la ventanilla y tendí la mano para recibir el panfleto que denunciaba la falta crónica de personal. ¡Así me fue! Antes de que pudiera abrir la boca, estaba encerrada en una ambulancia que con ruido de sirenas de asistencia pública – “estás lista, estás lista”- arrancó como una tromba a una velocidad infernal. Me quería morir por haber ido por el fondo del hospital, donde seguramente se tramaban asuntos inconfesables.
En el asiento de adelante, mis dos agresores ya no se ocupaban de mí y se insultaban en italiano. ¿La mafia? El más flaco de los dos estaba inclinado sobre un plano del barrio y le daba al otro órdenes contradictorias que le hacían tomar las curvas en dos ruedas, rechinando los neumáticos. Yo me atornillaba a mi asiento y, aunque no podía, hubiese querido memorizar el itinerario a través de la uniformidad de los monoblocks.
Después de una eternidad de esta carrera de obstáculos, el coche frenó en seco frente a una escalera. Las puertas se golpearon y los dos compinches me levantaron cada uno por un brazo para subir alegremente los primeros escalones. Rápidamente mi escolta marcó el paso. Al echarles una ojeada, los guardianes musculosos se redujeron a sus verdaderas proporciones de Doble-pata y Patachón. No parecían tan malos. ¡Desconfía! me dije, zamarreada entre el jadeo del petiso gordo y el jogging atlético del alto. Se alentaban mutuamente por encima de mi cabeza: “Bastardo, coglione, catzo, pezzo di merda, porca eva”, en un italiano no más difícil que eso.
La escalera desembocaba en una amplia explanada. Reconocí enseguida el teatro de la Casa de la Cultura donde la primavera anterior había asistido a un festival de la Comedia dell’Arte dominada por la alta silueta de Dario Fo. ¡Eso! ¿No eran acaso, les pregunté, los Colombaioni, los “Clowns” de Fellini? Sin decir palabra, se dirigieron hacia el teatro. ¿Abierto a esta hora? ¡Qué raro! Pocos minutos después estaba sentada entre ellos en la primera fila de una sala semillena.
- ¿Cuál es la obra?
La respuesta cayó como un hacha:
- Su proceso.
¡Mi sueño era premonitorio! Volví a ver en un destello la llegada de Ariste a mi consultorio con su escolta de locos para advertirme que iban a juzgarme. Por medio de un retroceso temporal en el que la locura es experta, ese juicio se volvía inminente. Esta vez estaba un poco menos desprevenida.
Muy pronto reconocí sobre el escenario a Madre Loca presidiendo la sesión. De lejos se parecía a Sissi, mi antigua paciente. A su derecha Wittgenstein, despectivo Príncipe de los Tontos, parecido al joven silencioso. A su izquierda Antonin, más feroz que nunca. Cada uno redoblado por un acólito. ¿Sus therapon, sus dobles rituales?
A esos dos no les encontraba ningún parecido. Ni al hombre tranquilo sentado a la izquierda de Artaud, pipa en la boca, anteojos con armazón de carey, ni al segundo, sentado a la derecha de Wittgenstein, tan sereno como su simétrico pero con más color. Su traje de tweed malva contrastaba con el look corriente de los otros tres.
El grito de Madre Tonta me sobresaltó de nuevo. Sus secuaces acudieron haciendo bufonerías y cabriolas, con un aire de déjà vu. Por otra parte, yo apenas miraba, preocupada por saber qué querían de mí. Número 1 dirigía el baile como Dios manda pero esta vez, en lugar de venir a sentarse a mi lado, el traidor me apuntó con un dedo acusador:
- ¡Charlatán!, clamaron a coro.
Tenían razones para quejarse del psicoanálisis. Por mi parte, aclaraba que el psicoanálisis no era yo, que no había sido nunca tomada por el psicoanálisis. A lo que retrucaron que si ellos eran el loco, bien podría ser yo la psicoanalista, con la cabeza tan vacía como aquella en forma de jaula de “El terapeuta” de Magritte.

Gestus. La prohibición de los gestos

- Primer punto de acusación, anunció Número 1. Usted condena nuestros pasajes al acto y nos impide hacer nuestro trabajo de locos, de juglares, de histriones. Pura colaboración con la sospecha que la Iglesia hizo pesar sobre nuestros gestos y gesticulaciones, acusados de paganismo, pretendidamente diabólicos.

Abrí desmesuradamente los ojos, tan lejos estaba de esperar semejante agravio.
- No se engañe. El psicoanálisis no es una Iglesia. Capillas, como máximo...
Pedí permiso para dar mi respuesta más tarde.
- Demanda denegada, gritó Madre Tonta. Ya mismo, ¿qué puede responder?
- Señora, en un sentido, los gestos se prohiben para dejar el campo libre a la palabra, en otro, no lo están.. . Ustedes me hacen un falso proceso. Si quieren erradicar el psicoanálisis, díganlo de inmediato. ¿Soy objeto de una caza de brujas?
Un runrún reprobador cubrió mis palabras.
- ¡Silencio! gritó Número 1 en dirección a la sala. Me lanzó una mirada furiosa. No hable de lo que no sabe. Los gestos de los que le hablo no son una vulgar maniobra sino actos con fuerza de ley, portadores de relaciones sociales. Ahora bien, usted condena esta gestualidad bajo el nombre de pasaje al acto.
Bajé la cabeza, pensando que me acusaba de no haber sabido ver la jaula vacía que Ariste me había mostrado cuando ya no podíamos hablarnos. Peor todavía, había omitido el gesto de darle el libro que hablaba del tiempo en que los hombres nunca se dejaban solos sino que estaban siempre ligados por el juego de lenguaje de una comunidad gestual.
Y usted ya no sabe lo que son los sueños elevados, lanzó desde la sala un chiflado con un gato en los brazos. Sólo es capaz de los sueños de abajo. Tiene miedo de la disciplina visionaria y del método alegórico que nuestra vieja Europa sabía cultivar. ¡En los tiempos de Dante era mucho más coherente! A pesar de su suciedad y de sus disensiones las lenguas eran diferentes, pero teníamos todos los mismos ojos.
- Shut up Eliot, le gritó el hombre vestido de tweed malva desde lo alto del escenario. Mind your own cat! ¡Ocúpate de tu gato!, tradujo para la asamblea.
El otro se rió y se volvió a sentar con su gato. ¿Qué relación con el tema? le pregunté a mi vecino, quien se inclinó para informarme que Eliot era un irlandés compatriota del hombre de tweed. Se sorprendió que no lo hubiera reconocido. T. S. Eliot, el poeta de “Cats”.
- ¿La comedia musical de Broadway?
No oí la respuesta. Mi caso volvía a ser tratado.

Vultus39. Rostro y mirada

- Y luego ustedes, psicoanalistas, no miran bastante a sus pacientes. ¿No es cierto, Drury?
Wittgenstein había hablado, dándole la palabra al hombre de tweed. Este último prosiguió en franglés.
- Well! Depende. En una presentación de enfermo en el hospital, todo el mundo mira al paciente, incluso los psicoanalistas. Yo mismo lo hice en otros tiempos en mi servicio del Saint Patrick Hospital de Dublín. Yo mismo experimenté con mis pacientes toda clase de extraños tratamientos. Uncanny, verdaderamente! Sin embargo Ludwig, mi maestro aquí presente, me había puesto en guardia contra esas aberraciones. Me había regalado la Traumdeutung para mi graduation y me había recomendado permanecer largo tiempo, face to face, con mis pacientes.
Él me convenció, en Cambridge, de dejar la philosophy por la psychiatry para no renunciar a pensar. Cuando me visitó in Ireland me pidió que le presentara a mis pacientes más crónicos. Después se entrevistó larga y regularmente con ellos. Algunos se sintieron much better, mucho mejor. Era en 1938, ¡el año de la Anschlu! En Dublín lo ví leer un diario por primera vez. Encontraba a los locos mucho más astutos que sus médicos.
Wittgenstein esbozó una sonrisa. El hombre de tweed era entonces Maurice O´Drury, uno de los discípulos favoritos de Wittgenstein. Por primera vez en el día, suspiré tranquila. Mi aventura tomaba un giro afortunado; me volvió el ánimo.
Era el momento de largarse, ahora o nunca. Mis dos ángeles guardianes me forzaron a quedarme sentada. Madre Tonta llamó a Tonto Número 2 a la barra.


Phallus

Cigarro torcido y corbata moñito, este último avanzó suspirando, parodiando a Lacan con afectación:

- Soy costurero de la palabra... . Sé hacer de todo, no hay nada que no sepa hacer, curar a las niñas que son demasiado niñas y a aquellas que tienen el culo caliente. Quedé boquiabierto por el gran ingenio, el gran entendimiento, el gran saber, fantasía y memoria que hay en mí.

Excitado por esta pantomima de gestos inequívocos, el llamado Número 3, en un correte para que yo me ponga, trepó al escenario. Clamó que ellos habían inventado el psicoanálisis, ellos, los poetuchos de fabliaux40. Que Freud había plagiado su teoría del sueño. Que no le guardaban rencor, ya que en su época la acusación de plagio no existía. Iba a dar como prueba dos exempla. Dos sueños realizaciones de deseos, sueños muy bajos, que Eliot lo perdone, pero que eran de lo más freudianos.
Encantada, me hundí en mi silla. Él anunció: “El sueño del monje”, una aventura que le había sido confiada personalmente. Todos los tontos estaban atentos, como en una reunión de psicoanalistas. Medio diciendo y medio haciendo, Número 3 comenzó:
- Un monje cabalga con gran estrépito sobre un palafrén por las calles de Nesles. Ve un montón de chicas lindas. Su verga comienza a estirarse tan fuerte que por poco se le sale del cuerpo. Ya en el albergue, se tiende sobre sábanas muy blancas que huelen tan bien al lavado que se pone a soñar. Está en una feria en la que no se venden sino conchas rajadas. Después de haber discutido largamente, porque el comerciante quiere encajarle una toda arrugada, termina por elegir la de una joven inglesa, por la que pide una rebaja de cien centavos y pico porque después de la Guerra de los Cien Años lo inglés no vale un comino. En el momento de llegar a un acuerdo, baja su mano sobre el haz de espinas que está entre su cama y la chimenea y un dolor punzante lo despierta.

- Haga un comentario, me ordenó Madre Tonta.
Argumenté doctamente que no había allí nada de qué ocuparse ni nada que conmoviera al Aqueronte. Además, la teoría estaba ausente en esa historia. Hubiera sido necesario hablar de la represión... . Número 3 me interrumpió:
- Siga escuchando “El anhelo reprimido”. Un sueño que emparda con el primer sueño del monje, porque en semejante materia todo va siempre por pares.
Por secreto profesional callaré el nombre de esa pareja de Douai. Él es un hombre de negocios que vuelve de un largo viaje. Ella, para agasajarlo, prepara una deliciosa comida de carne y pescado, con vino de Auxerre y de Soissons. Por desgracia para la mujer, la fiesta terminó rápidamente porque el vino dio cuenta de su marido. Por miedo a parecer glotona, no se atreve a despertarlo ni a empujarlo a la cama y se duerme de fastidio y aburrimiento.
Ya dormida, no les miento, la dama sueña un sueño. Estaba en una feria anual. ¡Imaginen la mercadería! Se fija en uno tan grande que nada hubiera podido detenerla hasta llegar al forro de las bolas41. Porque nunca nadie “vió” algo así. Menos tacaña que el monje, no regatea. De hecho, el artículo no es pobre ni desdeñable, en todo caso no es inglés. Es más bien el mejor de Lorena porque, le dice el comerciante, la cojonuda Lorena ha tenido ese año una producción espectacular. En el momento de llegar a un acuerdo, su mano se abate sobre su marido y le encaja tal golpe sobre la mejilla que le deja marcados los cinco dedos.
Él se despierta sobresaltado y, como le duele la mejilla, despierta a su mujer que dormiría de buena gana porque se le aguó la fiesta. El despertar aleja el deseo del que se sentía dueña en sueños. Él le pide que le cuente su sueño. Ella lo hace, voluntariamente o a pesar de ella, no lo sé. Totalmente despierto entonces, él le propone trocar esto por aquello. Esa noche estuvieron, parece, muy bien juntos, de modo que él se jactó de ello y Jean Bodel, el poeta arrasiano rival de Adam de la Halle, lo supo y se lo contó a mi abuelo.
Como permanecí soñadora imaginando semejante feria, Número 3 se puso a ensalzar otros fragmentos de teoría analítica que tenía a mi disposición:
- ¿Quiere uno sobre la castración? Sobre ese tema tan delicado tenemos La “Dama capada” y “Bérenger el del gran culo”.
Lanzaba a la sala guiños cómplices. Yo quería arrinconarlo:
- Y respecto a la forclusión del Nombre del Padre, ¿tiene algo para contarme?
- “Juanito hijo de nada”, un bendito que pregunta a su madre: Dígame entonces ¿cómo comprender que soy hijo de usted sola? Pues esta loca de madre no cesa de negar –cosa que su hijo sabe- que es hijo del cura. Como Erasmo que era hijo de cura, secuaz, él también, de Madre Locura.
-¡Ya basta! Interrumpió Madre Tonta, si no sabe nada, que vaya a informarse.

Simples medicinas

Ella llamó a la barra a Tonto Número 4. Sin preámbulo, él anunció Le Dit42 de l´ Erberie (Relato del Herbolario), parodia del “Dit” de Rutebeuf, para burlarse de mi manía por los viajes. El ataque se hacía más preciso, yo estaba en situación crítica:

-Soy médico, si estuve en varios imperios... Tengo la hierba que levanta las vergas y estrecha las conchas... Llegó a mis manos de Dama Trotaconventos43 de Salerno...

Me reía con el público al verlo parodiar a su mula, trotando y agitando sus largas orejas, cuando dos Locas furiosas, una joven y la otra vieja, surgieron de la sala y se arrojaron sobre él para bajarlo del estrado. Se las agarran conmigo: yo no era más que una traidora por prestar oído complaciente a esa dupla falócrata. ¿Me había olvidado de las piras en las que ellas habían sido torturadas continuamente durante casi tres siglos?
Para mi vergüenza, tuve que confesar que me divertían esas historias galas a costillas de la gran Historia.
- Por esta vez, pase, concedió la joven. Sepa al menos que de lo que se burla este ignorante es de la Dama Trotula de Roggeri, la matrona más famosa de la universidad de Salerno, donde las mujeres eran maestras en el siglo XII. Mulier sapientissima, cuyo saber igualaba el de su marido, Johannes Platearius, uno de esos hombres, viri rarissimi, que no temen que su mujer les haga sombra.
Hice una pequeña objeción:
- No es tan raro. Hay una cantidad de analistas que tienen su parejera, aún en nuestro siglo: Dama Dolto para Lacan, Frieda Fromm-Reichmann para Sullivan, Anna para Sigmund...
La joven me cortó en seco:
- No cambie de tema, es con usted la cosa. Nuestras matronas sabían sustraer a sus pacientes de la omnipotencia de los boticarios y usted los empuja a la sumisión.
Protesté violentamente, yo nunca había recetado medicamentos.
- Que más remedio, usted no tiene poder para hacerlo. No se haga la hipócrita, usted cierra los ojos ante los tratamientos prescriptos por sus colegas a tontas y a locas. ¿No ve que los boticarios han jurado vencerla? Están dispuestos a todo para conquistar el mercado de las almas y harán condenar sus remedios de buena mujer.
- ¿De buena mujer? Yo no me trago esa.
- ¡Mejor que mejor! ¿Entonces no sabe que este “buena mujer” [bonne femme] viene de bona fama, de “bien reputada”? Y bien, avalando prácticas inconfesables: abuso de drogas, electroshocs, esterilización de enfermos mentales, usted ha prostituído esa fama que extrae su fuerza de la palabra, de la palabra dada.
En el fondo, algo me decía que tenían razón: ¿No había pagado Sissi los costos de prácticas eugenésicas? Sin embargo, me resistía:
- ¡Pero yo no comparto eso para nada!
- Taratata...
Habían descendido del escenario para ocupar a mi lado el lugar de dos avivados que habían salido a fumar un cigarrillo. Sobre mis rodillas, abrieron un libro magníficamente adornado con láminas coloreadas. “El gran herbario en francés de Salerno”, que tenía bajo mis ojos, ponía al alcance de aquellos que no podían pagar remedios complicados una medicina de simples, apodada así porque no estaba compuesta de especies onerosas. No tuve dificultad para reconocer las simples flores de los bosques, de las praderas, de los setos y de los caminos, con sus huéspedes alados, mariposas, libélulas, escarabajos, animalitos de Dios que la joven me señalaba con el dedo.
- Tómese el trabajo de leer los textos que están frente a los dibujos. Podrá verificar, descrito con pelos y señales, que Trotula no consideraba solamente las virtudes biológicas de la planta. Verificaba empíricamente la eficacia del remedio y la imagen impresa conformada por la flor y los órganos que había que curar. Y además ella aconseja hablar al paciente tanto como a la planta. ¡Nada de arrogancia! Manejaba la transferencia tan bien como usted.
Sonreí ante esta ingenuidad, segura de mi superioridad sobre esas supersticiones pasadas de moda. Pero para no apenarlas acepté leer las líneas que me señalaba la vieja.
- Para que la cosecha no se reduzca a un acto de predación, es importante pedir permiso a las hierbas, porque el hombre es un poco el hermano de la planta...
- ... y la mujer su hermana, retrucó la más joven.
Quería complacerlas y también probarlas:
- ¿Tienen algo contra la angustia?
La vieja respondió sin dudar:
- La valeriana, la hierba de gatos. Los embriaga, puede verificarlo. Se recoge en primavera. Y también la estaquis betónica que encontrará en el verano. Al cortarla, hay que decir: hierba betona que al comienzo fue encontrada por Esculapio, te requiero por esta plegaria, dama de todas las hierbas, que me ayudes en todo lo que yo quiera.
La joven no quiso quedarse atrás y me propuso la artemisa para los nervios:
- Nombrada así por Artemis, que encontró tres. Una de ellas, llamada atanasia, vuelve a los niños alegres y bellos cuando se la quema bajo la cama recitando su nombre.
- Un poco peligrosa su receta...
- ¿Qué cree? El tiempo pasado en buscar la artemisa en el campo y a quemar esta flor que tiene un buen olor, repitiendo el nombre de su hijo, calmará los nervios de la madre. Porque los niños no están alegres si las madres están nerviosas.
¿Dónde había visto semejante malicia en la mirada? No podía recordar.
- Y que viene a hacer aquí Esculapio?
- Invocamos los escritos de Hipócrates a falta de poder nombrar a los médicos ancestrales, erradicados en el curso de los tiempos.
- ¿Como los médicos indios, prohibidos en los Estados Unidos hasta los años sesenta?

Una alfarera sin celos

Ante esta observación anodina, Madre Tonta brincó de rabia:
- ¡Usted es como ese médico, que viaja por varios imperios! Cree que va a llenarnos los ojos cantando alabanzas a los Pieles Rojas y no tiene más que desprecio por los indígenas de nuestras praderas.
Me achiqué ante las miradas de reprobación. La más vieja sobre todo, no me quitaba los ojos de encima, en los que brillaba un destello familiar. Muy a pesar mío sentí que partía: a Canadá, aunque disgustara a Madre Tonta, donde había visto una mirada parecida diez años antes. En una mujer de ojos brillantes que en un primer momento había tomado por una iluminada. Sin embargo, me había abordado con una frase de sentido común:
- Si viene de tan lejos para interesarse en nuestras medicinas es porque en su país no existen análogas... Por otra parte, su llegada fue anunciada por una profecía.
La palabra profecía me había puesto en guardia. La escena transcurría en la isla Manitoulin, al borde del lago Huron. Participaba en un coloquio organizado por la Fundación cultural de la Reserva india de Wikemikong y por el Niobrara Institute. Una idea de un psi-cowboy, Jerry Mohatt. Los analistas habían sido invitados a compartir su experiencia con los medicine men siouxs, ojibwe y athapascanes.
Aterrorizada por tener que hablar en primer término, terminaba finalmente mi exposición evocando como conclusión los “pensamientos” que una joven juzgada delirante plantó sobre la tumba de su madre, desaparecida brutalmente, para apaciguar su fantasma con pensamientos apaciguadores. Después de una corta vacilación, me había dejado llevar a explicarles la importancia del significante en la teoría de Lacan. El largo silencio que siguió me dio la idea de la magnitud de mi equivocación.
Durante la pausa, esta impresión me fue confirmada por los etnólogos llegados de Toronto, que me acusaron de haberles estropeado el terreno. Analistas norteamericanos y mexicanos me sometieron a tests de lacanismo que no debí aprobar, tan preocupada como estaba por el silencio de los indios. Estos últimos continuaban sin hablar, saboreando su café, comiendo su fried-bread, y yo seguía plantada allí, en medio de toda esa gente, cuando esa mujer me había dirigido sus palabras iluminadas.
Ésta es mi veta, pensaba mientras que, sin complejos, ella me hablaba de un árbol bajo el cual estaban enterradas armas de guerra, con un águila posada en la cima. Las raíces se extendían a los cuatro extremos del horizonte. Por allí deberían llegar, como yo del oriente, extranjeros en busca de las fuentes de su medicina. Desorientada por haber sido tomada por una oriental, quise despedirme y le pregunté su nombre antes de alejarme.
- Sara Smith.
Un hombre se aproximó para ofrecernos buñuelos calientes. Reconocí a Art Blue, un athapascan, ex piloto de caza y actualmente psicólogo en Manitoba.
- Su nombre no le dice que es una famosa alfarera iroquesa.
Inmediatamente me volvió el apetito; me comí dos buñuelos uno detrás del otro.
- Y abuela desde hace poco, agregó la alfarera. Vine como vecina de la reserva de Seis Naciones en el lago Ontario. Ahora tengo el derecho de levantarme para tomar la palabra y no voy a privarme de eso. Lo que más me gustó de su historia son esas flores-pensamientos. Su doble sentido es la prueba de que los espíritus hablan por su boca. ¿Cómo se llama ese medicine man que usted invoca? Jack...
- ¿Lacan?
- Sus juegos de palabras van en el mismo sentido que nuestras tradiciones. Desde siempre, nuestros medicine men interpretaron los sueños y las visiones que hablan en doble sentido. Los llamamos false faces, los Rostros Falsos. Por desgracia las máscaras consagradas a ese uso nos fueron robadas para psicoanalizar los museos.
El buen humor me había vuelto:
- ¿Y ese árbol de raíces inmensas?
- El árbol de la Confederación iroquesa. Uno de los más antiguos del mundo. Simboliza el lazo entre las naciones que decidieron no matarse entre ellas hace ya mucho tiempo. La Federación de los Estados Unidos nos copió. A partir de ahí nuestro árbol fue trasplantado a su país, para servir de cepa de Árboles de la Libertad.
Confidencia por confidencia, le confesé que había tenido mucho miedo de hablar.
- Espere entonces a ser abuela, hablará como yo, a tontas y a locas. Nosotras, las mujeres iroquesas, tenemos a esta edad mucho poder. Elegimos los jefes que se presentan a las elecciones. Nadie sabe mejor que nosotras lo que valen ya que los hacemos. Venga, tengo algo para darle.
En su habitación del primer piso, me mostró un pequeño pote de arcilla sobre el que el famoso árbol, el águila, las raíces y las armas se encontraban cinceladas, con su firma en forma de tortuga.
- Yo soy mohawe. La marca de su clan. Recuérdenos en su país, me dice dándomelo. Siguiendo las raíces de este árbol encontrará la fuente de sus medicinas. A lo largo de las raíces de este árbol encontrará la fuente de sus medicinas indígenas, no tan alejadas de las nuestras...
- ¡Al fin una alfarera que no es celosa! festejó la joven loca. Que no se fastidien los especialistas, esos que disfurtan al despertar nuestras rivalidades, ¡ella sabe que somos conocedoras en materia de sueños y visiones!
- ¡Eso está bien! Ya que los espíritus se encuentran por encima de las culturas ¿podría interpretarme un sueño que tuve en Francia a mi regreso? En la fuente de un bosque que describo en mi futuro libro ví una máscara blanca sobre los guijarros, bien en el fondo. De su boca salía el agua en burbujas. Palabras que querían hablarme. Usted que le habla a las plantas, ¿puede decirme lo que decía esa agua?
Por mayor precaución, me había dirigido a la vieja. Retrucándome, ella respondió:
- ¿En qué le hace pensar eso?
- Una tierra de manatiales quizás... ¿Qué dice usted?
- Esas burbujas dejan escapar un secreto que usted está aquí para confesar.
- Ah no, también usted va a volver sobre eso... Pero, ya sé. ¿Usted es la bruja de los niños changelins?
Se conformó con sonreir, comprometiéndome más profundamente en la confidencia.


Confesión

- ¿Una máscara mortuoria, presagio de la muerte de Ariste? ¿Qué es lo que quiere que confiese? Yo no creo en los sueños premonitorios.
Como ella seguía sonriendo, asocié lo que me pasaba por la cabeza:
- Una confesión... En los años treinta, Harry Stack Sullivan tomó el modelo de los Indios de las Planicies para incitar a los cuidadores de su servicio, en el que se acogía a jóvenes esquizofrénicos, a no tener miedo de hablar de ellos mismos a sus jóvenes pacientes.
Había recibido la idea en el curso de discusiones con su amigo, el antropólogo Edward Sapir. Lo había interrogado sobre el lazo singular que unía a los miembros de una sociedad secreta de guerreros, la Crazy Dog Society. Cuando estos jóvenes partían, en grupitos, por el sendero de la guerra a “coquetear con el peligro”, juraban que todos morirían si uno de ellos era matado.
Sullivan planteó la cuestión sobre ese tipo de transferencia, de un lazo tan fuerte que en vida prefiere la muerte. Sapir respondió:
- Antes de partir, se “confiesan” entre ellos ciertas faltas a la palabra dada, sobre todo en lo que concierne a la sexualidad.
- ¡Como ocurre en mi servicio!, exclamó Sullivan.
Empujado a explicarse, comparó los jóvenes combatientes con sus jóvenes pacientes, ocupados también en coquetear con el peligro en los límites de lo decible y de la supervivencia. Sullivan aseguró que en ese sendero, él o cualquier enfermero que sirviera como referencia, se vería llevado a confidencias de ese tipo. Pero no dijo más y nos dejó con la espina.
Yo esperaba que la vieja o la joven hicieran algún comentario. No decían nada. ¡Qué tontería la de embarcarme a hablarles de mi sueño como si fueran analistas!
Después de un largo silencio, Wittgenstein se levantó para tomar la palabra. Él también, en el momento decisivo de coquetear con el peligro, había experimentado el deseo de tal confesión. Recordaba muy bien ese año: 1937. Austria estaba a punto de ser dirigida por esa banda de gangsters. A su regreso apresurado de Rusia, donde había tenido la falsa buena idea de emigrar, no había tardado en confesarle a un grupito de amigos que era judío, así como algunas irregularidades sexuales y otras transgresiones sobre las cuales no había tenido oportunidad de extenderse. Drury, aquí presente, podía testimoniarlo.
Este último asintió sin decir palabra. Sin dirigirse a nadie en particular, Wittgenstein preguntó:
­- En el hilo de esas asociaciones de uso que preconicé, ¿alguien tiene algo que agregar?


Telling secrets

Continué con mi tema:
- En Manitoulin, el antropólogo indio que hablaba después de mí, hizo una exposición titulada: “Telling secrets” , contar secretos. Originario de la Columbia británica, era también athapascan... de la misma familia lingüística, en el norte de América, que los Tarahumaras de México.
Había agregado esta precisión mirando de reojo a Artaud quien, en los años treinta, los había visitado. Su silla estaba vacía; ¿adónde había ido?
- ¿Entonces?, berreó Madre Tonta.
- Entonces esos indios consideran la vida de una persona como el camino del “Relato de secretos”. Por esta vía, las experiencias más singulares de la infancia difunden poco a poco su saber , como un bien públicamente compartido por la comunidad. El lazo social se articula allí a partir de los secretos de cada uno, tan sólidamente como con las estructuras del parentesco.
- Primero cuente su historia, interrumpió la vieja, ya veremos después cómo la interpretamos.
- “Contar historias” es justamente un arte mayor de observación y de teorización por el cual las experiencias individuales se elevan al estatuto de saber colectivo.
El orador cuenta entonces la historia de los momentos críticos en los que, tradicionalmente, los niños parten en busca de una visión. Penetran en el bush, el espacio salvaje de la caza y de la maravilla, para encontrar ahí los espítirus, y vuelven sin saber cómo decir lo que les ha pasado.
Durante ese tiempo, es importante que un Anciano sueñe con el niño que está atravesando esa prueba angustiante. De este modo, el sueño del Otro liga la experiencia indecible con las palabras de la tribu pasando por el filtro del inconsciente. Evitando cualquier manipulación sobre el niño, el Anciano le hará conocer el sueño que tuvo con él, sin darle por eso una interpretación. Este último deberá encontrarla por sí mismo. Pero el solo hecho de expresarle que el sueño existió es ya el aval de que lo inexpresable surge de un juego de lenguaje.
Poco a poco esas historias se vuelven reales en el teatro de su relato. He aquí, textualmente, lo que él dijo. Encuentro esta frase muy justa, sin comprender muy bien lo que quiere decir. ¿Tendrá usted una interpretación?
La vieja eludió mi pregunta:
- Vaya a Basilea para Carnaval, sugirió, y cuéntele esta historia al viejo Benedetti. Ya verá como se volverá real en el teatro de su relato.
- Tengo la intención de hacerlo, ya le hablé de ésto a una abeja.
Le había retrucado secamente, irritada porque no me hubiera dicho nada más y jugase de este modo a la india.
- Lo sabemos, no pierda el hilo, agregó la vieja.
¿De dónde había sacado esa información? ¿De la colmena del Luxemburgo, donde se escondía detrás del velo de la máscara?
- El hilo de la historia liga los trastornos de la infancia con un saber no sabido que tomará toda una vida transmitir, públicamente, hablando a un círculo cada vez más amplio de personas. Lejos de exhibir sus fallas en la televisión como errores de juventud en busca de absolución o de excepción, esos hombres trabajan sus secretos en el campo riguroso de la transferencia y del inconsciente. Su verdadero nombre es Dene: los hombres, como todo el mundo.
Conceden una extrema atención a los sueños de la adolescencia, que dan testimonio del retorno de las visiones de la infancia. Del mismo modo, en los momentos de supervivencia física y psíquica, en la guerra, en la caza, sueños y secretos serán recibidos en primer lugar en el marco del discurso del Otro, cuya circulación comienzan los Ancianos.
- Ahórrenos sus alusiones subliminales al mito lacaniano, dijo la vieja, todo el mundo sabe que él plagió a los indios.
- ¡Yo creía que usted no le daba ninguna importancia al plagio! Es siempre de este modo que se fabrican los mitos, como una terapéutica del lazo social en sus puntos de ruptura, cuyo registro son los secretos dolorosos de la infancia.
- ¡Jerigonza! Vociferó Madre Tonta. ¡Si quieren mito, voy a dárselos! Rápido, mis tontos, mis secuaces, acudan, hagan callar a esta cotorra y terminen de juzgarla. ¡Herla, Arlequín, ayúdenme!


VI

TEATRO DE LA CRUELDAD


Cacería salvaje

- ¿Qué dice?, pregunté a mis cofrades.
- Llama al rey de los muertos, Herlequin.
- ¿También eso? ¡Estoy harta!
Antes de que ellas tuvieran la presencia de ánimo para retenerme, pegué un salto hacia la salida.
Un hombre que venía de afuera, con el rostro tapado por una gran esclavina, me cortó el paso.
- ¿Este capuchón me queda bien?
Lo empujé sin consideración, olvidando la lección de la mañana: en el “Juego del Follaje”, esta fórmula anunciaba a un ser del más allá:
- Al diablo con sus coqueterías, ¡déjeme pasar!
- Vengo por su confesión...
Sin dejarme impresionar por esa voz sepulcral, quise ir más lejos. Me tomó por el brazo para hacerme desandar camino. ¿La inquisición? Se me heló la sangre en las venas:
- ¡Alto ahí, usted está loco!
Esa especie de Troll no quería saber nada y no paró hasta que finalmente trepé al estrado. Frente a Madre Tonta y a su corte impasible, yo imploraba la limosna de una mirada. Wittgenstein y Drury fijaban la vista en un punto más allá de mí. A la izquierda de Madre Tonta, el que no había dicho nada hasta ese momento esbozó una sonrisa, plegando los párpados detrás de sus anteojos de carey. Un hálito de simpatía me invadió. Por cierto, me dije, Artaud falta nuevamente a la cita.
- ¡Basta de risas! dijo el siniestro a mis espaldas. ¿Oyen gemir a los espectros de mi caza salvaje? Den lugar a la Mesnada44 Hellequin.
- ¿A quién?
Instintivamente había retrocedido, decidida a huir entre bambalinas.
Pero el otro me atrapó y, tirando para atrás su capuchón de monje demoníaco, con la cara risueña, Artaud apareció.
- ¡La atrapé! La he reclutado para mi Teatro de la Crueldad.
De golpe tuve unas ganas nerviosas de llorar, pero debía poner cara de piedra. Él, por el contrario, estaba a sus anchas dándome indicaciones para el escenario:
- No se mueva, está muy bien así para interpretar el personaje del doble espantado, que pasa en medio de encantamientos que no comprende.
- Pero yo no quiero....
Me fulminó con la mirada, Madre Tonta me remató:
- Haga lo que le dicen, no se le pregunta su opinión.
Tenía la impresión, de la que a menudo hablaban mis pacientes, de estar embarcada en un guión cuyo texto ignoraba pero que conocía perfectamente. ¿Cuál podría ser? Le dirigí esta pregunta muda al hombre de anteojos. Plácido, la mirada siempre benévola, él exhalaba de su pipa bocanadas cuyo olor a especias tuvo la virtud de calmarme.
De golpe, comprendí mejor adónde quería llegar Artaud. En otro tiempo, para ilustrar su Teatro de la Crueldad él se había apoyado en el teatro balinés. Ahora quería probar que su dispositivo no tenía nada de exótico y que una sottie-juicio en lengua francesa cumpliría muy bien el objetivo, al alcance de cualquiera. Confusamente, comenzaba a comprender que yo podía ser esa cualquiera. ¿Qué esperaba de mí? Afortunadamente, él se había lanzado a una retahila que, mientras durara, me dispensaba de hacer lo que fuera.
- La confusión es un signo de la época. Ahora bien, en la base de esa confusión yo veo una ruptura entre las cosas y las palabras, entre las ideas y los signos que son su representación. Son innumerables los sistemas de signos y las ideologías que nos desvitalizan. Nunca se habló tanto de civilización y de cultura como en el presente, cuando la vida se va.
Los otros consentían al jefe para animarlo a seguir.
- En este contexto de derrumbe general y de cultura sin sombras en el que, en cualquier dirección que se mire, nuestro espíritu no encuentra más que el vacío, propongo un teatro que se sirve de instrumentos vivos y continúa agitando las sombras donde no ha dejado de tropezar la vida.
¿Se servía de mí como de un instrumento vivo? De golpe me sentí incompetente, marioneta rígida incapaz de moverme. Él no me hacía caso y medía a grandes pasos el escenario a lo largo y a lo ancho. En las butacas de los espectadores, Número 1, 2, 3, 4 y los otros se regocijaban con esta nueva farsa. Sobre el escenario, en lo alto, no quedábamos más que Artaud, mi tribunal y yo.

Ubris45

El hombre con anteojos de carey hizo una señal con su pipa dando a entender que tenía algo para decir. Hablaba lentamente con acento alemán.
- ¿Por contexto de derrumbe general alude usted a las ideologías surgidas del principio de objetividad? ¿En las ciencias del psiquismo, por ejemplo, en las que la ruptura consagrada entre neuronas y palabras desvitaliza nuestra subjetividad? Si comprendí bien, su teatro hace volver como una sombra el fantasma del sujeto proscripto por la ciencia y éste pide cuentas sobre su evicción.
- ¿Quién es éste? murmuró la sala.
¿Un hombre-médico?, conjeturé... ¡Imposible! Por espacio de un segundo me ví transportada de nuevo a Manitoulin donde Joe Eagle Elk, medicine man sioux, había hecho la misma pregunta:
- ¿Qué hacer con la deuda impaga por la medicina occidental como precio de su saber acumulado?
Porque la ubris parecía dispensar a esa ciencia de las ofrendas de tabaco que mínimamente había que pagar a Wakan Tanka –el Gran Espíritu, el Gran Manitu, el Gran Misterio o el Gran Otro... Poco importaba el nombre que quisiéramos darle, Vuelo-de-Águila nos informaba que éramos unos irresponsables y que los analistas presentes tenían cuentas que rendir.
Sin sospechar de su parentesco con el pensamiento salvaje, el misterioso personaje respondió oblicuamente46 a una pregunta que nadie le había planteado.
- No me hagan decir lo que no dije. No toda ciencia debe recomenzar. El mundo no puede ser una obra de teatro interpretada delante de butacas vacías, que no exista para alguien en particular...
- ¿Y quién es ese particular que se considera debe estar sentado en las butacas vacías? pregunté bruscamente.
- ¡Usted por ejemplo! Apenas se sentó en una butaca a mirar la locura del mundo, fué propulsada sobre el escenario e intimada a actuar. Me intrigaba ver cómo se las arreglaría. Hace un tiempo, yo mismo lancé un llamado a los analistas...
La continuación de sus palabras se me escapó. Su rostro desapareció de golpe de mi vista, en una zambullida para acariciar el gato de Eliot que apareció en el escenario y se frotaba contra sus piernas. Sobre el fondo de ronroneos creí oir que hablaba de los “Vedas”, viejos poemas de hace cinco mil años... Palabras sobre los poderes de la palabra... para volver a poner en marcha el tiempo... cuando la época es confusa... Atrapó al gato, lo puso sobre sus rodillas y se enderezó:
- Haría bien en hacerse transfundir algunas gotas de pensamiento oriental, en dosis homeopáticas por supuesto, para evitar la trombosis...
Se rió solo de su astucia, que el gato puntuó con un maullido. Ahora lo imaginaba como un especialista en sánscrito. Tenía la pregunta en la punta de la lengua pero el charlatán de Artaud me la hizo tragar:
- Yo me hice esa transfusión hace mucho tiempo, dijo. Mi teatro se inspira en el teatro oriental, con sus temibles guerreros en estado de trance y de guerra perpetua... Porque, usted estará de acuerdo, el retorno del sujeto no puede ser más que espectral, como el espectro de la luz que usted llama onda y corpúsculo a la vez.
¿Sería físico, por casualidad? De nuevo, Artaud lo acaparó:
- Nos hace falta crear un lugar en el que poesía y ciencia puedan identificarse. Partir de la necesidad de la palabra más que de la palabra ya formada, hacer hablar a los gestos, devolver al lenguaje su vieja eficacia simbólica...
Artaud no cabía en sí de gozo. Comprendí que a partir de ahí ya nadie podría pararlo:
- Allí comienza mi teatro, donde comienza verdaderamente lo imposible. Da forma a los grandes cambios sociales, a los conflictos de pueblo con pueblo, a las fuerzas naturales, a la intervención del azar, al magnetismo de la fatalidad.
Madre Tonta abrevió esa perorata:
- ¡Un poco abstracta su teoría! Pase al acto.
Artaud pareció desconcertado:
- Eso requiere una preparación... Necesito nuevos medios científicos... Por otra parte, sólo puede comprenderme aquel que tenga idea de lo que es un lenguaje...
- ¡Basta! Una voz femenina había surgido de la sala, la joven Loca empezaba a enervarse.
Artaud palideció. ¿Iba a detenerse y a repetir la jugada de la conferencia del Vieux Colombier?


Reversibilidad

Wittgenstein voló en su ayuda:
- ¡Cállese! Yo también lo dije: sólo puede comprender aquel que sabe lo que es un juego de lenguaje, y sólo la práctica da a las palabras su sentido.
- Justamente, ¿cuál práctica? gritó la Tonta agresivamente. Esa es la pregunta.
- Mostrar lo que no puede decirse, gritó Wittgenstein en el mismo tono.
El hombre de la pipa impuso la calma hablándole en su idioma:
- Wovon man nicht sprechen kann, darüber mu man schweigen. ¿No fue usted mismo el que escribió: lo que no puede decirse, hay que callarlo?
- Después que usted y yo dejamos Viena cambié de opinión. Eso es todo.
De golpe temí que el más simpático de los tres fuese uno de esos lógicos, miembros del Círculo de Viena, a los que no les entendía nada.
- ¡Neuróticos!
La joven Loca tomaba a la sala por testigo. Pero Artaud había tomado el toro por las astas:
- No se trata de saber si cogeremos bien, si haremos la guerra o si seremos lo bastante cobardes para hacer la paz, cómo nos acomodaremos con nuestras pequeñas angustias morales y si tomaremos consciencia de nuestros complejos o si nuestros complejos nos asfixiarán... Nada que ver con este teatro social y de actualidad que cambia con las épocas.
Yo no quiero resolver los conflictos psicológicos o sociales sino crear un espacio de peligro, aunque puramente convencional, adonde pueda advenir, por medio de gestos activos, esa parte de verdad enterrada bajo las formas, en su encuentro con el devenir.
En un relámpago, creí adivinar su pensamiento:
- ¿Otra vía regia distinta del sueño?
- En la que el psicoanálisis moderno debería interesarse, agregó con ferocidad.
- Sólo me preguntaba si su teatro podría dar acceso a verdades escamoteadas, como da acceso el sueño freudiano a los deseos reprimidos.
Sólo el hombre de la pipa parecía interesado:
- Entonces usted postula dos inconscientes...
La frase se perdió en el alboroto de la sala. Histérico, el público golpeaba con las manos y con los pies, reclamaba a gritos el teatro anunciado, saliéndose de su lugar se libraba a pantomimas grotescas del debate de los expertos que tenían delante suyo.
Madre Tonta, seguida por su tribunal, eligió ese momento para descender a la sala donde el Carnaval había retomado sus derechos. Artaud estaba encantado. Con los ojos cerrados, se mecía en períodos balanceados que sólo yo oía, a su lado, en el escenario:
- Así como no es imposible que la desesperación inutilizada y los gritos de un alienado en un asilo sean causa de la peste por una especie de reversibilidad de los sentimientos y de las imágenes, salmodió, del mismo modo se puede admitir perfectamente que los acontecimientos exteriores, los conflictos políticos y los cataclismos naturales, el orden de la revolución y el desorden de la guerra, pasando al plano del teatro, se descarguen en la sensibilidad de quien los mira con la fuerza de una epidemia.


El hombre carroña

¡Amén! Concluí en el bochinche general buscando, también yo, bajar del estrado. Gritos estridentes me detuvieron en seco:
- Mierda Davoine. Admítalo. ¿Usted es estúpida, necia? ¡Socorro, una enfermera que me ayude!
¡La voz de Sissi! ¿Cómo sabía que yo estaba aquí? Cuanto más escudriñaba al público, más se borroneaba la sala como en un espejismo. ¡Veinte años ya! Mucho antes que con Ariste, yo había fracasado con ella... ¿Para qué guardar el secreto?
- Tengo que decirle... grité.
- ¡Silencio! aulló Madre Tonta, que haga su confesión o no terminaremos nunca con esta sottie-juicio.
Tenía delante un muro opaco de silencio que me devolvió, extraño, el sonido de mi propia voz. Me retracté:
- ¡Pero no sé cómo!
Artaud se volvió conciliador:
- Entonces no haga psicología, diríjase directamente al inconsciente.
- No sé más nada, nada se me ocurre.
- Poco importa. Todo sentimiento profundo provoca en nosotros la idea de vacío. Renuncie entonces al lenguaje claro, hable un lenguaje físico, mezcle lo abstracto y lo concreto, déjese llevar a encantamientos místicos...
Volvió a partir en su circuito; yo estaba bloqueada:
- Busque a otro para alucinar. Yo no tengo los poderes de los Tarahumaras.
- Eso no es problema, ayúdese con las pesadillas del Renacimiento flamenco, inspírese en los monstruos que ni yo mismo me atreví a soñar, no sé, Bosch y su “Tentación de San Antonio” o la “Dulle Griet” de Breughel...
- ¿Usted también la conoce?
No es tan tonto, pensé. ¿Y si contaba mi llegada a ese hospital del norte de Francia, cerca del país de Breughel y de Bosch?
Quería atraer la atención del hombre de la pipa. Él miraba para otro lado, en dirección a Artaud que continuaba hartándome:
- ¡Una verdadera despersonalización! Eso es lo que usted siente. Que no quede en eso, su marioneta podrá poner mejor en escena una realidad inhumana y dar derecho de ciudadanía a actos hostiles a la sociedad.
En lugar de ayudarme, sus interpretaciones me paralizaban de la cabeza a los pies. Aprovechó esto para sobrepasar los límites:
- ¡Ni un gesto!Está en la postura catatónica ideal para expresar la alucinación y el temor.
Estaba bajo la batuta del mostrador de casos, en una escena de presentación de enfermo. Artaud se servía de mí:
- Insisto sobre el costado espectacular de los conflictos puestos en escena, que representan no a los hombres sino a los acontecimientos. El personaje que ven ahí es la emanación de una fatalidad histórica en la que interpretó su papel...
¡Como si yo hubiera interpretado un papel en alguna fatalidad histórica! Se me subía la sangre a la cabeza. Contrariamente a lo esperado, el auditorio bebía sus palabras. Tenían lo que querían, el espectáculo era yo.
¡Basta de ese juego! Ariste no había muerto por mi culpa... La atmósfera se volvía irrespirable y yo estaba al borde de una crisis de nervios.
Artaud cedió al énfasis de una charlatanería de feria:
- ¡Mírenla! El teatro que ella hace es análogo a la locura, una crisis teatral que se desanudará por la muerte o por la curación. Ella arranca las máscaras, invita al espíritu a un delirio, exalta las energías, revela a las colectividades su potencia sombría, su fuerza escondida... porque nuestras sociedades se deslizan y se suicidan sin darse cuenta.
No hay peligro de que él se suicide sin que nos demos cuenta, pensaba yo maliciosamente.
Como adivinando, se volvió hacia mí:
- ¿Nunca se ha preguntado si este sistema social, moral, podía ser inicuo? Todas sus preocupaciones psicológicas –increíblemente- apestan a hombre. Al hombre provisorio y material, ¡al hombre carroña! Todo lo que nos hacía vivir ya no se sostiene. Estamos todos locos, desesperados, enfermos. Debemos reaccionar.


Ecuaciones

Me hubiera gustado reaccionar contra él, salvo que estaba de acuerdo con lo que decía. Por supuesto que un análisis de la locura hacía volar en pedazos no sólo la psicología sino también los límites del psicoanálisis. Por supuesto que más allá del complejo de Edipo ella revelaba la fuerza escondida de las colectividades.
¡Y pensar que los psicoanalistas se sentían seguros a la sombra de ese Edipo desesperado, enfermo, y de sus tragedias donde la locura se conjuga página tras página!
Y yo, ¡terminar como cobayo del Teatro de la crueldad, suerte perra!
Artaud se burló de mis torturas mentales y arengó a la sala como para desencadenar un movimiento social:
- ¡Digamos que no somos libres y que el cielo puede aún caernos sobre la cabeza! Necesitamos reencontrar el juego de las tradiciones milenarias y el extraordinario nivel intelectual de los pueblos que tomaban como júbilo cívico la lucha de un alma enfrentándose con las larvas del más allá. ¡Librémonos de la dictadura del escritor!
Esta consigna me golpeó en plena cara, porque yo pensaba convertirme en uno. No aguanté más y exploté:
- ¡Cállese! Todo el mundo sabe que usted está loco, enfermo. ¡No logrará aterrorizarme!


Furia profética

Había llegado a tal punto de rabia que me refugié en el silencio, temblorosa.
- Perfecto, dijo Artaud sin amilanarse. Usted viene a mi teatro de la crueldad. Nunca negué que fuera una terapéutica del alma y usted misma comienza a utilizarlo para curarse.
- Guarde para usted esos guiones sado-maso.
Dejando de lado la vehemencia, recuperó su sonrisa de ángel para explicarme:
- Usted juzga mal mis intenciones. No se trata de vicio ni de apetitos perversos sino por el contrario de un sentimiento desprendido y puro, de un verdadero movimiento del espítiru marcado de rigor. Me propongo entonces arrancar la expresión a su pataleo psicológico y crear una ecuación apasionante entre el hombre, la naturaleza, los objetos y la sociedad.
- ¡Una ecuación, de eso conozco! chilló el hombre de la pipa. ¿Se la puede ver? ¿No tienen un pizarrón?
Temiendo que todo ese circo degenerara en locura de las matemáticas, intenté un último alarde para dejar las cosas ahí:
- ¡No se trata de eso! ¡No me tendrán con el verso de su pureza y desprendimiento! Ténganlo por seguro. No les entregaré los espectros de mi propia historia ni aunque entren en ecuación con lo desconocido de mis pacientes.
- Sin embargo es una cuestión de rigor científico, observó el hombre de la pipa.
Me creí en la obligación de decirle:
- No remueva el cuchillo en la herida. Hace tiempo que abandoné la vía científica y no voy a volver ahora.
Vaya a saber porqué esta negativa provocó en Artaud una última crisis de furia profética:
- Se trata de saber si en París, antes de los cataclismos que se anuncian, usted va a reunir los medios necesarios para revivir ese teatro, o bien si será necesario –sin pérdida de tiempo- derramar un poco de verdadera sangre para manifestar esta crueldad.
Su voz frisaba el paroxismo, empujó a Madre Tonta que trató de interponerse.
- Déjeme pasar, vuelvo a hacerme encerrar.
Detrás de él se cerró la puerta. Furibunda, me gritó:
- ¡Está arreglada! Él ya tuvo esta salida en 1933, antes de volver al asilo de Rodez a hacerse internar. Seis años más tarde, en 1939, su profecía se cumplió. Corrió verdadera sangre.

VII


LA EXPLANADA



Remordimientos

Trastornada por contribuir, en mi modesta escala, al desencadenamiento de la próxima guerra mundial, corrí para detenerlo. Al franquear la barrera anti-pánico de la puerta del teatro, desemboqué en la explanada. El hormigón estaba aún más opaco que a mi llegada. Delante de mí, un muro cubierto de graffittis desplegaba un arco iris de signos cabalísticos. Quise dar marcha atrás, pero la puerta se había cerrado, cortando mi retirada.
Los remordimientos me asaltaron. Por mi culpa se había roto el juego. Debería haber entrado en el papel del doble de la locura, con en el que tan a menudo había participado. ¿Por qué fingir que ignoraba la familiaridad de ese “cataplún”, cuando el psicoanalista ya no sabe a qué santo encomendarse? A menudo ya nada funciona, el psicoanálisis no avanza ni retrocede hacia la anamnesis saludable; el vacío se instala, la lentitud de un presente en suspenso, preludio a la entrada de un personaje sin rostro que reactiva grietas insospechadas.
Había sido deshonesta con Artaud, negándome a reconocer su crisis teatral como un pase familiar, una terapéutica del alma...
En la explanada gris espero ver desembarcar los espectros del suburbio dormido. Inquieta, interrogo las ventanas de la ciudad que me miran con sus ojos vacíos. ¿Cargados de acontecimientos por venir? ¿Aún más sangre en las calles de París? ¿Artaud preveía algún Führer en germen, despertando en el fondo de nosotros el cerdo que duerme?

La ciencia perdió el espíritu

-¿Qué tiene contra los cerdos? Comparados con nosotros, huelen bien.
Inquieta, paré la oreja. Nadie. ¡Esta vez oigo voces, no me equivoco! Sin embargo el sentimiento de una presencia... Detrás de mí, el hombre de la pipa se ha apoyado, con las piernas cruzadas, en el marco de la puerta entreabierta. Me hace señas con el pulgar para que entre.
- No se enoje. Su juicio casi ha terminado... Se equivoca si huye. Este proceso es el de los sujetos de la locura, una causa importante para mí.
- ¿Porque usted también milita en la Causa?
- Así es, ¡una Causa gorda! Ese era el nombre, en la Edad Media, de las parodias de procesos como el que termina de hacerse a costa suya. Acaban de informármelo.
- ¿Qué hace usted entre ellos? No parece pertenecer a su banda.
- Anny, mi mujer, me empujó a formar parte del jurado. Ella fue paciente del psiquiatra irlandés, Maurice O´Drury, que también está aquí. Entre ella y él hay transferencia, usted comprende, entonces quise complacerla...
- ¿Y usted es...?
- Físisco y poeta, en el orden que quiera. Dispénseme de revelarle mi identidad. Estoy aquí de incógnito. Si llegara a saberse que frecuento semejante compañía, uno nunca sabe... No querría más historias. Tuvimos durante mucho tiempo el estatuto de refugiados políticos en suelo irlandés...
- ¿Allí encontró a Wittgenstein, en lo de Drury?
- Para nada. Si nos cruzamos, habrá sido más bien en Viena durante nuestra juventud. Quizás en 1906, en el curso de Boltzmann, el año en que ese genio se suicidó de desesperación por no ser tomado en serio por la comunidad científica. ¡Qué locura! Yo estaba destruído.
- ¡Ah! Hubiera creído que usted y él...
Después de haber meditado unos segundos, continuó:
- Él cambió mucho. Hace un rato, en medio de esos locos, no me sentía del todo cómodo. Wittgenstein me dijo que no le tuviera miedo a la locura, que la dejara llegar como a una amiga. Fácil de decir. Sobre todo cuando, como yo, se la ha desposado... Sin embargo, debo reconocer que ese zafarrancho hizo que mirara a mi mujer con otros ojos. No hubiera creído nunca que la locura estuviera tan próxima a la ciencia actual. ¿Quiere que se lo explique?
- No, ahora no... Tengo que ir al dispensario. Debo asistir a una reunión científica.
Miré mi reloj. ¡Doce y media! La hora a la que había dejado el servicio. Un poco perdida, lo interrogué con la mirada. Con un tono socarrón, él opinó:
- Mientras que sus agujas no marchen al revés... ¿Sabe que desde Boltzmann la inversión de la flecha del tiempo se ha vuelto pensable?
- Porque, fuera de broma, ¿usted conoce de eso?
- Un poco. La otra razón de mi presencia aquí es que un viento de locura sopla sobre los viejos paradigmas. ¡Piense, pues! El límite saltó entre el escenario del mundo y la sala desde donde el investigador lo observaba. ¡Pavada de objetividad! Incluso ni la identidad de las partículas está ya asegurada. Participamos de la propagación de un campo o de una onda, que es la forma misma del espacio-tiempo. ¿Me sigue?
- Para nada, pero siento que una ola de catástrofes se propaga desde esta mañana, como un maremoto, y me impone un espacio-tiempo diferente. Ni mi propia identidad está ya asegurada. Si no ¿qué haríamos nosotros dos en esta explanada donde, en tiempo normal, no hubiéramos debido encontrarnos nunca?
Pero, a decir verdad, el entrevero de su identidad no me escandaliza. Nosotros los analistas sabemos que el sujeto inconsciente del deseo aparece en la brecha de las ilusiones del yo.
- A mi humilde nivel, yo también me intereso por el retorno del sujeto en la ciencia, teniendo en cuenta que las ínfimas partículas de la física que yo practico aparecen y desaparecen como sus egos.
- Me explicará eso otro día. Ayúdeme más bien a encontrar la escalera por la que llegué.
- No antes de que elucidemos una cuestión urgente, la verdadera razón de mi presencia aquí. Insisto: Artaud predijo sangre en las calles de París, un gas mortal fue propagado en el subte de Tokio, psicólogos y médicos trabajan para verdugos, racionalmente se perpetran genocidios bajo nuestros ojos, in vivo. La ciencia perdió el espíritu...
Ya que estamos solos, ¿puedo preguntarle qué piensa de los electroshocks? Durante mucho tiempo acepté ese tratamiento para mi mujer y no estoy muy orgulloso de eso.

La mujer loca del gran hombre

- Se han vuelto a poner de moda. A la psiquiatría le gusta lo retro. Lo retro-objetivo, respondí, riéndome sola de mi astucia.
A él no le causó gracia.
- Sin embargo ese objetivo tomó a mi mujer como objeto de experiencia.
- ¿Con qué resultados?
- Variables. A la salida, siempre extraña, a veces sonriente, a veces huraña. Incapaz de recordar lo que le había pasado. Hacía preguntas estúpidas, por ejemplo, sobre lo que hacíamos en Irlanda. Había olvidado nuestra partida en medio de la catástrofe, mi gresca frente a un negocio judío en Berlín. ¿Cómo se llamaba? Wertheim creo. En la vereda, veo aún las miradas de odio de las juventudes hitlerianas...
¿En qué estaba? Algunos días después de una serie de sismografías, Anny recobraba poco a poco sus facultades. Luego comenzaba de nuevo a volvernos locos, a Drury y a mí. Utilizó con ella algunas drogas, después ya nada surtió efecto. ¡Querida Anny! Había tomado la costumbre de ir en auto, sola, a su servicio. Sus idas y venidas tuvieron como resultado positivo el de curar a su psiquiatra de la psiquiatría. Luego partió, misión cumplida, a hacerce tratar en otro hospital, como Artaud, para aplicar su talento sobre el médico siguiente.
De locos los progresos que pudo hacer Drury, con Wittgenstein para la teoría y Anny para la práctica. Yo mismo comprobé los dones que mi mujer tenía para la psicoterapia cada vez que tuve problemas. ¡Y Dios sabe que no faltaron ocasiones! Por ejemplo, mi pequeña tentativa de suicidio en 1956, justo antes de esas famosas conferencias en Cambridge, las Tarner Lectures. ¿Las leyó? ¡Mire usted, hubiera creído que sí! Sin jactarme, debería darles una mirada. Hablo ahí de los tormentos de los sabios. ¡Anny fue magnífica!
Cuando yo andaba mal, su pretendida depresión desaparecía como por encanto. Se hubiera dicho que su tristeza le servía de antena para captar por adelantado los signos de un malestar, de una desdicha. Dejaba de estar deprimida desde el momento en que esa desconocida estaba localizada y podía ocuparse abiertamente de ella.
¡Querida Anny! ¡Cómo debió divertirse jugando el papel de tránsfuga en nuestras disciplinas! ¡Una verdadera Mata Hari! Totalmente decidida a fomentar una revolución psiquiátrica en nombre del nuevo paradigma de la física cuántica. Tuve algunas sospechas al oir fragmentos de mi teoría que me llegaban de boca de Drury. No conforme con copiar a su maestro Wittgenstein, se había apropiado de mis ideas para aplicarlas a su dominio, sin preguntarme mi opinión.
- ¡Déjeme adivinar! Apostaría que usted es Heisenberg.
- Apuesta perdida, usted me ofende. Él y yo no hemos dejado de pelearnos. Se quedó en Berlín bajo Hitler y su justificación tiene la extensión de una autobiografía. En cambio yo huí. Pero mejor hablemos de usted. Debo confesarle que sobre el escenario me pareció perturbada. Incluso le pregunté a Drury bajo qué rúbrica clasificarla.
- Me dí cuenta de sus apartes.
- Mida el camino recorrido desde su período electroshockeante de los años cincuenta. Él me demostró que la nosografía psiquiátrica era más un símbolo de nuestra ignorancia que de nuestra comprensión. Resumió la actitud médica en la frase de Voltaire: ese animal es muy peligroso; cuando se lo ataca él se defiende. Y luego, esperando que Artaud terminara su número, charlamos un poco.
Me confirmó que al paso de los años, bajo la influencia de sus pacientes y sobre todo de mi mujer –con quien tuvo largas discusiones- él también se volvió muy resistente a los shocks y a los calmantes. De hecho, renunció a los estereotipos estadísticos para no fiarse más que de las anécdotas que testimoniaran de su encuentro personal con la locura de sus pacientes. Quise que me contara un poco más sobre Anny. En ese punto me hizo una picardía irlandesa. Su religión le recomienda no hacer estado público de sus casos hasta que éstos no se añejen una buena decena de años, como el whisky.
De paso, le pregunté cuál era su marca preferida. Después nos pusimos de acuerdo sobre el hecho de que, sin gustar un poco de la locura, los psi no podían reconocer el terreno, la cepa, el barril y el número de años que lo dejaron reposar.
Me sentí muy cerca de su manera de pensar. Al punto que no pude detectar muy bien si sus formulaciones venían de mí via mi mujer o si las había inventado él. Me divirtió contándome una sesión de psicoterapia experimental a la que lo había invitado, detrás de un espejo sin azogue, un supervisor ligado por un receptor al terapeuta de un hombre bastante “brotado”. El delirio sensitivo del paciente captaba la presencia del Intelligence Service cada vez que el joven psicólogo recibía en su oreja el bip que señalaba un error de interpretación. Drury me hacía observar que en otros tiempos ese paciente hubiera brillado por su talento profético.
Si también yo puedo permitirme delirar, estoy cada vez más convencido que mi mujer le dio a leer mis conferencias sobre el retorno del espíritu en la ciencia.
- ¿Por qué no se lo preguntó?
- No quise interferir en la relación entre ellos, ni comenzar una discusión en la que, por lo que decía Anny, adivinaba que no estaría de acuerdo con él. Como buen católico irlandés, piensa que es imposible hacer volver el sujeto a las ciencias naturales sin invocar lo sobrenatural.
- ¿Y usted?
- Yo soy poeta, ya se lo dije. Imagino el sujeto de la ciencia como un pequeño personaje... ¿Cómo hacérselo entender? ¿Vió el cuadro “Todos los Santos” de Durero en el Kunst Historische Museum de Viena? Representa una visión celeste, donde el pintor se representó chiquitito en una esquina. Inútil en la escena, él hubiera podido perfectamente no estar ahí, ¿no es cierto? Y sin embargo, sin él, ese cuadro no hubiera existido nunca.
- El analista chiquitito en una esquina del cuadro de la locura, el doble que Artaud quería hacerme interpretar. Hubiera debido hacer un esfuerzo... Un personaje sin rango, sin cualidad...
- ...Insignificante, sin quien el cuadro de la ciencia no puede existir.
- ¿Sugiere que el sujeto de la ciencia y el de la locura están íntimamente emparentados?
- No lo sé, pero debo confesar que creí volverme loco ese día que encontré... Hacíamos ski en Arosa. Mis ecuaciones se me aparecieron como algo atemporal, como un regalo ofrecido por un hada. No soy el único. Heisenberg me dijo que él también había experimentado un curioso estado cuando descubrió su principio de incertidumbre en la isla de Héligoland, a la que había ido para curarse una alergia. ¿Podrá ser que ciencia y locura se unan en su tentativa para formular lo imposible?
- No tan rápido. ¿Podría repetirme esa fórmula? Usted no me escucha.

Margot la loca

La puerta del teatro acababa de abrirse totalmente, como bajo el efecto de un fuerte viento. Entrampada, miré para todos lados. ¿Dónde podría encontrarse la maldita escalera por la que había subido? Al retroceder, choqué con alguien que pasaba, alta silueta aturdida: Madre Tonta seguramente, que rezongaba entre dientes contra los libros y los pedantes. Corrí tras ella. Había desaparecido en el arco iris de las inscripciones-misterio, y yo me quedé, al pie de la letra, al pie del muro delante del grafo oscuro, tan abatida como si hubiera chocado con él. Tuve que luchar contra las ganas de estirarme para dormir, quizás soñar con el país de Oz, beyond the rainbow, más allá del arco iris.
¡Basta de extravagancias! Desde la mañana, mi experiencia me había enseñado que el Jardín de las delicias, con sus locuras, podía en cualquier momento convertirse en el Jardín de los suplicios. De hecho, por un efecto de óptica, la confusión coloreada cambió por letras caligrafiadas, formadas por una fluorescencia de cuerpos atormentados y sardónicas cabezas de muertos.
En un primer plano, creí reconocer el cráneo de Erasmo, riéndose a carcajadas de mi desventura. Había conservado los dientes intactos hasta su muerte, pasados los 70 años. Yo había podido verificarlo un año antes, al visitar su casa de Anderlecht, cerca de Bruselas. Allí reinaba, en un lugar privilegiado, un molde de su cráneo. Ahora estaba segura que había sido él quien, bajo el nombre de Número 1, me había seducido haciéndome el elogio de la sinrazón.
¿Cómo escapar de ese grafo maléfico? Carente de pistas que me indicaran la vía normal de la escalera por la que había llegado, pensé en descender por medio de una cuerda, y me senté contra el muro a reflexionar.
¡Maldito libro de tercero! Debí haber atravesado rápidamente el patio de honor, sin demorarme en la gran sala, sin pasar nunca por detrás del hospital, e ir juiciosamente al dispensario. ¿A qué había ido a extraviarme entre esos delincuentes de la razón?
Imaginé por un instante al padre del humanismo como pendenciero de los suburbios renacientes, aguerrido para manejarse en la marginalidad. Erasmo, hijo de clérigo, había perdido a sus dos padres, muertos de peste, cuando era adolescente. Ubicado con su hermano Pierre en un monasterio, se escapó por la tangente en la primera oportunidad. De ahí sus continuos traslados para escapar de los emisarios del convento lanzados tras sus pasos, evitar los focos de contagio y sobre todo la hoguera donde Berquin, el traductor francés de su “Elogio”, había terminado por arder.
Recién a los 50 años una bula papal había lavado “el incesto” de su nacimiento. ¡Y yo, a la misma edad, tenía miedo de un simple graffiti! Sin embargo los analistas no eran todavía perseguidos... Aunque en estos tiempos de integrismo cognitivo los divanes comenzaran a oler a quemado... Ese subjuntivo terminó de desorientarme. ¿Adónde estaba? ¡Lo primero que debía hacer era calmarme! Recapitulé las técnicas de supervivencia en las que Erasmo era maestro.
En primer lugar, no escuchar a Artaud y tomarme las de Villadiego. Huir de la peste como de la peste. Seducir algún día a un editor. Erasmo se instalaba firmemente en lo de los imprenteros, cuyos nombres yo me recitaba como una balada de otros tiempos: Aldo Manuncio en Venecia, Froben en Basilea y, en Lovaina, Thierry Martens. Aprovechar para decir, como él, la verdad. Tenía la técnica de publicar largos extractos de su correspondencia, adulando a los grandes de este mundo, y de este modo los comprometía públicamente. El problema era que yo no conocía a mucha gente y aún menos a los grandes, ni de este mundo ni de otra parte.
El desaliento volvió a instalarse en mí. Erasmo podía ser perfectamente la locura de su “Elogio”, como Flaubert su “Emma”, yo no era más que la víctima de esta farsa. ¿Qué había hecho para llegar allí? La muerte de Ariste me mordió de nuevo, seguida por la visita de la abeja mensajera, luego de la llegada de los locos al patio de honor.
El Flandes de Erasmo me llevó a Madre Loca: desgarbada y despeinada, no era otra que la loca Margot de Breughel, cuyo cuadro había querido ver un año antes. En el museo Mayer van den Bergh de Amberes, la había encontrado firme en su puesto, recorriendo a grandes pasos un paisaje rojizo devastado por la guerra y la peste.
Como no era mujer de dejarse capturar, había salido de su marco para darme una lección. Intenté razonar. Llevada a sus justas proporciones, Margot la loca no era, después de todo, más que una imagen guerrera del fin de los tiempos, volviendo a la carga cuando el segundo milenio doblaba la esquina. Me dí cuenta que le hablaba en voz alta al muro a mis espaldas, como a un analista sentado allí donde yo había visto desaparecer a Margot.
- Fuck you! ¡Vaya a hacerse coger!
El sentido del graffiti en arco iris se posesionó de pronto de mis oídos. De un salto me puse de pié y me dí vuelta para verificar la inscripción. La injuria resonó en estéreo desde la puerta del teatro, por donde desembocaba como tromba, hacia la explanada, frente a mí, la troupe de locos.
¡Tercera impresión de déjà-vu! Como en el portal del patio de honor, como en el estrado, Número 1 avanzó, vivo retrato de Erasmo, aún más severo. Me interpeló con rudeza:
- ¿Adónde se fue Madre Tonta? Por su culpa hemos quedado huérfanos.
Señalé con el pulgar la inscripción detrás de mí.
- Se fue por ahí, pero yo no tuve nada que ver. Estaba enojada mucho antes de conocerme.
- No vale la pena que se disculpe. En las sotties, como en las tragedias, la falta es colectiva, y hoy resulta que para nosotros, el secuaz de la falta es usted.
- ¡Ay!
Malos bromistas, armados con espejos y fuelles, me pinchaban por detrás. Número 1 continuaba su sermón como si nada pasara.

Strip tease

- Esta mañana en el patio de honor, el grito de Madre Tonta quedó sin eco. Si va a responder, es ahora o nunca.
Habitualmente, en las sotties, entregamos al público los espejos que hay aquí, espejos de brujas para reflejar por algún sesgo lo que no se ve. Después arrastramos al escenario al más loco; hoy es usted.
Naturalmente, cualquiera se desinfla, como el fuelle que está allí –follis en latín- su suficiencia se desvanece, ¡pfuit! Son todos iguales ante la nada, como usted ahora, avena loca47 que se balancea al menor soplo, a voluntad del viento.
Quien nada tiene no se preocupa, nada tiene de modo que nada perderá, recomenzaron los otros a coro. Exhalé un suspiro de alivio.
- Entonces, ¿terminó la sottie?
- No falta más que el streap tease.
- ¡Ah no, eso no!
- ¡Demasiado tarde!
Se precipitaron sobre mí. Aterrorizada, olvidé que todavía estábamos en el teatro y que una sottie terminaba desnudando al acusado. En la batahola intentaron tirar de mis mangas. Debí sacarme el abrigo bajo el cual yo vestía ese día, pullover verde y falda amarilla, los colores mismos de la locura.
¿Quién hubiera creído que para ese día loco, por azar, yo me había puesto su traje? Gritando su alegría, me dejaron para hacer cabriolas alrededor de la explanada. Solamente entonces me dí cuenta que, al jugar a los analistas, yo formaba parte de sus cuerpos colectivos.
Número 1 no pudo evitar hacer el epílogo:
- Ni mala ni buena, usted es otra tonta.
Después de haberse dispersado en todos los sentidos, acompañados por la canción:

Todos los hombres son locos
Y quien no lo quiera ver,
Debe quedarse en su pieza
Y su espejo debe romper.

obedecieron a una señal conocida únicamente por ellos y desaparecieron por la escalera.
Durante todo ese tiempo, el hombre de la pipa se había quedado aparte, sin darme una mano, divertido. Llamó al gato de Eliot que hacía equilibrio por encima del fuck you fatídico. Yo le guardaba rencor por no haber actuado:
- Hubiera podido hacer un gesto...
Quería retenerlo temiendo quedarme sola, despojada de todos mis oropeles teóricos y prácticos:
- Es inútil que hable... Algún día habrá que escribir esta historia.
Retiró la pipa de su boca:
- ¡Su paciente está muerto y usted no piensa más que en la inmortalidad!
- ¿Usted cree que Ariste se escondía entre toda esa gente? Acaso son demonios...
- Si a usted le parece, poéticamente.
- ¿Qué querían que confesara? No veo... ¿Cuál es su opinión? Existe una tradición: Joe Eagle Elk comenzaba siempre sus ceremonias con el relato de su visión inaugural, la que había hecho que se convirtiera en medicine man. ¿Confesar lo que me convirtió en analista? Es cierto que los pacientes del hospital preguntan todo el tiempo: “¿Qué hace usted aquí? ¿Qué quiere de mí? ¿Por qué eligió este trabajo?”
Si quiere saberlo, todo comenzó en ese hospital del norte de Francia... Tal es, creo, la confesión que deseaban de mí. No me atrevía a exponerme delante de todas esas personas, entonces me enviaron a hacerme ver. Lea esas dos palabras debajo de la pata del gato. Un poco rígido, ¿no?
El gato saltó entre nosotros. Voviendo a caer sobre sus patas se estiró en todos los sentidos y luego se dedicó a hacer su toilette. Parecía prometer un buen cuarto de hora de lamidas. El hombre de la pipa, pensativo, esperaba a que terminara.
Yo quería a toda costa impedirles partir:
- ¿Y si esa tierra de manantiales fuera la Historia? ¿No la que se escribe, sino la que se escamotea en el espejo sin azogue de nuestros silencios, en los sitios mismos de nuestras traiciones?
- ¡Hermosa frase!
- La obtuve de Jacques Le Goff, un maestro de historia citado en el libro que leí esta mañana... Si siguiera mis impulsos, le contaría cómo me volví analista.


Yo trabajo del sombrero48

- Si eso puede serle útil...
El hombre de la pipa se dirigió a la escalera, se sentó sobre el primer escalón, llenó meticulosamente su pipa y luego levantó la cabeza, nimbada con su primera bocanada.
- La escucho.
- Para comenzar, debo contarle mi llegada. Los hospitales psiquiátricos tienen siempre un portero. Uno de los pensionistas, como se les decía allí, me abrió la puerta del servicio cual suplicante, con el sombrero bajo:
- Yo trabajo del sombrero, dele vacaciones a mi balero.
Perpleja por ese sombrero que brillaba por su ausencia, debí sentir confusamente que quizás algún día debería ponérmelo. De este modo, pasé el umbral sin mirarlo, haciendo como si ese hombre, así como su sombrero, no hubiera existido. Hoy descubro, un poco tarde, que esa pirueta no dejó mi cabeza en reposo.
- De eso sé algo. No es fácil entrar por primera vez a un hospital psiquiátrico.
- Lo más desconcertante consiste en ese lenguaje físico que exije de usted cierto atletismo afectivo, como decía Artaud...
Sin embargo, se me había enseñado a mirar: “Mírame, lo haces mal, no has tomado tu trabajo en el buen sentido. Continúa, no te detengas. No te apures, tienes todo el tiempo. ¡Vaya! No tienes distinción. Es haciendo que se aprende. Muéstrame, saca tus manos de los bolsillos. No tengas miedo de inclinarte. Suavemente, ¡esta vez sí que sabes sostenerte! Pero no, así no, no has mirado bien. ¡Mi Dios, qué torpe! Sigue. No te quedes con los dos pies en el mismo zueco. ¿Cómo quieres saber si no lo intentas? No puedo creerlo, ¡todavía está leyendo!”
- ¿Quién habla?
- Voces del pasado de las que creí reencontrar una en ese hospital. Ahora lo sabe todo.
- Nada clara su historia. ¿Puedo irme?
- ¡Espere!
- Entonces apúrese.

La socióloga

- Empiezo por el principio. Imagine el patio de una gran abadía, fundada en el siglo XII, construído en el XVIII. Está rodeado por un precioso bosque. En el siglo XIX esta abadía se transforma en un asilo.
Imagine entonces que después de haber atravesado la única calle del pueblo, bordeada por casas bajas que alojan dinastías de familias enfermeras, un auto se detiene ante la barrera del patio de honor. Las rejas forjadas en el siglo de la razón siguen abiertas a cada lado. Al volante un médico jefe me dice: “Es ahí”. Comprendo que debo descender y choco en la puerta con un cartel que anuncia con todas las letras: “Vía sin salida”. El jefe señala en dirección a un edificio situado a la derecha: “Ese es mi servicio, la espero aquí mismo a las dos”. Miro mi reloj: ocho de la mañana.
- ¿Llegaba como psicóloga o como médica?, preguntó mi confesor.
- Ni una cosa ni la otra. Una idea fija, inexplicable, ayudada por el azar. En un congreso, había oído a ese médico defender la idea de que los analistas deberían aprender su oficio en el asilo. Cuando descendió del estrado, me presenté bajo la etiqueta de socióloga que tenía por tema: “Locura y lazo social”. Agregué, recuerdo, que la posición de observador me parecía insostenible.
- Yo también lo pienso.
- Sobre todo frente a la locura. Le confié también mi deseo de convertirme en analista en el hospital psiquiátrico. Mi aspecto novato no pareció desalentarlo. Aceptó. “Preséntese en mi casa el lunes próximo, a las seis de la mañana”. Anoté rápidamente su dirección en la otra punta de París, y el lunes tomé el primer subte, presintiendo por su pinta de capitán poco locuaz que, si yo llegaba tarde, él ya habría desplegado sus velas.
- ¿Usted es la socióloga?
Con esas palabras me recibió la supervisora en el servicio cuando finalmente me atrevía a tocar el timbre del edificio a la derecha de la entrada. Hice entonces como si no viera el sombrero invisible del tipo de la recepción.
En los corredores, me crucé con siluetas vestidas con uniformes grises, azules y verdes, que me miraban con insistencia o sin verme. Una joven robusta, de hermoso rostro, me lanzó una mirada hostil. La supervisora me informa que tiene casi cincuenta años. Hija de un notable de la región, está condenada a vivir aquí desde que, a los 18 años, fue conducida como otros, en colectivos llenos, a hacerse lobotomizar en Sainte-Anne, en París. Otra, alta, me desafía con la mirada, impasible.
- Élizabeth, alias Sissi, emperatriz de Austria-Hungría, murmura la enfermera-jefe.
Imposible, me digo, ser analista aquí. Me pregunto qué hago allí, tengo ganas de irme. La voz amable de la supervisora me saca de ese trance.
- Venga, le voy a presentar a los enfermeros.
Entramos en una salita donde toman café una decena de chaquetillas blancas. Las manos se tienden en círculo.
- Buen día... Buen día.... Buen día...
- Buen día, “Buendía” insiste alguien mientras los otros se ríen. Me ruborizo.
- Me llamo Buendía, soy del Jura, no les preste atención, en esa región son débiles mentales.
- Ella es socióloga, dice la supervisora.
- Mejor, dice otro bastante gordo y viejo, desde hace un tiempo los sociólogos son poco frecuentes, el último se fue corriendo.
Todo el mundo habla al mismo tiempo para darme su versión. Creo comprender que el encuestador había considerado astuto interesarse en el circuito clandestino del vino.
- Casi como tomárselas con la Cosa Nostra, bromea Buendía tendiéndome una taza de café. ¿Y usted, qué viene a estudiar?
Le explico que soy aprendiz de analista y que me intereso por la locura.
- ¿Viene a darnos cursos? Ya hay un lacaniano que pasa una vez por mes a hablarnos del objeto pequeño a. ¿Conoce el artículo?
Me esfuerzo por reir y vuelco mi café. Buendía se levanta y vuelve con un estropajo en la punta de una escoba, como una bandera a media asta.
- Un estropajazo, como se dice en picardo, la loque à loqueter49, la herramienta terapéutica primordial.
La pausa terminó, todo el mundo se levanta. Él me sugiere:
- Debería ir al 5 a visitar el pabellón cerrado.
- En lo alto de la pendiente, el último de la izquierda, indica la supervisora, visiblemente aliviada de poder desprenderse de mí. Salga entonces por la puerta al final del corredor.

Escriban!

Finalmente al aire libre. El del hospital no huele a éter sino a un indefinible olor a encierro, nuevo para mí. Busco en vano darle un nombre. Por el camino, hombres uniformados empujan carretones de ropa o de comida, acompañados por chaquetillas blancas. Me dicen buen día. Aprecio esa cortesía poco frecuente en París.
Mi nariz es formal. Pis y mierda, seguramente, entran en el aroma que recibo cinco minutos más tarde en plenas narices cuando se abre la puerta del viejo edificio donde acabo de llamar. Adopto una actitud cortés, aprieto manos de hombres y mujeres que se tienden alrededor de una chaquetilla blanca que muestra ostensiblemente un enorme manojo de llaves. Me detengo expectante un momento ante el ruido de la cerradura que suena detrás de mí. Por suerte, ningún furioso me salta encima. Es como si me esperaran. Forzosamente debo reconocer que mi reputación me ha precedido.
- ¡Escriban, escriban! exclama una voz fuerte detrás de mí. Nosotros somos escritores.
Me doy vuelta. El hombre que dijo eso está apoyado de espaldas a la pared, al lado de la puerta. Me mira fijamente,
El enfermero guarda las llaves en su bolsillo y me lo presenta: Georges. Nos damos la mano.
- Estoy aquí de por vida, explica, por un crimen que no creo haber cometido, en fin, no verdaderamente. Entonces, ¿usted es socióloga? ¿No me quiere en su instituto? ¡Convertirme en cobayo es mi sueño! Hace un tiempo firmé para probar un nuevo medicamento. Las ratas, las ratas blancas, ¿las conoce? ¿En qué puedo serle útil? Dono mi cuerpo y mi alma a la ciencia. Hagan de mí lo que quieran.
- Por aquí, indica el enfermero para liberarme. Luego, bajando la voz: psicosis carcelaria, ¿quiere ver su legajo?
Asaltada por demasiadas impresiones, respondo que no. A mitad del pasillo, nos cruzamos con un hombre que fuma en pipa. También él me mira intensamente. ¿En quién me hace pensar? No, no se le parece. Tiene cabellos castaños y ojos negros.
Atravesamos una pieza que mi guía nombra “la cuadrada”, con el tono de visita a un monumento histórico. En efecto, ya lo comprobará, este lugar es como un embudo que traga el tiempo y la historia, un cuadrilátero rodeado en todo su perímetro de siluetas impasibles animadas por un ligero estremecimiento. ¿De un pie sobre el otro? Sin embargo, yo no percibo ningún movimiento. En el centro, un joven de camisa blanca sucia, mal prendida en la espalda, se arrastra por el suelo, las nalgas al aire.
- ¿Qué hacen? le digo al enfermero.
- ¿Nunca vió crónicos?
El lugar no se presta a simulaciones:
- No.
- Acá somos todos crónicos. Mi madre y mi abuela también eran enfermeras.
Pasamos al lado de viejas damas, juiciosas como imágenes. Un trapo blanco, muy limpio, las sujeta por la cintura a sillones de mimbre. Alguien llama al enfermero desde el pasillo:
- Venga a ver, sus venas no resisten, no logro canalizarla.
Entramos a una habitación donde, en un lecho blanco rodeado de barrotes que no sirven ya de mucho, descansa un cuerpo muy delgado que protesta:
- ¡Me hace doler! ¿Qué hice para que el Buen Dios me deje aquí?
Es más de lo que puedo ver. Me refugio cerca de las abuelas presentándome a la más próxima, en el extremo de la fila, a fin de entablar conversación. Ella articula con una dicción digna de la Comedia Francesa:
- Mi padre era sastre, teníamos dos casas. ¿No tiene nada para coser? Se lo ruego, deme algo para hacer.
Por decir algo, le pregunto el nombre de su vecina que no para de masticar y de remasticar su ausencia de dentadura.
- No conozco a la señora, responde ingenuamente la costurera, no hemos sido presentadas.
Entonces apareció un hombrecito con uniforme gris, el rostro alegre. Muy vivazmente, se presenta sin complejos: sepulturero y orgulloso de serlo. A él le gusta que la gente muera, eso le da trabajo:
- Siento venir la muerte, será esta noche, va a tener una tumba de varios palos50.
- ¿Ladrillos como los de las casas de la región?
Debe creerme una idiota:
- Quiero decir que ella tendrá derecho a una hermosa tumba, con el tiempo que hace que está aquí. Sus hijos nunca vinieron a verla y nadie se presentó para birlarle sus ahorros. No es todo, se habla, se habla, yo tengo una ocupación en el servicio de al lado. Un tipo se tragó mi reloj ayer a la tarde. Bye, bye.
Se aleja, silueta juvenil a pesar de su edad. De golpe siento el peso de un tiempo inmóvil que amenaza deglutirme. Sin esperar a mi guía, intento encontrar la salida, atravieso la cuadrada, choco con Georges que, cerca de la puerta, tiende a un joven desnudo un pantalón del que pende una correa tejida:
- Vístete delante de las damas.
El otro se niega enérgicamente, se pone de pie y se apodera prestamente del cinturón de tela que agita en todos sentidos. Georges comenta:
- Le gustan los cinturones.
Levantando su látigo como un cochero para dar la señal de partida, con el culo al aire se pone a trotar suavemente, y al pasar toma mi mano para arrastrarme. ¿En qué dirección?
- No tenga miedo, dice Georges pisándonos los talones. Un esquizofrénico huele cosas que los otros no: los pies, la pintura, los cabellos. Y al que no puede sentirle ni el olor, le manda un puñete a la cara sin previo aviso. Ellos sienten, huelen hasta el origen, se remontan a lo largo del olor.
¿Una tierra de manantiales?
Mi mentor acelera el paso. Me pregunto si puede sentirme o no, pero en lugar del temor esperado experimento, conducida por esa mano firme, la certeza de que vendré a trabajar aquí, que tengo una cita. ¿Con qué?
No sabré nunca adónde me llevaba esa aventura. Cuando llegamos al fondo del patio, a la altura de las duchas que percibo un poco glaucas y mohosas –“mi reino”, dijo Georges que es el encargado de su mantenimiento, “usted ve que están impecables”- fuimos detenidos por el supervisor que se presentó y me preguntó sobre mis intenciones. Ahora sabía que quería quedarme en este pabellón. Me aconsejó que le pidiera al médico que me llevara temprano a la mañana y me condujo a la puerta, agitando el manojo de llaves detrás de mí.
Mientras esperaba la tarde, deambulé como turista alrededor del hospital hasta las dos en punto en que, bajo el cartel de “sin salida”:
- ¿Entonces?, inquirió el médico.
- Entonces vuelvo mañana.

Regresando 51

Todos los días a las seis de la mañana, voy al encuentro del auto del médico en el que aprendo una psiquiatría desordenada, puesta a prueba en el lugar concreto. La mañana del día siguiente recibo la orden de ir a la ropería a buscar una chaquetilla blanca, por la que el jefe del pabellón 5 me da un ticket.
- ¿Usted es la nueva enfermera? ¿Pasante?
- No, socióloga.
- ¿Qué es socióloga?
Intento una última definición para los encargados de la ropería mientras se imprime mi nombre con tinta azul a la altura del cuello. Luego vuelvo al 5. Poco a poco, se hizo costumbre bañar a las abuelas, dar un golpe de estropajo por aquí, un cafecito por allá. Aprendí a afeitar a los hombres en los lavabos comunes, donde me reía de los chistes de los enfermeros que tomaban la locura en broma, a los que respondía en estéreo el coro de recriminaciones de los internados.
Día tras día, como una cebolla que se descascara, me desprendí de todos mis atributos. Cada vez menos analista. ¿Socióloga? El nombre me había quedado como una cáscara vacía. Yo misma, ¿qué? Un nombre en el reverso de una chaquetilla, que no tenía casi importancia, porque lo importante era reir con uno, con otro, burlarse de todos y de cada uno y sobre todo de sí. A la tarde, volvía agotada. Se me decía, ¿qué tienes? Nada. Nada más fatigante que esa nada. Apenas llegaba a la Casa de las Ciencias del Hombre, me era absolutamente necesario ahogar esa nada en el chocolate bien espeso, a la antigua, que era la especialidad de un café cercano.
- ¿Cómo se llama el lugar donde usted trabaja en París? Me preguntó un día a boca de jarro, saliendo de su mutismo, el hombre de la pipa, ese que no se le parece.
- Centro de estudios de movimientos sociales, respondí.
- ¡Ah! Dijo, ¡usted es soltera!
El hombre de anteojos de carey sonrió ante esta alusión, vació su pipa golpeándola contra su talón y retomó en eco:
- Yo iba a hacerle la misma pregunta...
En efecto, me dí cuenta de mi práctica solitaria del movimiento social. Para mis adentros, quería que los muros saltaran, las puertas se abrieran, se terminaran los chalecos químicos; en definitiva, yo era antipsiquiátrica. Es necesario decir que los muros, verdadero tema de tesis para un foucaultiano, rezumaban el gran encierro. Como en el cuento de Barba Azul, una gran pieza en lo alto, a la que quería ir, estaba prohibida.
- Los riesgos y peligros corren por su cuenta, se me previno. Fue inútil fregar y refregar el piso, el parquet está podrido por lo años de literas en las que se acostaban, hasta no hace mucho, los pensionistas.
Al mediodía, en la mesa, proclamé en voz alta mi indignación cuando me sirvieron un tejón cazado furtivamente por un enfermero, de excelente sabor por ser comida tabú, y por estar además sabiamente condimentado, cocido a fuego lento.
Poco después, nadie se sorprendió por la actitud de su homónimo, el hombre de la pipa. Él pidió un turno con el interno para el día en que cumplía 46 años. Contrariamente a su costumbre, se presentó efectivamente y pidió nada menos que la supresión de su tratamiento, que nadie había tocado desde hacía diez años. El interno aceptó. El héroe del día me detuvo en el pasillo:
- Suspendí los medicamente, me dijo, para ver si había cambios.
- ¿Y?
- No los hay.
Ese hombre de mirada intensa debía tener alguna influencia. Su negativa se extendió como reguero de pólvora entre los otros pacientes. Se hizo una reunión.
De todas maneras la mayoría no los toman, argumentaron filosóficamente los enfermeros, que encontraban en los lavabos, en los corpiños, en los consultorios y cunetas, las píldoras coloreadas extraídas de cajitas previstas para cada uno. Los gatos podían drogarse a su gusto. Tiempo atrás, el cerdo alimentado con las aguas servidas de la granja vecina se había vuelto completamente impotente.
- Como su colega de Ville-Évrard, hizo notar alguien cuya tía abuela había trabajado allá.
Para esta revolución se decidió democráticamente que la distribución de los tratamientos se haría bajo pedido. Una “reunión de enfermos” ratificó la decisión. Al llamarlos por su nombre, se oía preguntar:
- Y tú, ¿los quieres o no?
La mayoría volvió a aceptarlos para ir a tirarlos, como de costumbre. El hombre de la pipa se abstuvo y empezó a caminar a lo largo y a lo ancho de la habitación, largando bocanadas. Al verme llegar, me dijo:
- Si quisiera, podría detenerme.
- ¿Por qué no intenta salir?
- ¡Para qué!
Quince días más tarde todo había vuelto a la normalidad. No era de ese modo que la máquina de hacer silencio iba a dejar de girar.

Adentro afuera

A veces el valor no estaba allí. Me acuerdo de una mañana triste de invierno, perdida en la neblina disolvente, en la que ni mi oreja ni mi palabra encontraban de dónde agarrarse. Estoy sentada en la cocina. Una enfermera plancha, la otra lee las noticias necrológicas del diario local. Reconoce el nombre de una amiga de la infancia y la asocia con la desaparición de su marido, cuatro años antes. Llega una tercera, embarazada, con un chaleco negro. Relata la muerte de su hijo mayor sobre una estaca de hierro en el patio, lo que le trae a la memoria a un enfermero cuya mujer sufre trastornos cardíacos graves.
A veces la asistente social me lleva de gira al campo circundante. Ella conoce a fondo la geografía de la locura de la región, de varias generaciones. Hoy, vamos a la casa de viejos agricultores. Después de la devastación de tres guerras, esas planicies fértiles vieron desaparecer las pequeñas explotaciones para dejar paso a vastos terrenos donde se cultiva la remolacha y la patata.
El argumento se repite. Los abuelos tenían una granjita. Los padres debieron dejar sus tierras y emplearse como dependientes o jornaleros. Los otros intentaron reubicarse en las fábricas. Se convirtieron en obreros sin tradición urbana y alimentan periódicamente el servicio de los etílicos en una cura de repugnancia a modo de desintoxicación. Cuando se alcanza el límite de la supervivencia social por endeudamiento o desaparición de los ancianos que aún mantenían el lazo alrededor del modo de vida tradicional, la pequeña explotación se convierte en una choza, como esa frente a la que nos detenemos. En el patio, al lado de un tractor herrumbrado donde se trepan algunos pollos, un scooter abandonado parece esperar.
- Está en el mismo lugar desde hace veinte años, constata la vieja señorita, el único signo del que está “en el asilo”.
Su locura se anudó cuando vió desaparecer poco a poco los caballos de tiro que tenía a su cargo en la granja en la que vivía desde los 15 años. Su patrón intentó su reconversión, pero él parecía cada vez más extraño. Y luego, una noche, sorprendió haciendo girar y pedorrear a su tractor en el patio, como acostumbraba a hacerlo cuando sus caballos tenía gases. El diagnóstico de psicosis cayó sobre él, el asilo se cerró y el peso de la granja recayó en su mujer, que sobrevive con sus hijos gracias a los puntos de referencia de su tradición familiar foránea, un poco bohemia.
Ella nos invita a tomar café en una habitación desordenada, donde hablamos del ausente. No lo recibe más en la casa porque se volvió violento. Al salir, vuelvo a pensar en lo que me dijo, a modo de viático, ese hombre al que le anunciaba mi visita:
- ¿Para qué?

¿Psicoanalista?

Cada vez más a menudo me quedo en la cuadrada, la espalda contra la pared, con cara de nada, para pasar el tiempo. Eso me parece relajador.
Ahora reconozco a cada uno de los que están allí en permanencia. De vez en cuando, alguno de ellos viene a dar vueltas de carnero en el centro de la pieza. Dos viejos, siempre los mismos, riñen sin cesar sobre cuestiones que se remontan a Adán y Eva. Otros fuman, me ofrecen un negro sin filtro que tomo con placer, otros se callan, otro estremece constantemente sus hombros mientras salmodia suavemente. Pizcas de cancioncillas comienzan, luego se apagan como fuegos fatuos. Un gordo duerme, acostado en el suelo, ritmado por un ronquido potente al que sus ciento cuarenta kilos sirven de caja de resonancia. A veces el Príncipe de Mónaco viene a sentarse en el centro, coronado con un bonete de piel adornado con la estrella comunista, eso cuando no está ocupado en enviar al Principado sus interminables misivas ilegibles y cifradas.
Un buen día, porque ese día descubro que los estremecimientos, las salmodias, los ritmos y canciones que parecían no ser para nadie, se dirigían a mí:
- Un verdadero “concernimiento”, como dicen los suizos... Sí, es una palabra francesa. No, no es un neologismo...
Buendía protesta y sostiene esta innovación lingüística de sus primos suizos del otro lado del Jura. Hoy es nuestro invitado, de visita del otro pabellón donde no he vuelto a poner los pies, salvo para las reuniones. Con la ayuda del vino de Arbois, le cuento en la mesa lo que creí oir:
- Se lo aseguro, en la cuadrada capté palabras lanzadas en redondo como ondas, sin que nadie mire a nadie. Terminaron por tener sentido: Socióloga... ¿Qué es eso? ¿No eres casada? Ella viene de París en auto... Mucha nafta... Es caro... ¿Qué es eso? ¿Hasta esa respuesta venida de quién? Es como una enfermera, pero libre.

El hombre de la pipa

Nadie quiere creerme, se brinda por mis visiones. A partir de ese día, nada es como antes. Aunque aparentemente nada cambie, actúo de otro modo. Busco lo que se dirige a mí en ese colmo de nada. De golpe, el hombre de la pipa quiere conversar. Nos sentamos formalmente en la gran sala. Está vacía. Todo el mundo prefiere la cuadrada, verdadera mónada de 5 metros por 5 sin ventana ni puerta, porque esta última fue desfondada y no fue reemplazada.
Al sentarme frente a él en la vasta pieza desierta, veo netamente el defecto del lugar. La cuadrada representa el lugar geométrrico de todas las comodidades. Idealmente situada entre un dormitorio y el refectorio, no lejos de los consultorios, al pie de la escalera que sube al otro dormitorio y a la enfermería, es menos un cruce que un pasaje obligado. Desde allí es posible gozar, sin parecerlo, del espectáculo de las chaquetillas blancas ocupadas, de los internos elegantes sucediéndose a un ritmo bisemanal en el pabellón y, sobre todo, del punto culminante de la jornada, la visita cotidiana del médico jefe seguido del supervisor jefe y de toda una asamblea.
El hombre de la pipa dialoga:
- No hay que intentar comprender. Sí, hay que buscar entender. ¿Usted cree que eso puede servir para algo? ¿En París, en Sainte-Anne, eh?
- Sí.
- Y Charenton y Maison Blanche. A esas casas habría que destruirlas.
- Y todos los que están allí, ¿cómo vivirían?
- Afuera, como todo el mundo.
- ¿Y Biba? (el hombre del cinturón)
- Oh, él comprende bien lo que pasa. ¿Usted conoce Maison Blanche? Allí fui por primera vez.
- ¿Por qué?
- Ya no lo sé, eso no marchaba. Había decidido casarme a los 24 años.
- ¿Y entonces?
- No es fácil.
- Sin embargo, usted no estaba mal.
- No es eso. Hay feos que se casan.
- ¿Entonces, qué?
- La plata. Era obrero agrícola en lo de mis padres. Fui a Maison Blanche, eso no duró ni quince días. Me hicieron un electroshock. Me hizo bien. El segundo me dejó mal, después salí y nunca más anduve bien hasta los 30 años. Después llegué aquí. ¿Usted cree que vale la pena decir todo esto?
- Yo creo que sí.
- Soy bastante viejo. Antes estaba en la neblina. Ahora, desde que estoy aquí, comprendí verdades que eran mentiras. ¿No le parece que nos llenan la mollera? Otros prefieren ganar dinero, son felices. Ustedes buscan la verdad en los libros, usted escribirá un libro.
- Eso me sorprendería.
- Los libros son el diablo. Nada me haría volver a la escuela.
- ¿No le gusta estudiar?
- Era siempre el primero, pero para mí era el último. Pensaba que los otros se hacían los boludos y que eran menos buenos a propósito. Comprendían todo mejor que yo, aunque pareciera que yo comprendía mejor que ellos.

¡Mis ancestros!

- Me acuerdo que esa noche soñé con un hombre detrás de barrotes y que me desperté sobresaltada. ¿Mi abuelo? ¡Demasiado fácil! Imposible, reprimí. Mi abuelo había desaparecido sin que pudiera figurarme en lo que se había convertido. Volvía a verlo en sueños, prisionero detrás de una reja, con la misma mirada intensa y sombría, con el mismo gesto de llenar su pipa, corto de palabras.
Prisionero en un hospital, muy lejos, por ateroesclerosis. En su opinión, ¿temían que perdiera la razón? No quiere responderme. Un eclipse de su presencia, un borramiento de sus gestos, una desaparición de su mirada, verdades que eran mentiras, me llenaban la cabeza, y la insignificancia se había cerrado sobre el ausente.
Cuando volvió en su último viaje, lo ví en la cocina, en pijama. Reclamaba su trompeta, traída de la guerra del 14, para tocarme una canción. Por las miradas intercambiadas entre ellos, comprendí que se lo consideraba realmente perdido. Entonces se puso a silbar con el virtuosismo de los hombres de antes de la Voz de su Amo. Luego lo llevaron a su habitación. Una semana después murió sin que volviera a verlo, replegado sobre sí mismo en colchones tirados en el suelo.
Ese día salí sola a pasear por el campo. ¿Me creería si le digo que llegué a este hospital en busca de una imagen, con la que soñaba a los 8 años? Más bien en busca de una visión... una vision quest, como en el Far West...
- ¿Quién sabe? dijo el hombre de la pipa sin conmoverse por adelantado. Ahora discúlpeme, tengo cita con un colega. Parece que se hablará de la edición francesa de mis Tarner Lectures. El libro acaba de salir: El espíritu y la materia. Se lo aconsejo. Adiós.
- No tendremos muchas posibilidades de volver a vernos... De hecho, ¿cómo se llama?
Ya estaba fuera de mi vista. Y pensar que le había contado mi vida a ese extranjero cuyo nombre ignoraba. Tanto peor.
Tenía que recuperar mi auto, que había quedado en el hospital. En el momento de dejar la explanada, creí oir otro alarido detrás de mi hombro:
- Fuck you! Admítalo, mierda, Davoine, usted es necia, tonta, váyase de aquí.
Esta vez conservé mi sangre fría: pura imaginación de mi parte. La voz de la emperatriz Sissi insistía llamándome desde la mañana. Ahora bien, para preservar mi amor propio, había omitido cuidadosamente contarle a ese desconocido mi dolorosa experiencia con esa paciente. Seguramente ella me maldecía, como lo hubiera hecho Madre Tonta de la que ella tenía el porte y la brutalidad.
Para cortar por lo sano con esos insultos, descendí rápidamente la escalera. Divisé una parada de colectivos. ¡La una y media ya!
Tenía un hambre de lobo. Acunada por las sacudidas, soñaba con el buffet que iba a serme ofrecido por los boticarios.

VIII

DISPENSARIO



Discurso del Amo

¡Maldición!, exclamé llegando tarde, todavía no terminó.
Miradas reprobatorias me condujeron hasta una silla en la que escuché al experto, un ex médico del servicio de vuelta de los Estados Unidos. Investido de una misión de proselitismo, exponía solemnemente su conclusión que debíamos visualizar con la ayuda de transparencias. Me concentré en la pantalla, como si como si no fuera capaz de visualizar, sin ese procedimiento, las ideas archisimples que formulaba con lentitud y compostura. Toda su ciencia estaba en su tono y en su transparencia. De lo cual era necesario concluir:
1. Que nuestras psicoterapias eran incapaces de la menor estadística, de la menor validación, perjudicadas por su “charlatanería”, perdónenme la expresión, decía;
2. Que ellas no curaban a demasiadas personas según las escalas de evaluación norteamericanas cuyas curvas coloreadas me había ahorrado gracias a mi retraso.
Por otro lado, yo ya había sido puesta al tanto por un especialista de los follow-up studies, en ocasión de un viaje anterior a los Estados Unidos. Muy seguro de su tema, pero sin contacto terapéutico con ningún paciente, él calibraba la salud mental con la vara de normas tan elevadas como el número de veces que se va al cine, las llamadas telefónicas que se reciben o que se hacen y la variedad de los programas de televisión que se ven.
No había que ser muy competente para constatar el naufragio de cincuenta años de hallazgos geniales en el campo anglosajón del psicoanálisis de las psicosis. La doctrina oficial del DSM volvía a poner a los analistas norteamericanos en la senda de un discurso del amo donde la adaptación a la American way of life recuperaba sus derechos.
Mientras yo evocaba ese recuerdo, el orador seguía con su conclusión, de lo que resultaba:
3. Que si finalmente queremos ser científicos, debíamos renunciar a nuestra manía de historias clínicas, a nuestra obsesión por la Historia pura y simple, con su confusión de detalles informáticamente intratables. Una pérdida de tiempo para las terapias cortas, rich and quick, como decían allá, las únicas eficaces para escamotear la variable del tiempo.
Así, desde Nevada hasta Mongolia, el homo del DSM sería psiquiatricus o no sería, del mismo modo que los dinosaurios representaban, salvo algunos detalles, monstruos parecidos desde las estepas del Asia central hasta las planicies americanas.
4. En consecuencia, debíamos perder nuestros malos hábitos de lenguaje, utilizar un vocabulario psicocorrecto, comprar pues la clasificación americana, de la que tenía a nuestra disposición ejemplares verde crudo flamantes. Además, y para probarnos que su biblia había pensado en todo, leyó en la introducción una cláusula de estilo sobre el primado de la experiencia clínica que nadie supo en qué consistía. Después nos doró la píldora: estaban perimidas las viejas nomenclaturas; ya no daban miedo a nadie, dado que todo el mundo podía tratar desvergonzadamente a su vecino de maníaco, melancólico, esquizo o paranoico. Mientras que “trastornos distímicos”, “enfermedad bipolar”, sobre todo asociadas con el epíteto “genético”, siempre probable, nunca probado, bastaban para suscitar el miedo en las viviendas más humildes y el temblor ante las viejas nociones mágicas de suerte y fatalidad.
5. Finalmente, amos de su subjetividad como del universo, los investigadores nuevo estilo podían observar los síntomas con una objetividad más rigurosa al no mantener ya esas relaciones trastornantes con los sujetos sufrientes que los Bleuler y otros de Clérambault no habían podido evitar.
6. Conclusión: sin decir palabra sobre los dólares derrochados a pura pérdida en esas investigaciones ineptas, nos llamó al orden respecto a los gastos de salud. El momento era difícil, la economía se deterioraba y entonces la locura era una verdadera enfermedad que debía ser tratada lo más brevemente posible, con moléculas adaptadas a cada ítem informatizado, o mejor aún, con intensidades eléctricas capaces de reducir el tiempo de hospitalización y calmar a una población ya bastante aplastada con diversas drogas que serían distribuidas a breve plazo en el agua de la canilla. Hoy, claramente, desinstitucionalizar significa economizar. En el horizonte, un ejército de lawyers formados al otro lado del Atlántico se preparaba a desembarcar para el lanzamiento del mercado de los procesos por mala praxis, aparentemente bastante jugosos.
Luego la amenaza cedió el lugar a la bondad. Patelin52, nuestro gurú, se prestó a todas las discusiones, sobre todo a recibir las quejas de los psicoanalistas, que comprendía tanto mejor en la medida en que él mismo era uno. Por otro lado, ¿quién no lo era? En ciertos casos, vaya a saber porqué, él había logrado resultados.
Su grandeza de alma y su humanidad me llegaron directo al corazón. No esperaba tanta indulgencia, y la gota de psicoanálisis que nos concedió en su implacable rigor, fue para mí un bálsamo, un elixir inesperado después del agotamiento que me habían producido las pruebas de la mañana. Pude finalmente dejarme ir. La muerte de Ariste estaba olvidada, mis fantasmagorías matinales huecas, el hombre de la pipa reprimido. Este psiquiatra sabía adónde iba, era el hombre que necesitaba. Sonriente, bien plantado, cálido, deportivo, nada mal por cierto, no me hacía falta otra cosa para levantar el ánimo.
Estuve a punto de aplaudir, tantas ganas tenía de volver a encontrar la cohorte aseguradora de los devotos de algo. De la humanidad, por ejemplo, con la que él se había llenado la boca. ¡Qué hombre, decididamente! Tuve que contenerme al ver que los otros, salvo el médico jefe cuya barba miraba por la ventana, bajaban la cabeza.

Discusión

- Un paciente del servicio murió ayer a la mañana. ¿En qué pueden ayudarnos sus estadísticas frente a este duelo fuera de toda medida? ¿Dirá usted seguramente que lo habíamos diagnosticado mal?
Un joven interno había ocupado la brecha. El otro pareció sinceramente afectado.
- No niego la dimensión humana, pero en términos de evaluación debemos ser cartesianos.
- Sin duda alude a las iluminaciones que visitaron a Descartes en forma de pesadilla esa famosa noche del 10 de noviembre, hace exactamente trescientos setenta y cinco años, ya que le gustan las cifras. De este fecundo acceso surgieron, según su testimonio, los fundamentos de la ciencia admirable que usted se place en caricaturizar. El espíritu de Dios lo visitó para salvar su razón, torturada por fantasmas y por chispazos que lo aterrorizaban. ¿Qué vía debo seguir en la vida? se preguntaba en sueños, como nosotros hoy.
¿Y sabe lo que le aconsejó leer un ángel guardián? Un poema de Ausone “El sí y el no de Pitágoras”, el sí y el no, la poesía y la ciencia. Ese es el fundamento de su “Discurso del método” escrito diez años más tarde. La charlatanería poética, como usted dice, fermento de sus hallazgos científicos. ¿Bajo qué rúbrica su DSM lo clasificaría hoy?
El médico jefe le dio una mano a su interno blandiendo un libro como antídoto del DSM:
- Por otra parte, nunca se delira bastante. No soy yo quien lo dice sino Erwin Schrödinger, el inventor de las ecuaciones de la mecánica cuántica, en El Espíritu y la materia, cuya traducción acaba de aparecer.
¡Por todos los diablos! Me levanté de un salto, fui a tomar el libro, testigo de mi encuentro de la mañana, y lo metí en mi bolso. Insensible a mi arranque, el médico jefe continuó:
- Él afirma allí que las teorías más locas condujeron a los mejores resultados. En primer lugar porque vale más una teoría falsa que ninguna teoría. Siguiendo porque cuanto más arbitraria e infundada es una hipótesis, menos riesgo corre de ocasionar deterioros intelectuales, ya que la experiencia la eliminará rápidamente. Mientras que su ciencia, mochada de la experiencia, imagina reinventar todo comenzando por fabricar de nuevo las clasificaciones perimidas del siglo pasado.
Debería inspirarse usted en los pitagóricos. Su fe, aún más mística que la suya en la ciencia de los números, los empujó a enunciar una cantidad de delirios que los pusieron en la vía de la rotación de la tierra alrededor de un fuego central, hasta que el gran Hiparco, presidente de la universidad de Alejandría, derriba su sistema en nombre de la razón.
- No crea que ignoro los escritos de Pitágoras y su creencia en la transmigración de las almas, arguyó con aire de entendido el-yo-pienso-luego-existo que se pensaba cartesiano.
El médico jefe, habitualmente poco conversador, se había vuelto imparable:
- A propósito de metempsicosis, Schrödinger nos aconseja escuchar ahí acordes modernos. Nos relata la exclamación de Pitágoras ante un perro que estaba siendo golpeado: “Deténganse, porque escucho la voz de un amigo torturado que me llama en su ayuda”, y nos hace observar que sus alegrías y sus penas debían estar más cerca de las nuestras de lo que nosotros sospechamos. Entonces, esos alaridos de tres mil años de antigüedad, suenan para él como el eco de voces torturadas que, a través del espacio y de los siglos, hasta nosotros hoy, le gritan a la muerte.
Una analista argentina apoyó sus palabras:
- Como las voces de los desaparecidos53, estandartes de las Madres Locas que dan vueltas alrededor de la Plaza de Mayo en Buenos Aires, con los retratos de sus hijos desaparecidos que ellas reclaman vivos, ya que nadie quiere confesar que se los hizo desaparecer. Personalmente, trabajo con jóvenes autistas. Una analista, Frances Tustin, habla también de predación para describir el mundo en el que viven estos jóvenes pacientes. Al mismo tiempo, afirma que son racionalistas cercanos al procedimiento científico, a condición de que un terapeuta suficientemente intuitivo pueda compartir sus investigaciones. ¿Quizás son especialistas en áreas catastróficas?
Le estaba tendiendo una mano al joven interno quien, últimamente, sólo juraba por la teoría de las catástrofes. Por un instante ví el movimiento de Viviane dándome bruscamente la espalda cuando la muerte de Ariste me había pasado ante los ojos. El interno mordió el anzuelo:
- ¿Por qué no? Son sensibles a las menores diferencias, a las más pequeñas asperezas e inventan formas para comunicar. Estabilidad estructural y morfogénesis, título de René Thom... Según su teoría, las catástrofes son generadoras de formas. Además la palabra no debe tomarse en una acepción negativa: cualquier discontinuidad sobre un fondo continuo es una catástrofe. El borde de esta mesa es una catástrofe. De algún modo, conserva el recuerdo de la sierra que lo cortó. Respecto a eso, René Thom evoca la psicosis maníaco-depresiva.
- La analogía con los rompimientos brutales de la entrada en la locura es, en efecto, tentadora, retomó el médico jefe. Sin ir tan lejos, las bruscas descompensaciones después de un gran éxito son frecuentes. Oí decir que su matemático tuvo el corage de reconocer que se había “piantado” después de haber recibido la medalla Fields.
El aficionado a lo cuantitativo intentó volver a hacer pie en la discusión:
- Eso fue hace mucho tiempo. Es inútil que se subleven contra la experimentación... Hoy en día, las cámaras de protones analizan objetivamente nuestras imágenes mentales, muy pronto nuestro inconsciente no tendrá necesidad del diván.
- ¿Su cámara podrá fotografiar el borde de una palabra que no fue pronunciada? pregunté tímidamente.
Esperaba que ese James Bond congnitivista me ayudara a resolver el enigma de Holtzminden. El interno prosiguió, con franqueza y decisión:
- Para Thom, la locura es una presa que se cree un predador, ¿qué dice usted de esta definición?
- ¿Pero que relación hay entre las matemáticas y la caza? pregunté.
Me miró, escandalizado, decepcionado de que no conociera más del asunto. Quise justificarme:
- Es que a veces, en el hospital, uno se siente tan poco cazador y tan a menudo presa... en fin, hablo por mí.
No me atrevía a mencionar mis aventuras matinales, la vaga impresión de haber estado acorralada sin pausa, de haber decepcionado permanentemente a mis perseguidores. ¡Maldita comparación! Ahora imaginaba a Ariste como el Cazador negro del mito, a la cabeza de una Mesnie Hellequin en la que habría representado como Walkiria a mi paciente Sissi, emperatriz de Austria- Hungría.
El médico jefe se levantó.
- Vamos a tomar una copa para recuperarnos de esas cacerías salvajes.
Todo el mundo se despabiló.

Queso

Levantando su copa, nos deseó una buena fiesta de Samain, según el calendario celta de sus ancestros, en el que esa fiesta prefiguraba la de Todos los Santos. Sin prestar atención al momento solemne, los dos jóvenes continuaban su discusión.
- Es más fácil partir del continuo para hacer el discontinuo que al revés. Intenta entonces hacer gruyere pegando la pasta a los agujeros. René Thom no pudo hacerlo, y eso que es de la región de Comté54.
Yo quería acercarles mi ciencia matinal:
- En la Edad Media, el queso (fromage) se llamaba formage, el nombre del molde (forme) de madera en el que se hacía su morfogénesis...
El interno omnisciente ya lo sabía:
- Se lo consideraba símbolo de la gestación espiritual, como lo muestra una visión de Santa Hildegarde en el siglo XII. Se le aparecieron quesos colocados en potes por los habitantes del mundo, repartidos del fuerte al agrio, pasando por el blando, según su grado de refinación, a imagen de la multiplicidad de los hombres. Y eso no es todo: por semejante mística quesera, un harinero del Friuli fue quemado cuatro siglos más tarde por la Inquisición.
El queso era también el emblema de la locura, con la maza del hombre salvaje. Buenos temas de catástrofes, ¿no? Los golpes de maza para ahogar las angustias y la levadura para hacer desbordar la transferencia.
El cientificista atacó de nuevo al thomista:
- Pero si tu cerebro es destruído, no pensarás más.
- Naturalmente, ese es el argumento cachiporra55. Si te precipitas sobre mí con una cachiporra y me aplastas el cráneo, no pensaré más. Pero si tu cachiporra me impide pensar es porque destruyó las formas que son las ideas y las palabras para decirlas, así como las neuronas. En lugar de dividir tu catálogo sería mejor que leyeras el “Fedro” de Platón. Se trata de locura y de formas entrevistas al borde de la caída.
Con la ayuda del champagne intenté otra incursión:
- A propósito de caza y de cachiporra... Oí decir una vez a un viejo internado de oficio, que los esquizofrénicos remontan hasta el extremo del olor...

¡Salida!

- Georges decía eso.
Sorprendida, me dí vuelta hacia la voz desconocida que acababa de hablar a mis espaldas.
- ¿Tanto he envejecido? ¿No se acuerda de mí?
Reconocí enseguida a la supervisora que me había recibido en las cercanías del primer hospital.
- ¿Qué fue de Sissi, quiero decir, Élizabeth?
La pregunta había surgido sin tener en cuenta la cortesía.
- ¡Salió! Ahora vive afuera.
- ¿Está segura?
- Después de su partida tomamos el relevo. Entre tiras y aflojas, a veces mejor, a veces peor, hace poco pudo dejar el hospital por un departamento terapéutico. Yo también por otro lado: me jubilé. El jefe me invitó hoy como vecina. Vengo a menudo a visitar a mi hija que vive cerca de aquí.
Luego de algunos minutos dedicados a expresar la alegría de ese reencuentro, iba a dejar el dispensario liviana como raramente me había sentido en ese lugar. Tenía, sobre todo, ganas de releer las notas tomadas por mandato de Élizabeth quien me había ordenado, como Georges: “Escriba”. Garabateados bajo su dictado, mis papeles dormían desde entonces en una carpeta.
Eufórica, decidí volver a mi casa para mirarlos.

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